ENTRE RENGLONES

RELATOS DE IKEBANA

9.7.06

ME PELIÉ CON DIOS. ( Una historia real ) Me “ pelié “ con Dios. El tiempo pasado se me fue en ayudar a los demás, el presente es una injusticia y mi futuro incierto pero sigo mirándome en el espejo ajeno para valorar lo que tengo. Y aunque yo no creo en Dios, le sigo echando las culpas de todo lo que ocurre, porque la palabra Dios me gusta más que destino, energía, ente, fuerza o fe. Hace un año, conocía a Dalia, en Cuba. Ella es una mujer gordita y rechoncha, buena como la miel y con una risa franca que se me hizo hermana. Una vez me dijo: yo tengo un primo que vive en Tenerife, Vlado, el primo que yo más adoro. De chico nos criamos juntos y aunque está lejos, lo siento siempre conmigo. Le tengo mucha lástima, porque ha pasado por malas rachas, después de su separación se acrecentó más esa melancolía que él tenía desde niño. Vlado era en realidad hijo de mi madrina, ella fue una de las niñas que Cuba mandó a la Unión Soviética, en un momento determinado de esta historia descalabrada. La mamá volvió adulta, se casó en Cuba y tuvo hijos, pero los engendró con melancolía, con el dolor de su niñez robada, los parió depresivos y locos. Y Vlado era un pequeño loco, un sentimental que se deprimía con frecuencia, que no entendía los secretos de su corazón. Ella me decía que lo vio muchas veces calle arriba y abajo, con una guitarra y un poncho, luchando contra su propio corazón e intentando sobrellevar sus crisis depresivas. La calle era su compañera fiel en esos momentos. Pero Vlado, gracias a una familia que tiene en Madrid, logra obtener la ciudadanía española y emigra esperando salir de su propio cuerpo y encontrar en España una nueva vida; se quiso engañar, lo intentó pero arrastró consigo la misma vida que tenía en Cuba. - ... y es que no se puede escapar de uno mismo. Se huye con Transilium, Diazepan, y Rexer, con Seroxat o Amitriptilina. Pero uno vuelve y se reencuentra con su yo, con su viejo yo deprimente, ese que conozco de niño, - me decía. Dejé que sus palabras entraran en mis oídos, pero no dejé que fueran más allá. Aquellas palabras de confesión eran peligrosas, temía por él. Sola en mi casa, muchas veces le marqué al celular para obtener la misma fuera de cobertura o no disponibilidad habitual. No le gustaba comunicarse, se movía en espacios cerrados, igual de herméticos que su libertad emocional. Quería oír su voz aunque fuera aburrida, porque estaba solo, un cubano solo, lejos de su casa y su familia. Sin sus calles. Eso no podía ocurrir. Llamé a Vlado para darle recuerdos de su prima. Me caló hasta los huesos una voz aburrida y que yo interpreté somnolienta. Me intrigaron sus pausas al hablar, su cariño y su forma vacía. Los lazos de su minusvalía psicológica con sólo cuarenta años eran para fajarse con el jodido destino que no le daba ni siquiera un respiro a aquel ser humano maravilloso. Un amigo mío, dice que Cuba es un país de suicidas. Ese tema me da para reflexionar sobre el ser humano en general. Pienso en el poder de la mente que nos hace echarlo todo por la borda en un minuto, que nos golpea incesantemente con martilleos sonoros en nuestra cabecita. Me agarro a un salvavidas de interrogantes para poder alejarme de Vlado sin quedarme lastimada. Lo miraba con ternura, me daban deseos de darle cariño. Miré por la ventana y el día era gris. Mi marido le decía: - Compadre, tenemos que vernos más, para hablar, desconectar. Comernos un congrí con yuca y jugar al dominó. Prestarnos los libros, oírnos el acento. Vlado miraba por la ventana y el día seguía siendo gris. La ventana estaba abierta pero no entraba ni un soplo de aire. El día seguía siendo gris. Pasaron los meses y me entero de que él no está muy bien, las depresiones continúan, va de trabajo en trabajo, se junta con personas que abusan de él, y aquí no tiene la guitarra para salir a cantar por las esquinas. El canto se lo va tragando él como si fuera una sopa en la cena, entre pastillas de desconexión y el ron del olvido. - Me voy pa Cuba, Yara. Tengo que pisar las calles y recoger mi guitarra, fui despiadado con ella, y ahora la necesito más que nunca, voy y vuelvo. No me quedo porque quiero trabajar para ayudar a mis hijas. Pero necesito ir un mes a cargar las pilas, ya son dos años y medio sin ir, me decía. Al mes recibo una llamada suya, estaba de vuelta, y tenía algo para mi, una miel de guira que su prima me mandaba como remedio santo para quedar embarazada. Voy para allá. Su casa y la mía están a unos treinta kilómetros de distancia. Hice el trayecto pensando en sus ojos vidriosos y su piel parda, su mano derecha sobre la izquierda, abrazándose a sí mismo. Vivía en un cuarto piso, la casa estaba desordenada, sucia, botellas en la cocina, tristeza en sus ojos, abandono. Su camisa sin planchar, descalzo, con la mirada ausente. Pero como si del mejor tesoro fuera, se fue a la nevera y sacó dos botellitas de miel de guira para mi; lo hizo con tanto amor, que deseé para él la mejor de las suertes. Quise que aquel ser fuera feliz. Continuamos hablando de mi amiga, su prima y de Cuba. Era un tema ineludible. Me habló de sus hijas, me dijo que si estaba aquí era por ayudarlas: - El dólar en Cuba mata la sed y el hambre, compra los zapatos para andar mis calles, los dólares que logro reunir se los mando aunque yo viva con la máxima austeridad.Tengo que buscar un trabajo - me dijo. - Ve por la casa, Vlado - le dije. - Sí, yo te llamo. Bajó la mirada hacia el suelo. Pero Vlado no se comunicaba con nadie, ni con su familia en Cuba ni con los de Madrid. Era un enfermo solitario. Un ermitaño. Fui yo quien lo llamó a la semana, para recordarle la visita pendiente, pero lo sentí tan ausente por teléfono, tan ido, que presentí que no lo estaba pasando nada bien, le ofrecí charlar. Intuí su pena conmigo. Sin duda estaba en una de sus crisis. Fue la última vez que hablé con él. Hoy me llama Dalia, mi amiga. La noto nerviosa, desesperada. Es una llamada corta, de esas de diez dólares, su sueldo de este mes. - Yara, he tenido que llamarte a ti, eres la única que me puede dar una certeza. Un compañero de mi primo Vlado llamó para acá diciendo que se había suicidado. Por favor, - me dijo sollozando -, averíguame qué hay de cierto en eso. La familia de Madrid no sabe nada. Tú eres la más cercana. He visitado más comisarías de policía hoy que en toda mi vida, he llamado a todas las clínicas, a las funerarias, al juzgado, a todo aquel que pudiera informarme. Nadie quiere decirme nada, no soy familia, y no se ablandan al saber que soy la única persona que pregunta por ese cadáver. Ruego a Dios, pero no me responde. Vlado está muerto, se tiró por el balcón hace como una semana. Aquel mismo balcón donde una vez miramos el mar y me dijo que aquella miel de guira cambiaría mi vida. Que tuviera fe. Aquel ser humano me decía a mí que tuviera fe, me lo decía alguien que la había perdido desde niño. Pero yo, aburrida de tanto desplante, entre vómitos de asco e impotencia, decidí peliarme con Dios en señal de rebeldía. Mientras el tiempo transcurre, la vida de los demás sigue, y la aplastante realidad me lleva de la mano, una vez más. En una nevera de una anatómico forense está Vlado solito, durmiendo su último sueño. Se que al lugar que va también le hubiera gustado llevarse su guitarra. Tenerife 28 de Junio de 2006 IKEBANA

1 Comments:

  • At 2:02 AM, Anonymous Anónimo said…

    te invito a mirar

    infaustos.blogspot.com

    tariknunez.blogspot.com

    comentarios
    saludos

     

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