COMO LIBÉLULA.
“- Nieves, te juro que han sido diez años de vida perdidos.
Ella, con los ojos idos detrás del vecino de la moto, hace como que me escucha, pero la siento ausente. Mi amiga es sólo una víctima pausada de vicisitudes y calmas, que ignora por pura rutina y que ama con inmensa paciencia. Agarrada a un maletín lleno de absurdos cachivaches. Después de ésta conversación yo dejo atrás todo y sin una idea fija, camino.
-¡Qué frustración, pasar por este mundo y no dejar huella!, - reflexiono sobre mis logros, presumiendo siempre de ser abstractos, aunque yo termine resumiéndoselos a Nieves, como “ infelices diez años perdidos”.
Decidir sobre el nacimiento de un hijo en apenas dos semanas es injusto; ¿cómo encontrar la opción acertada?, si no hay una balanza mágica para medir los inconvenientes y las emociones.
La casa está vacía, no se han guardado aquellos juguetes que de niña me entretenían tanto. Mi “conciencia terrenal”, me ataca y el mensaje en el contestador se repite:
-... recuerda , la clínica espera, no te pases de la fecha...
Atenta me hablo a mí misma, como se habla con una madre, confiando incertidumbres a una imagen en el espejo; el temor afilado de equivocarme. Van pasando las horas con la sensación de un reloj que siempre atrasa.
Tengo frío. Esta bata blanca es minúscula, el acero inoxidable de la camilla me traspasa; la vista hincada en un techo gris, ignorando a un doctor intruso, que con guantes de látex me toca. Con la fuerza de una leona, me incorporo vistiéndome en trazos invisibles de pudor. El pasillo se hace eterno y las piernas no responden a mis órdenes. Como último obstáculo, la escalera, el portón ancho y la calle Infanta.”
Dos días más tarde, aceptando la oferta de su tío paterno Ernesto Padilla, como una libélula herida, da pasos hacia un camino incierto. Viaja a La Habana, con su mochila de medio lado, y un neceser sin escrúpulos. Allí, había decidido, valiente e inconclusa, ser la reina de su futuro. Cuba que es madre de una fertilidad cultural, sería testigo de su suerte.
Inexperta, en un trabajo poco agradecido, da a diario con sus licenciadas rodillas en una miseria tintada, soñando ver nacer de su espalda unas alas de halcón en los libros de derecho y en la memoria.
Sale calle arriba buscando la Calzada 10 de Octubre, a la altura del parque de bomberos. Las sandalias moldeadas que llevaba dan su último suspiro, haciéndole la vida un yogur en un segundo. Total, que el día entero, sumando penas. Así que muy a pesar suyo por la tarde tuvo que ir a “morir” inevitablemente con los artesanos. ¡Y qué feítas las condenadas!, pero estaba segura de que le durarían más tiempo que cualquier zapatico chino de Carlos III...
“- Uff! qué calor más húmedo! ... la camiseta de tirantes se me ajusta a la piel como si fuera cola de carpintero. Lo sé; sudar aquí, sinónimo de estar viva. Y por ello, mis noches son tan propias de una película en blanco y negro.
En un pequeño cuarto, me veo a mi misma, como la actriz que quise ser, ensayando interpretar a una Diosa humana, en las latitudes culturales del tiempo.”
1ª carta.
Camaguey, 20 de Abril de 1985
Querida, he sabido por amigos de tu tío Ernesto, dónde has ido a parar. Me sorprendió mucho tu partida. Ahora podrás hacer una nueva vida y entiendo que hayas decidido marcharte fuera del reparto. Aquí la gente habla y por tu profesión .... eres tan conocida! Todos preguntan qué ha sido de Lucía Almedo. En verdad, ni siquiera te despediste de mí.
Cuídate, tu amiga:
Nieves.
Ernesto se había ido con la alegría de un gorrioncito simplón, con todos sus añitos gastados y mucho humo de popular en los pulmones.
En la funeraria del Cerro, Lucía, con algunos vecinos más y un par de coronas de flores, velan al muerto.
- Martica, ¿y ahora qué?
- Estoy en La Habana, sin casa y sin dirección. En unos días ya tu sabes que la libreta de tío Ernesto desaparecerá. Y es que una no se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena.
- Lucía , yo te ofrecería mi casa, pero ya tu sabes que con mi hermana y los suyos tengo demasiado para mis huesos. Yo creo que sin más remedio debes tumbar pa´Camaguey; con la licencia y algo que ayuden por allá resuelves hasta que nazca el chama.
- ¿Y después qué?
- Mija! trabajar!... a menos que quieras meterte a jinetera.
- ¡Ay Martica! no digas eso, que me parece que mi tío Ernesto se removió en la caja.
- ¿Y el padre?, tú perdona que yo me meta, pero te pregunto en confianza.
- Él ni sabe que va a ser padre. Cuando lo conocí le había tocado el bombo hacía una semana, y se iba para el Norte.
2º carta
Camaguey, 12 de Septiembre de 1989
Amiga Lucía, tanto tiempo sin tener respuesta. No sé a qué se debe tu silencio. Supimos del fallecimiento de tu tío, y de ti nadie dice nada. Ciertas o no, las noticias me llegan por extraños. Cada día se hace más insoportable no recibir ni una carta tuya, ni un telegrama; si tú me escribieras... a mí se me despejaría del corazón este sentimiento de culpa. Te di un consejo del cual me he arrepentido con el trascurso de las semanas. Te echo de menos...
Un abrazo.
Nieves
Diez días más tarde...
Otra vez los mismos caminos, la misma guagua cansada, y el mismo Central. “Camaguey no cambia: es siempre un oasis particular, en el transcurso de mis pensamientos”, reflexiones que se hace y lágrimas que bebe. Mientras piensa, siente llover por dentro y un viejo del parque, arrastrando un carretón, se le acerca extrañado y con cara de tremenda lástima, le pregunta:
- Niña, ¿que te pasa? ¿te robaron el reloj?
IKEBANA
20.4.06
COMO LIBÉLULA.
“- Nieves, te juro que han sido diez años de vida perdidos.
Ella, con los ojos idos detrás del vecino de la moto, hace como que me escucha, pero la siento ausente. Mi amiga es sólo una víctima pausada de vicisitudes y calmas, que ignora por pura rutina y que ama con inmensa paciencia. Agarrada a un maletín lleno de absurdos cachivaches. Después de ésta conversación yo dejo atrás todo y sin una idea fija, camino.
-¡Qué frustración, pasar por este mundo y no dejar huella!, - reflexiono sobre mis logros, presumiendo siempre de ser abstractos, aunque yo termine resumiéndoselos a Nieves, como “ infelices diez años perdidos”.
Decidir sobre el nacimiento de un hijo en apenas dos semanas es injusto; ¿cómo encontrar la opción acertada?, si no hay una balanza mágica para medir los inconvenientes y las emociones.
La casa está vacía, no se han guardado aquellos juguetes que de niña me entretenían tanto. Mi “conciencia terrenal”, me ataca y el mensaje en el contestador se repite:
-... recuerda , la clínica espera, no te pases de la fecha...
Atenta me hablo a mí misma, como se habla con una madre, confiando incertidumbres a una imagen en el espejo; el temor afilado de equivocarme. Van pasando las horas con la sensación de un reloj que siempre atrasa.
Tengo frío. Esta bata blanca es minúscula, el acero inoxidable de la camilla me traspasa; la vista hincada en un techo gris, ignorando a un doctor intruso, que con guantes de látex me toca. Con la fuerza de una leona, me incorporo vistiéndome en trazos invisibles de pudor. El pasillo se hace eterno y las piernas no responden a mis órdenes. Como último obstáculo, la escalera, el portón ancho y la calle Infanta.”
Dos días más tarde, aceptando la oferta de su tío paterno Ernesto Padilla, como una libélula herida, da pasos hacia un camino incierto. Viaja a La Habana, con su mochila de medio lado, y un neceser sin escrúpulos. Allí, había decidido, valiente e inconclusa, ser la reina de su futuro. Cuba que es madre de una fertilidad cultural, sería testigo de su suerte.
Inexperta, en un trabajo poco agradecido, da a diario con sus licenciadas rodillas en una miseria tintada, soñando ver nacer de su espalda unas alas de halcón en los libros de derecho y en la memoria.
Sale calle arriba buscando la Calzada 10 de Octubre, a la altura del parque de bomberos. Las sandalias moldeadas que llevaba dan su último suspiro, haciéndole la vida un yogur en un segundo. Total, que el día entero, sumando penas. Así que muy a pesar suyo por la tarde tuvo que ir a “morir” inevitablemente con los artesanos. ¡Y qué feítas las condenadas!, pero estaba segura de que le durarían más tiempo que cualquier zapatico chino de Carlos III...
“- Uff! qué calor más húmedo! ... la camiseta de tirantes se me ajusta a la piel como si fuera cola de carpintero. Lo sé; sudar aquí, sinónimo de estar viva. Y por ello, mis noches son tan propias de una película en blanco y negro.
En un pequeño cuarto, me veo a mi misma, como la actriz que quise ser, ensayando interpretar a una Diosa humana, en las latitudes culturales del tiempo.”
1ª carta.
Camaguey, 20 de Abril de 1985
Querida, he sabido por amigos de tu tío Ernesto, dónde has ido a parar. Me sorprendió mucho tu partida. Ahora podrás hacer una nueva vida y entiendo que hayas decidido marcharte fuera del reparto. Aquí la gente habla y por tu profesión .... eres tan conocida! Todos preguntan qué ha sido de Lucía Almedo. En verdad, ni siquiera te despediste de mí.
Cuídate, tu amiga:
Nieves.
Ernesto se había ido con la alegría de un gorrioncito simplón, con todos sus añitos gastados y mucho humo de popular en los pulmones.
En la funeraria del Cerro, Lucía, con algunos vecinos más y un par de coronas de flores, velan al muerto.
- Martica, ¿y ahora qué?
- Estoy en La Habana, sin casa y sin dirección. En unos días ya tu sabes que la libreta de tío Ernesto desaparecerá. Y es que una no se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena.
- Lucía , yo te ofrecería mi casa, pero ya tu sabes que con mi hermana y los suyos tengo demasiado para mis huesos. Yo creo que sin más remedio debes tumbar pa´Camaguey; con la licencia y algo que ayuden por allá resuelves hasta que nazca el chama.
- ¿Y después qué?
- Mija! trabajar!... a menos que quieras meterte a jinetera.
- ¡Ay Martica! no digas eso, que me parece que mi tío Ernesto se removió en la caja.
- ¿Y el padre?, tú perdona que yo me meta, pero te pregunto en confianza.
- Él ni sabe que va a ser padre. Cuando lo conocí le había tocado el bombo hacía una semana, y se iba para el Norte.
2º carta
Camaguey, 12 de Septiembre de 1989
Amiga Lucía, tanto tiempo sin tener respuesta. No sé a qué se debe tu silencio. Supimos del fallecimiento de tu tío, y de ti nadie dice nada. Ciertas o no, las noticias me llegan por extraños. Cada día se hace más insoportable no recibir ni una carta tuya, ni un telegrama; si tú me escribieras... a mí se me despejaría del corazón este sentimiento de culpa. Te di un consejo del cual me he arrepentido con el trascurso de las semanas. Te echo de menos...
Un abrazo.
Nieves
Diez días más tarde...
Otra vez los mismos caminos, la misma guagua cansada, y el mismo Central. “Camaguey no cambia: es siempre un oasis particular, en el transcurso de mis pensamientos”, reflexiones que se hace y lágrimas que bebe. Mientras piensa, siente llover por dentro y un viejo del parque, arrastrando un carretón, se le acerca extrañado y con cara de tremenda lástima, le pregunta:
- Niña, ¿que te pasa? ¿te robaron el reloj?
IKEBANA

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