| QUIZÁS. Aquella noche Alamar me parecía distinto. No sé si era porque me sentía preocupada o porque cada vez había menos luces encendidas. La Zona Cinco se había quedado casi como un paisaje de Habana campo. Llegué como a las diez de la noche, yo sabía que era tarde para presentarse en cualquier casa, pero en ese momento no pensaba en nadie. Había un calor húmedo que se me pegaba a la ropa y me hacía sudar. El pudor, la conciencia, a veces no me deja escribir. Eso no es bueno, debería escribirlo todo, pues sería la única manera de perdonarme algunas cosas. Era demasiado joven para tener un hijo. Creía estar embarazada. Una española sin dinero en La Habana, sin casa ni condiciones, eran los impedimentos para traer ese hijo al mundo. Fui demasiado joven y aunque decidí por mí misma que quería hacerme la regulación, si hubiera sido hoy en día, ni loca lo hubiera hecho. Cuando pensé que la primera falta de regla significaba mi perdición, corrí a Alamar a visitar a una amiga mía enfermera quien por ese entonces trabajaba en un hospital que no voy a nombrar por respeto a ella, y porque aún sigue en Cuba. No quisiera crearle ningún problema después de tantos años. Ella me lleva dos años, es más alta que yo y más gorda. Su familia es natural de Los Palacios en Pinar del Río, pero hace más de veinte años que están en La Habana. Son gente muy sociable, habladora y campechana. Recuerdo cómo subí las escaleras de su casa, ella vivía en un quinto piso. Las subí a oscuras porque la farola de abajo estaba fundida. Los padres de mi amiga se sorprendieron al verme tan tarde. Leyla y yo nos fuimos para el cuarto, y allí hablamos hasta que me desahogué por completo. Me sentía tan culpable por lo que iba a hacer. Lloraba de impotencia. Mi amiga, todo el rato tratando de quitarle hierro al asunto. Haciéndome ver lo que es realmente ahora una regulación en Cuba. Es como ir a comprar pan. Si tienes el dinero o si no lo tienes también. Es tan común que es normal. Pero para mí, una chica de veinticuatro años que se había liado la manta a la cabeza para estar en un país que no era el suyo, sin estabilidad económica, sin casa fija, agregada con la familia de mi novio, tener un hijo era un reto demasiado serio como para afrontarlo. Una cosa era estar en Cuba, ser una aventurera y sufrir por gusto, pero otra muy diferente era traer una vida a este mundo para pasar penurias. Decididamente aquel no era el momento y así lo decidí. Leyla me decía que en su hospital se hacía una pila de interrupciones todos los días, que era rápido, con anestesia local, algo muy parecido a una citología. Para la rama médica algo muy rápido y para mi era como un globo lleno de interrrogantes. Aquello me sonaba a cuento, yo veía el tema desde el punto de la ilegalidad y también del daño emocional que esta decisión me estaba causando. Lloraba por mí, por el bebé, lloraba por tener que tomar esa decisión. Quedé con mi amiga en que al día siguiente iría por su hospital para hacerme una ecografía. Me alertó bien que no hablara con nadie para que no notaran mi acento que en ese entonces, aún sonaba un poco a extranjero. Allí estuve al día siguiente, temblando como un flan de calabaza. Muerta de los nervios. La alegría me la llevé, cuando mi amiga que es bruta como un arado - yo no se cómo sacó la licenciatura de enfermería – me dijo: - Gallega vete pa la pinga, tú no estás embarazada... Me puse más contenta que unas chácaras y salté de aquella camilla fría con un trozo de sábana empercudía. La abracé, la besé y lloré más que la primera vez, pero esta vez era de felicidad. Recuerdo que estuve varias horas caminado sin rumbo. No sabía adónde ir. Tenía una sensación grandiosa dentro de mí. Algo así como si un pelotón de fusilamiento, de un segundo para otro se quedara sin balas, y las escopetas se les cayeran de las manos al suelo. Después de aquello por mi lado, aunque no por mí, han pasado tantas regulaciones que ni las he contado. Mis amigas cubanas me lo cuentan como si nada mientras tomamos café. Se podría sacar a debate la cuestión, se podría decir mucho y también poco, es un tema tan personal y tan delicado. Toda opinión es respetable. Nunca más había vuelto a Alamar, volví este año a llevar un encargo desde España, y a sacar unas fotos que nunca salieron. Visité la casa de una familia amiga. Y antes no había podido pisar Alamar porque me hacía daño recordar aquella época, aquel día que visité a Leyla en su casa. Muchas veces me he puesto a pensar sobre el asunto. Lo he mirado desde todas las perspectivas y me pegunto si hubiese sido capaz de llegar hasta el final de ser necesario. La respuesta es que sí, lo hubiera hecho. Las circunstancias me obligaban. Yo me obligaba. Gracias y por suerte que al final resultó una falsa alarma. Si no, quizás hoy, estaría arrepintiéndome. Quizás... IKEBANA _________________ |
2.11.06
| IONEL Cuando voy a Cuba, siempre visito a mi familia del campo. La Habana se hace pequeña para quien ha nacido guajira como nací yo. En la capital, al igual que todos los que no tienen carro particular, me muevo en guagua, en bicicleta, a pie, en almendrón o en botella. En mis salidas largas, normalmente a otras provincias, buscaba la fórmula para empatarme con algún chofer de rastra que me dejara lo más cerca posible de mi destino. Esta suerte se consigue, esperando un par de días, con paciencia y alertando de tu necesidad a la gente conocida. Casi siempre me salía la posibilidad y hacía el viaje tarde o temprano. En casa de mi familia en Placetas, conocí a Ionel. Un hombre que por apariencia parecía mucho más joven de lo que era. Tenía treinta años, aunque como digo, sus pantalones anchos, a la última, su gorra de los Marlins y los pulóvers de marca, lo hacían parecer un nené. Me faltó decir que tenía un diente de oro. Estéticamente su presentación me parecía horrible. Lo catalogo como un hombre frustrado en muchos aspectos de su vida, por supuesto esto lo deduje después de conocerlo más a fondo, no me basé sólo en su aspecto. Venía por la casa todos los días, allí era conocido y respetado. Ionel estaba enamorado de la vecinita de al lado; ella hacía la manicura en el portal de casa de mi familia, con lo que era normal ver al hombre-muchacho casi siempre rondando. No tenía trabajo conocido, pero manejaba “fulas” como loco. No tenía carro pero siempre andaba en uno. Alquilaba siempre el mismo, uno de esos de los años setenta con motor de petróleo. El carro y nuestro amigo el maceta estaban niquelados, el chofer que venía incluido en el alquiler del carro ya no tanto. Era un simple mandado. Estoy hablando del año ochenta y nueve. Y aunque el transporte no estaba tan malo como ahora, era difícil moverse dentro de Cuba, por ello mi familia enseguida me buscó “ pasaje de palabra ” con Ionel. Él iba dos veces a la semana a La Habana en el carro alquilado. El resultado era que me podía llevar y sin cobrarme. ¿Qué mas se podía pedir? Yo no rechisté, porque la ignorancia por esa época hacía que confiara en mi familia, que bueno al fin y al cabo no es tan cercana. Me dejé llevar, literalmente. Puedo decir que con Ionel y el chofer he hecho más viajes Habana – Placetas que con nadie en mi vida, no recuerdo el total de veces. Pero noté mucho nerviosismo en aquellos desplazamientos. Caminos secundarios al entrar en La Habana, siempre íbamos directos al mismo lugar y descargaban, ellos, yo miraba. Tres maletines siempre, goteando agua. Supuse que ahí iba algo congelado. El destino: una casa de La Habana Vieja. Era terrera, con una escalera exterior, tipo las casitas de Miramar, pero como digo en La Habana Vieja, no recuerdo la calle. Yo me quedaba dentro del carro con el chofer, sin moverme, sólo Ionel se bajaba. Después de ese proceso rutinario, me dejaban en Marianao y no nos volvíamos a ver hasta la semana siguiente que me recogían para volver a Placetas, aprovechando así, al máximo, mi tiempo de vacaciones. Ionel no era mala gente. En aquellos trayectos hablábamos de todo, desde música a libros y hasta beisbol. Las charlas eran distendidas y amenas, Ionel poseía un corazoncito grande, aunque quería aparentar que era un tipo duro. Me sorprendió cuando me dijo que le gustaba leer poesía, la buena poesía de Fayad Jamís. Cerraba los ojos y no me lo imaginaba, pero eso sólo viene a ratificar, una vez mas, que la apariencia no era más que eso, apariencia. Era muy desprendido con lo que tenía, fue muy amable siempre, y me resolvió la papeleta de los viajes mucho tiempo. Nunca paramos a llevar a nadie, sólo ellos dos y yo detrás. Reconozco que en algunos pasos de caballitos, mas de una vez se pusieron nerviosos. Yo intuía que lo que iba en aquellos maletines enormes no era legal, pero comemierda al fin y cabo, me daba más miedo quedarme sin transporte a que me pillaran con aquellos en algo ilegal. Miren si la ignorancia es grande! En uno de aquellos traslados, yo ya casada, justo en el año noventa y siete, mi marido se sumó al viaje y esa fue la última vez que compartimos viaje con el hombre-muchacho y su chofer. Mi marido es cubano, no es tonto y enseguida temió por nuestra suerte. Jamás le había contado nada de mis dudas sobre Ionel y su mercancía. Mi marido pocas veces se ha enfadado conmigo pero aquel día, la pelea que tuvo conmigo fue de las gordas, y con razón. Este año cuando volví a Cuba, me enteré que mis compañeros de viaje están los dos en la cárcel. No me extrañé, ¿para qué voy a mentir? Reflexiono sobre mi familia y acabo pensando que son unos inconscientes o que en realidad les importé bien poco. ¿Ahora se dan cuentan del peligro que yo corría en aquellos viajes ? Se lo callaron, pensando que si yo no sabía nada, iría más tranquila. No quise saber más que lo justo, aunque fuera tarde ya. Se dedicaban a la venta ilegal de carne de res, para un restaurante de La Habana. Cuando lo pienso, me dan deseos de hacerme pis. Al recordar mis largas horas de viaje, mi tranquilidad, mi confianza, siento unos deseos de vomitar que no me puedo aguantar. Fui una subnormal en potencia. El miedo se apodera de mí. En el fondo creo que era consciente de todo, por lo menos de los últimos viajes, y lo que no quería aceptar ni creer es que mi familia fuera capaz de meterme en semejante riesgo, sin remordimiento ninguno por su parte. Son cosas que aunque no comento, no les perdono. Me podría haber costado mucho y arriesgué mi pellejo sin comerla ni beberla. Tan sólo porque la falta de transporte en Cuba te hace tener más miedo que el propio miedo. Terminé llevándole una jabita a Ionel a la cárcel. Cuando me vio me dijo: - Gallega, ¿vámos pa La Habana? Yo le dije: no seas cabrón. Por lo menos tenías que habérmelo dicho, y saber lo que me jugaba. Pero ignoró mis palabras y sólo acertó a decir: “había que inventar, la situación, tú sabes...” - Gallega, hazme un favor. Cómprame un libro de poesía, algo nuevo, que me sorprenda, necesito ver otro horizonte que los barrotes de esta ventana. Me fastidió verlo en la cárcel porque aquel hombre - muchacho no era mala persona. IKEBANA |
25.10.06
ESCALERA EN ESPIRAL Estamos en una fecha histórica, crucial. Nuestros nietos nos preguntarán, como era Cuba antes y después del "Cambio ". Ellos querrán saber como era el malecón cuando se caía a trozos y como era La Habana Vieja cuando era vieja de verdad. Les interesará saber cómo fueron los últimos días, qué se vio en la televisión. Es cuando nos tocará contarles: imaginarnos en una escalera de espiral, agarrados a un gastado pasamanos de mármol, todos y cada uno de los momentos que jamás se volverán a suceder. Ha sido así desde el comienzo, las eras han ido trascurriendo irrepetibles, el tiempo es indeleble y nada ocurre dos veces. Por eso debemos grabar en nuestra memoria cada instante de lo que pase de ahora en adelante, porque somos testigos de primera mano y porque somos portadores de una información que algún día alguien nos pedirá que les contemos. Demos gracias por ser protagonistas de una historia importante en la Gran Historia Universal de un país inigualable. Nuestros futuros descendientes jamás podrán imaginarse cuánto se puede amar a un terruño que se cae a trozos y que está en constante situación de toque de queda. Unos de nosotros, realistas y objetivos les contaremos las cosas tal y como las hemos visto y vivido. Otros más imaginativos le pondremos un color vivo a los recuerdos, a los edificios, y a las calles. Todo por no dejar un mal sabor de boca, y que se recuerde el país de tu viejo, como un país digno y no como un país mangoneado. Cuba está llorando por momentos, es como una niña que no quiere dejar su niñez ni sus muñecas y se adentra en la edad menstrual. Cuba está llorando y nadie la escucha, porque las lecturas diarias sólo hablan de un tipo que no acaba de morirse, de unos hoteles que cambian de administración y de un turismo que oscila como los vientos. Un país sin voz, cansado, rico y pobre al mismo tiempo que está dentro de un bombo de lotería. Esa lotería de Navidad que algunos países pretenden ganarse. Quisiera romper su mudez, alzar el altavoz de sus palabras, que se escuche su lamento en todas las partes del mundo. Los cambios que se le vienen arriba a mi niña Cuba, serán lastimeros. Un tropel de intereses se agolpan para entrar como espermatozoides en busca de su complementario. Los poderosos se frotan las garras como si de manos se tratase, y ella mi niña Cuba, hablando desde su sordomudez. Habla con gestos. Lee en braile y sueña que la transición va a ser pacífica porque Changó los protegerá. A la espera, millones de cubanos de a pie que están hartos de política, que les da asco oír que su país sea sólo una mesa redonda diaria. Por otro lado millones de cubanos vestidos de verde olivo que no tienen más ropa que una hipócrita colcha que cubre su cama cobarde. Esos serán los examinados en la prueba final, ellos son los que cambiarán la chaqueta en menos que cante un gallo. Quizás el gallo de Morón, ¿ quién sabe? Nunca he escrito de política, no se hacerlo. No se escribir. Lo único que hago es chaporrear el teclado lo que siento en mi cabeza. Casi siempre opto por la vía del corazón, porque me dejo llevar y es fácil plasmar lo que siente este tic tac que me da la vida. No obstante, obligatoriamente, el tema político obliga. ¿ Se acerca la hora del principio del fin de algo?. Está al llegar el primer día, de los primeros meses, de los primeros años del CAMBIO. Será largo, tedioso y duro porque está escrito que debe ser de esa manera. Si fuera fácil no sería cierto ni trascendental. Y lo será, me lo han dicho en sueños los muertos de otros, porque a mi los míos no se me aparecen. No creo en religiones, ni en energías, no creo en nada. Nada me ha demostrado algo, para darle mi fe. Amigos, yo no se que pasará mañana. Después de los sueños, me despierto y vuelvo a no saber. La mente es perversa, sueñas con los deseos y los temores. Y yo soñé. Ví bajar los carros por La Rampa celebrando. Las mujeres se bañaban en trusa en los charquitos del malecón. Avisté barcos extranjeros tocar las costas y alertarlas de su indecencia. Soñé aviones que no eran de Cubana de Aviación, aterrizando y pariendo gente con la cara tapada. Después me desperté. Paso los días esperando la noticia, el comienzo de un futuro mejor. Pero a veces me planteo, si como el dicho: ¿ no será peor el remedio que la enfermedad? Ojalá que la inteligencia, la conciencia humana se concentre y el porvenir de mi niña Cuba, fluya por caminos llenos de tranquilidad. Ojalá mi deseo se cumpla, pero claro, no deja de ser un simple deseo de una simple mujer que no cree en nada. IKEBANA
| EL CERCO SE VA CERRANDO. Las contínuas visitas de extranjeros a Cuba en la última década, no deja lugar a dudas, los ciegos gallegos están despertando de su gran letargo, los cubanos "extranjerizados" también. El pueblo cubano se ha hecho drogo- dependiente económico y moral de las ayudas del exterior. Los días transcurren en una apatía constante, pendientes que llegue el primo de Miami, o el suegro de España, o la hija de Suecia y venga cargada con todo lo que ellos necesitan. Los lunes primeros de mes se la pasan contando el tiempo que tarda en entrar la remesa en el Banco Fianaciero o en el Popular de Ahorro. Los más adelantados van con su tarjeta y sacan su acostumbrada cifra de los pocos cajeros automáticos que existen. Y si aún no están, el encabronamiento es grande. La vida, el tiempo libre se les va en La Gran Espera, la espera del mutilado del lesionado por negligencia social o política. El cubano dentro de la isla vive de la caridad familiar. Muchas de las veces, vive mejor el cubano dentro que el “desgraciado” que consiguió salir y se parte la espalda para poder mandar los cien del mes y lo estimado cuando sea solicitado. Viven sobresaltados cuando el silbato del cartero les anuncia paquete en el correo, un kilo, dos kilos máximo, llenos de boberías. Las boberías no se cuanto valdrán, pero los dos kilos en correos ya son cuarenta euros. Pero eso ellos no lo miran, pa ellos vale lo mismo que una cartica de La Habana a Santiago. En Cuba es una gloria vivir así, se vive con verdadera plenitud de conciencia. Puedes comprar lo que tu vecina sólo puede mirar de lejos. Tu frigidaire siempre lleno. Tu ropa en las tiendas de los bajos del Habana Libre, no importa que sean una mierda y valgan un ojo de la cara, da igual. Paga el primo del norte. Me pongo a pensar, quién es el responsable de que parte de un pueblo ya no quiera trabajar, que prefiera quedarse en casa y simplemente velar su sobrecito a final de mes. No si es importante analizar donde está el culpable o si ésta posición está acertada o es patética. Es la primera vez en mucho tiempo que me siento a escribir acerca de este tema. Me da rabia hacerlo. ( Me gusta más subirme en las nubes utópicas y sentir que todo es un cuento.) Temita que todos conocemos pero que nadie comenta porque es mejor obviar. Unos se niegan a someterse a tal chantaje. Otros ceden y lo hacen, porque trabajan y viven por el amor que le tienen a los que están dentro, evitando pensar más allá de lo justo y necesario. Pero mi hermano! Los que están dentro, no le tienen tanto amor a los detalles. Si les mandas cien todos los meses y un mes fallaste y les mandas cincuenta, ya tú eres malito malo, el peor. Hasta ese entonces, estas subida al trono de San Lázaro y cuidadito quien te mente mal….pero si fallas, te convertiste en extraño y desteñido. Con esto vengo a decir que a pesar que amo Cuba, siempre la amaré, como a una bella esposa o una madre, como a una abuela, como a un marido…. No dejo de reconocer que es un pueblo que está perdiendo sus principios, que la cosa se salió de machos y que cuando la realidad fuera de la burbuja les visite, va a ser duro remontar la cuesta. Y ya para finalizar, y como en el monte no todo es matorral, sino también hay un orégano rico en olores: Un voto de confianza, de felicitación humana a todos esos padres de familia, parientes en general, que recibiendo ayuda económica del exterior, hacen un buen uso de la misma. Dignificando el trabajo del hijo o la hija que está fuera y se parte el lomo porque ellos coman carne, por lo menos una vez al mes. IKEBANA |
EL PARQUE, LOS VIEJOS Y SUS HISTORIAS. No sabría decir si existen cubanos isleños o isleños cubanos. En mi tierra, hablar de Cuba es como ilusionarse con el encuentro de una madre, es rayársele los ojos a los viejos y hacer soñar a los jóvenes. Cuba es sinónimo de sueño. Mucho tiempo atrás lo fue de ilusión, de libertad y de esperanzas. Las tierras cubanas, concretamente la zafra, alimentó muchas bocas hambrientas en Canarias. Los hombres se embarcaban durante tres meses en un velero de mala muerte, muchas veces hasta de polizones, cuando comenzaba la temporada. Algunos volvían con sus familias. Otros formaban una nuevo hogar bajo la saya de otra mujer, ya fuera cubana o emigrante isleña. En mi barrio hay un parque. Un parque con árboles grandes, centenarios, confesores. Hay bancos de piedra lisa, donde los viejitos se sientan por las mañanas a tomar un poquito del sol. El medico les dice que eso es una buena vitamina. Ellos se dejan llevar, como aquella vez que se dejaron llevar en un velero y llegaron a Cuba. La diferencia es que ahora el final no es el mismo, en unos años la vida se les irá, se harán más viejos y no habrá ninguna isla nueva y próspera que descubrir. Sólo la muerte les espera, al sol, en las mañanas de cualquier mes, con tranquilidad, con la mente reposada, recordando. Mis amigas me ven sentada al lado de ellos y me dicen de jarana que si quiero pillar un viejo chocho para recasarme y quedarme con sus millones. No se imaginan que me siento al lado de ellos para oírlos hablar del tabaco, de la zafra, de cuánto costaba un saco de arroz y cuántas caballerías tenía el terrateniente que lo animó a ir a Cuba. Hablan de sus mujeres y de sus hijos, de los que dejaron aquí y de los que nacieron en Cuba. Les pesa no haberlos vuelto a ver, no saber dónde están y si por lo menos tuvieron nietos. La emigración fue dura, imparcial, llena de situaciones imperdonables. Siempre supe que una parte de mi familia se instaló en Cuba. Es una rama que conozco, visito y quiero, pero hace unos días, hablando con una señora mayor que se sienta en le parque me enteré de algo nuevo. Mi bisabuelo materno también hacía la zafra, iba y venía todos los años; una parte del tiempo se le iba en el barco, seis meses al año y la otra trabajando en los campos de azúcar. Llegaba a Tenerife con el tiempo justo de un mes si acaso para ver a la familia, emplear el dinerito ganado en la compra de algún buey o cabras de buena leche, para marcharse otra vez y continuar el mismo itinerario anual. Se me pone la piel de gallina de pensar en las condiciones infrahumanas que se sufrían en esos barcos. Mucha gente pereció, infecciones, hambruna, partos sin asistencia. Habían muchos que preferían quedarse en La Habana o Camaguey y mandaban a buscar a las mujeres. Una travesía difícil, sin saber a ciencia cierta dónde estaba el final. El mar es más traicionero que el peor amigo. Entiendo, después del paso del tiempo, por qué me siento tan cubana. Toda mi familia se amamantó en Cuba, se partió las manos en los campos cubanos. Las mujeres de mi familia parieron sus hijos allí. Aquella época tan próspera para la emigración contrasta con el panorama actual. Nosotros los españoles abordamos aquel país y lo explotamos para sacar nuestras familias adelante. Ahora la tortilla se viró y son los cubanos los que nos abordan, y algunos españoles, que desconocen la Historia, se jactan de decir que “ya somos demasiados, que no dejen entrar a nadie más”. ¡ Qué rápido se olvida, señores! Yo, como vengo de familia emigrante, no sólo en Cuba sino en otros países, me siento ciudadana del mundo, y me sentiré así mientras viva. IKEBANA _________________
9.7.06
ME PELIÉ CON DIOS.
( Una historia real )
Me “ pelié “ con Dios.
El tiempo pasado se me fue en ayudar a los demás, el presente es una injusticia y mi futuro incierto pero sigo mirándome en el espejo ajeno para valorar lo que tengo.
Y aunque yo no creo en Dios, le sigo echando las culpas de todo lo que ocurre, porque la palabra Dios me gusta más que destino, energía, ente, fuerza o fe.
Hace un año, conocía a Dalia, en Cuba. Ella es una mujer gordita y rechoncha, buena como la miel y con una risa franca que se me hizo hermana.
Una vez me dijo: yo tengo un primo que vive en Tenerife, Vlado, el primo que yo más adoro. De chico nos criamos juntos y aunque está lejos, lo siento siempre conmigo. Le tengo mucha lástima, porque ha pasado por malas rachas, después de su separación se acrecentó más esa melancolía que él tenía desde niño. Vlado era en realidad hijo de mi madrina, ella fue una de las niñas que Cuba mandó a la Unión Soviética, en un momento determinado de esta historia descalabrada. La mamá volvió adulta, se casó en Cuba y tuvo hijos, pero los engendró con melancolía, con el dolor de su niñez robada, los parió depresivos y locos. Y Vlado era un pequeño loco, un sentimental que se deprimía con frecuencia, que no entendía los secretos de su corazón.
Ella me decía que lo vio muchas veces calle arriba y abajo, con una guitarra y un poncho, luchando contra su propio corazón e intentando sobrellevar sus crisis depresivas. La calle era su compañera fiel en esos momentos.
Pero Vlado, gracias a una familia que tiene en Madrid, logra obtener la ciudadanía española y emigra esperando salir de su propio cuerpo y encontrar en España una nueva vida; se quiso engañar, lo intentó pero arrastró consigo la misma vida que tenía en Cuba.
- ... y es que no se puede escapar de uno mismo. Se huye con Transilium, Diazepan, y Rexer, con Seroxat o Amitriptilina. Pero uno vuelve y se reencuentra con su yo, con su viejo yo deprimente, ese que conozco de niño, - me decía.
Dejé que sus palabras entraran en mis oídos, pero no dejé que fueran más allá. Aquellas palabras de confesión eran peligrosas, temía por él.
Sola en mi casa, muchas veces le marqué al celular para obtener la misma fuera de cobertura o no disponibilidad habitual. No le gustaba comunicarse, se movía en espacios cerrados, igual de herméticos que su libertad emocional. Quería oír su voz aunque fuera aburrida, porque estaba solo, un cubano solo, lejos de su casa y su familia. Sin sus calles. Eso no podía ocurrir.
Llamé a Vlado para darle recuerdos de su prima. Me caló hasta los huesos una voz aburrida y que yo interpreté somnolienta. Me intrigaron sus pausas al hablar, su cariño y su forma vacía. Los lazos de su minusvalía psicológica con sólo cuarenta años eran para fajarse con el jodido destino que no le daba ni siquiera un respiro a aquel ser humano maravilloso.
Un amigo mío, dice que Cuba es un país de suicidas.
Ese tema me da para reflexionar sobre el ser humano en general. Pienso en el poder de la mente que nos hace echarlo todo por la borda en un minuto, que nos golpea incesantemente con martilleos sonoros en nuestra cabecita. Me agarro a un salvavidas de interrogantes para poder alejarme de Vlado sin quedarme lastimada.
Lo miraba con ternura, me daban deseos de darle cariño. Miré por la ventana y el día era gris.
Mi marido le decía:
- Compadre, tenemos que vernos más, para hablar, desconectar. Comernos un congrí con yuca y jugar al dominó. Prestarnos los libros, oírnos el acento.
Vlado miraba por la ventana y el día seguía siendo gris. La ventana estaba abierta pero no entraba ni un soplo de aire. El día seguía siendo gris.
Pasaron los meses y me entero de que él no está muy bien, las depresiones continúan, va de trabajo en trabajo, se junta con personas que abusan de él, y aquí no tiene la guitarra para salir a cantar por las esquinas. El canto se lo va tragando él como si fuera una sopa en la cena, entre pastillas de desconexión y el ron del olvido.
- Me voy pa Cuba, Yara. Tengo que pisar las calles y recoger mi guitarra, fui despiadado con ella, y ahora la necesito más que nunca, voy y vuelvo. No me quedo porque quiero trabajar para ayudar a mis hijas. Pero necesito ir un mes a cargar las pilas, ya son dos años y medio sin ir, me decía.
Al mes recibo una llamada suya, estaba de vuelta, y tenía algo para mi, una miel de guira que su prima me mandaba como remedio santo para quedar embarazada. Voy para allá.
Su casa y la mía están a unos treinta kilómetros de distancia. Hice el trayecto pensando en sus ojos vidriosos y su piel parda, su mano derecha sobre la izquierda, abrazándose a sí mismo.
Vivía en un cuarto piso, la casa estaba desordenada, sucia, botellas en la cocina, tristeza en sus ojos, abandono. Su camisa sin planchar, descalzo, con la mirada ausente.
Pero como si del mejor tesoro fuera, se fue a la nevera y sacó dos botellitas de miel de guira para mi; lo hizo con tanto amor, que deseé para él la mejor de las suertes. Quise que aquel ser fuera feliz.
Continuamos hablando de mi amiga, su prima y de Cuba. Era un tema ineludible. Me habló de sus hijas, me dijo que si estaba aquí era por ayudarlas:
- El dólar en Cuba mata la sed y el hambre, compra los zapatos para andar mis calles, los dólares que logro reunir se los mando aunque yo viva con la máxima austeridad.Tengo que buscar un trabajo - me dijo.
- Ve por la casa, Vlado - le dije.
- Sí, yo te llamo. Bajó la mirada hacia el suelo.
Pero Vlado no se comunicaba con nadie, ni con su familia en Cuba ni con los de Madrid. Era un enfermo solitario. Un ermitaño.
Fui yo quien lo llamó a la semana, para recordarle la visita pendiente, pero lo sentí tan ausente por teléfono, tan ido, que presentí que no lo estaba pasando nada bien, le ofrecí charlar. Intuí su pena conmigo. Sin duda estaba en una de sus crisis.
Fue la última vez que hablé con él.
Hoy me llama Dalia, mi amiga. La noto nerviosa, desesperada. Es una llamada corta, de esas de diez dólares, su sueldo de este mes.
- Yara, he tenido que llamarte a ti, eres la única que me puede dar una certeza. Un compañero de mi primo Vlado llamó para acá diciendo que se había suicidado. Por favor, - me dijo sollozando -, averíguame qué hay de cierto en eso. La familia de Madrid no sabe nada. Tú eres la más cercana.
He visitado más comisarías de policía hoy que en toda mi vida, he llamado a todas las clínicas, a las funerarias, al juzgado, a todo aquel que pudiera informarme.
Nadie quiere decirme nada, no soy familia, y no se ablandan al saber que soy la única persona que pregunta por ese cadáver. Ruego a Dios, pero no me responde.
Vlado está muerto, se tiró por el balcón hace como una semana. Aquel mismo balcón donde una vez miramos el mar y me dijo que aquella miel de guira cambiaría mi vida. Que tuviera fe. Aquel ser humano me decía a mí que tuviera fe, me lo decía alguien que la había perdido desde niño.
Pero yo, aburrida de tanto desplante, entre vómitos de asco e impotencia, decidí peliarme con Dios en señal de rebeldía.
Mientras el tiempo transcurre, la vida de los demás sigue, y la aplastante realidad me lleva de la mano, una vez más.
En una nevera de una anatómico forense está Vlado solito, durmiendo su último sueño. Se que al lugar que va también le hubiera gustado llevarse su guitarra.
Tenerife 28 de Junio de 2006
IKEBANA
16.6.06
LA CUENTACUENTOS
LA CUENTACUENTOS
Mario de seis años, tiene una maestra que es como una cuenta cuentos. Pero una cuentacuentos de su vida privada.
La considero.
Imagino que debe estar tan aburrida que llega por la mañana a la escuela y descarga los problemas con los muchachitos a modo de consulta psicoterapéutica. La manera más barata e inconsciente de mantener su cabeza sana.
La parte negativa de esto es que el aprendizaje que les va dejando a los pequeños es metralla de palabra, algo así como un credo ocasional que los pudre día a día. Regla no se da cuenta del daño que les hace, aún así, el día del maestro los niños le siguen comprando jabones de almendras...
A veces veo como Mario la trae a la casa.
Se ve cómico ver a un alumno chiquito como él medio flaquito y arrastrando de la mano a una señora gordota de cincuenta y pico de años. Ella que no, se mantiene en el regateo de la pena, y mi ahijado que sí. Y en ese tiran y afloja se les ve a veces al salir de la escuela
Las mamás lo comentan pero no hacen nada.
Mi ahijado con seis años es un poco enamorado y le gustan las prietas. La primera que le gustaba en la escuela la puso granito de canela tenía siete, uno más que él, de eso hace meses, ahora dice que ya no le gusta tanto, porque no se pone flores en el pelo.
Por las tardes cuando llega solo y se sienta en la mesa a comerse dos galleticas de soda con un jugo de mango, yo a falta de telenovela me pongo a sonsacarlo....
- Niño, ¿y qué dice tu maestra hoy? Me sitúo a su lado y le picoteo las galletas pa hacerlo rabiar, y empezamos un jueguito de manos peligroso. Sin embargo no se le olvida mi pregunta y como chismoso acaba contándome.
- Madrina, mi maestra dice que está aburría. El marido compra ron, y tú sabes, el ron es malo. Ella le dice: Ernesto, acaba de ir pal hospital, mira que hoy volvieron a buscarte, pero él nada de nada, dice:
- Regla, si me muero, que me entierren ...
Pero mi maestra está fastidiada, porque cuando bebe ron se faja con ella, y le destroza la casa y le rompe los adornos. Por eso, madrina, yo invito a mi maestra algunos días a la casa pa que Ernesto no se faje con ella. Me da lástima mi maestra, madrina.
Y es que este niño ya sabe lo que es sufrir desde bien chico, fue niño que nació prematuro. Nació a los pocos meses de la separación de sus padres, lo han criado los abuelos prácticamente. Su mamá está de médico en Venezuela, en un lugar que dicen hace mucho frío y se llama Mérida.
Mario es epiléptico y vive preso de una carbamazepina al día. Cuando convulsiona en la escuela - no es muy a menudo, gracias a dios - es la maestra la que lo trae corriendo pa la casa; aquí ya todos le tenemos un cariño tremendo y en vez de la maestra, es Regla, una amiga de la casa.
No es fácil, ni siquiera en Cuba, botar de la casa al marido con el que llevas treinta años. Las borracheras y la violencia se ve que van mellando en su figura. Hoy fui a hablar con ella, le pedí que no contara más los pormenores de su vida. Lo hice por los niños, lo hice porque al no estar su madre me tocó a mí por ser su madrina. Le hablé con el corazón, la escuché. La sentí ausente.
A la gente de raza negra es difícil saberles la edad, no se ponen viejos nunca. Pero Regla sí, ella envejece cada mes un poquito, va midiendo su resistencia con respecto a la cantidad de ron que aún soporta Ernesto en su cuerpo. Por eso se ha dedicado a dejarlo morir. Porque ni él mismo hace nada por salvarse.
Un muchacho joven, antiguo alcohólico, hoy rehabilitado, va por la casa y le da tremendas charlas, con mucha enseñanza de joven a viejo, pero enseñanza de las que se aprenden en la calle, en los momentos de estar botado y no saber donde. Enseñanzas de superación, de saber decir no a algo que te está quemando la vida por dentro y por fuera.
Pero Ernesto no aprende, no quiere ni oír, y a Regla ya le da hasta lástima que el muchacho se pase tantas horas hablándole a una pared de concreto.
Ernesto y Regla no han tenido hijos, quizás por eso siguen juntos. Estoy segura que de haber un hijo entre ellos, hacía mucho tiempo que la vieja maestra hubiera puesto pies en polvorosa. Se nota rancia y sin alternativas, no le queda otra que aceptar su suerte. Aguantar algún golpe cuando a él le dan deseos y limpiarle la vomitadera donde quiera que la deja. Y lavar esa ropa apestosa que ella lava y lava, como queriendo borrar el rastro de la evidencia.
No es feliz ni semejanza. Se ha resignado.
Ahora que estoy lejos, me parece verla; se pela cortico y usa unos aretes de carey, no es ostentosa, no sabe que aún es linda y que pudiera presumir.
La recuerdo caminado hacia el aula. Aunque no llevaba nada dentro, siempre la veía con una jaba de esas que parecen una cestica, de las que son hechas de palmas. Pa mí que es ahí dentro donde lleva lo que le va quedando de vida. O será que ya está muerta y lo que vemos es sólo un reflejo de la que una vez existió.
Si yo fuera ella, sí estaría muerta. Porque yo sí no entiendo, no puedo resignarme. Jamás doblegaré mi ser por causa de un hombre. No lo hice con mi padre, no lo haría con el marido.
Pero lo de Regla son casi cincuenta y cinco años; en Cuba, un lugar donde no hay nada mejor que hacer, sino ver pasar el tiempo prisionera de un televisor Panda, no creo que le queden muchos recursos para el combate. Hasta me atrevería a decir que se ha acostumbrado a este ritmo de vida, y el día que Ernesto no se faja, no es Ernesto. Ese día Regla tampoco es ella.
La peliadera se convierte en reina de la casa, usurpando el puesto donde tenía que estar una mujer llevando una vida digna. La vida de muchas personas cubanas y no cubanas.
Pero al día siguiente es lunes, y hay escuela. Ahí va la maestra a contarle a sus alumnos la última de anoche. Ellos la miran como de costumbre, tranquilos, porque para ellos también la enfermedad del marido de la profe es ya cotidiano, como un cuento, como repasar las tablas de multiplicar o cantar el himno en cada matutino.
IKEBANA
14.6.06
LA FORMULA DE PABLO
LA FÓRMULA DE PABLO
Le pregunto a Pablo todos los días que fórmula tiene para no olvidar.
Nos sentamos en el portal de su casa en Hialeah y nos contamos cosas de nuestras vidas.
Me habla de Cuba, de esa taquicardia que a veces se le mete en el cuerpo. Es como si me faltara el aire, - me dice - otras se me oprime el pecho y Cuba me quiere salir hasta por las orejas. Mi disco duro cerebral es cubano por los cuatro costados aunque esté lejos. Ser cubano no se puede inventar, Yarita. O se es o no se es.
Esa última frase me suena a poeta y aunque no se lo digo, cuando se pone hablar de La Isla, me parece como si se reencarnara en un poeta delante de mis ojos. A veces lo llamo Martí, otras le digo Benedetti. Es un cómico.
Pablo tiene cuarenta y siete años.
En Cuba nunca tuvo nada, no fue propietario de nada, no fue dueño más que de un par de zapatos y no todos los años. Le robaron la única bicicleta que tenía y jamás la recuperó porque no quiso fajarse. Era físicamente muy débil.
Pablo es de esos seres excepcionales que no abundan, su nombre hay que escribirlo con letras mayúsculas, y no caer en falsas diplomacias. No es mejor ni peor que nadie, sólo quiero decir que resalta por encima de la gente. Es una persona de ideas fijas, conciso y luchador.
Es mi vecino. El mejor. Envidiable.
Alto, de cuerpo elegante, ojos saltones y azules, cara cohibida y formas correctas.
Un hombre emigrado por necesidad, un romántico que no vive por pura obligación existencial. Pablo es una persona sincera, como él no se encuentran todos los días. Creo que hasta de alguna forma, lo admiro.
Vivió toda su infancia en La Habana, creció y se crió en un ambiente difícil.
Pablo es homosexual.
Siendo un joven y sin alternativas laborales, sin expectativas de futuro, sin proyectos, un tres de febrero se tiró al mar con cinco personas más en una balsa.
No se saben bien los motivos de la partida, pueden ser los impulsos que tienen todos los cubanos, quizás razones diferentes, pero el hecho es que como no le quedaba camino detrás, lo que hizo fue nadar hacia delante.
De esa forma llegó a Estados Unidos sin saber si huía del hambre o de su sexualidad.
En ocasiones se descubre pensando en los años de juventud, en el dolor que somos capaces de causar los seres humanos unos a otros, sin darnos cuenta. De lo poco valientes que somos las personas en momentos claves.
Tiene dos trabajos, de día es camarero en una pizzería y de noche relaciones públicas en un local de ambiente. De lo único que se arrepiente es de no haber terminado la carrera. Con la homologación en Arquitectura, quizás pudiera tener otro presente, y no se estaría matando en dos trabajos para mantenerse.
No quiero que lean este tema como si fuera un drama, léanlo como todo lo contario. Les aseguro que esta historia es una gran celebración.
En aquellos años, en los estudios de Arquitectura Pablo veía la diligencia y equilibrio que no encontraba en su vida. Eran años de ambigüedades, de mantenerse a flote, de sobrevivir al hambre y al espíritu.
Sin embargo, después del tiempo y de su salida de Cuba, su mayor trauma es que no ha podido olvidar. Lo comprendo, es humano.
Lo recuerda todo, su colegio, los árboles, la ropa, su fruta preferida... Recuerda sus citas con hombres jóvenes que surgían llenos de deseos. Hombres sensuales y hambrientos como hienas, como mujeres celosas pero sin serlo. Un mundo de hombres afeminados en el que se refugiaba para perdurar, donde el problema cubano era sólo uno. Por ello, echaba de menos a Ernesto, y a Gloria, a Albertico y a la Ma donna, el travesti más ilustrado de toda La Habana, un estomatólogo que de noche se vestía de lentejuelas y de brillos. Un perseguido. ¿ Qué habrá sido de todos ellos ?
Pero y a su pesar, Pablo, a estas alturas de su vida se siente vacío y aunque materialmente lo tiene casi todo, no encuentra paz interior. Ha conseguido comprarse la ansiada casa con jardín. Después se compró un perro. Últimamente tiene hasta carro. Sin embargo no ha sabido excusarse y vive con demasiado resentimiento.
Hace días que le ronda por la cabeza la idea de volver, aunque sólo sea por una semana. Volver para enterrar en Cuba definitivamente todos sus complejos. Porque con la edad va descubriendo que los tiene.
Los complejos empezaron a surgir de chico, cuando en la escuela los muchachos le daban tremendas palizas y lo llamaban pajarraco. En ese entonces vivían sus padres, ellos se mantenían en silencio, no sabían cómo atacar el tema, no hablaban con él de su “problema”. El chisme hacía que permutaran la casa cada cierto tiempo. Los repartos para Pablo eran todos iguales. Sus padres vivían ignorando la situación, aparentando que tenían un hijo que era todo un hombrecito. Continuamente le inventaban noviecitas, y se empeñaban en borrar la pluma que sin duda definía potencialmente a su hijo.
Fueron ciegos consentidores. Padre y madre cobarde, según su opinión, pero padres al fin y al cabo.
Pablo se decidió.
Llegada la fecha prevista, aterrizó en La Habana de una forma muy diferente a la que un día usó para irse. Se sintió libre.
Al salir del aeropuerto, los recuerdos se agolparon en su mente como si fueran archivos de computadora por ejecutar. El aire se podía pesar en libras, era cargado. Saliendo por Boyeros le dijo ya al taxista que lo llevara al Cementerio de Colón, era el primer lugar donde quería ir.
La camisa de manga larga que llevaba se le antojaba una colcha pesada sobre los hombros, una sensación extraña entre frío y calor; era un sentimiento quizás al que nunca se había enfrentado.
Mi amigo se encontró en un país que un día fue el suyo, se proponía mirar de frente sus pasado y sus cuentas pendientes.
No había familia a la que saludar, sus parientes vivos son pocos. Catalina y Pablo, sus padres, unas personas poco cariñosas que no lo miraron nunca con amor, no pasearon nunca de su mano por ninguna calle. Siempre paseaban, él delante, y ellos dos detrás. Pablito esto, Pablito lo otro, pero no había un detalle de cariño, no hubo acercamiento.
Ya en el cementerio, recordó bien el lugar; allí estaban los restos de Catalina Pobeda Valdés y un poco más lejos los de su padre Pablo Palomares Ortiz.
- Papá, mamá, aquí estoy de nuevo. He venido a recuperar mi infancia.
Perdonó a sus padres por no aceptarlo como era, los perdonó de corazón por haberlo hecho un niño infeliz.
Se levantó, dio instrucciones al taxista y caminó hacia abajo por la calle Doce como si fuera la primera vez. Se dispuso a pintar de colores un cuaderno infantil que una vez fue a rayas, blanco y negro.
Saludó por la calle a gente que ni conocía, en su actitud iba absolviendo a aquellos compañeros que de niños le pegaban por jugar a muñecas y no a carriolas.
Devolvió una sonrisa a aquellos posibles policías que lo detuvieron varias veces sin ninguna razón, los indultó a pesar de haberlo llamado maricón hijo de puta.
Bajó hasta el malecón. Alquiló un Cocotaxi y lo fue recorriendo hasta la altura del Riviera, miró el mar de frente y ya no cerró los ojos nunca más.
La Rampa seguía igual de maquillada, el Yara estaba abierto, lo mismo que su corazón. Empezaba a anochecer y el tiempo corría sin apenas darse cuenta. Leyó la cartelera del cine, como tantas noches. Y enfrente, en un kiosco se comió una paletica de helado con la tranquilidad que años atrás jamás tuvo.
Inevitablemente se emocionó por ser tan fuerte. Muy despacio, matando espejismos. En Cuba, veinte años después Pablo recupera el tiempo robado de su niñez y adolescencia.
La colcha pesada que le cubría los hombros cayó como una alfombra espesa en el asfalto.
Pablo era un ser nuevo. Eso lo había conseguido, con el simple hecho de viajar a Cuba y perdonar.
IKEBANA
VIEJOS DESCONOCIDOS
VIEJOS DESCONOCIDOS
Visité a Milene uno de los días en cuestión.
Y la cuestión es una interrogante porque nunca sabes lo que te puedes encontrar al hacer una ansiada visita.
Cuba será una cuestión de interrogantes, siempre.
Me di cuenta de ello en este último viaje.
Milene fue mi amiga en el pre, hicimos juntas la beca; sin duda, la mejor amiga que he tenido nunca. Fíjate si es amiga que a mis amistades en España la pongo siempre como ejemplo:
- Si fuera Milene, lo haría así o asado... Todo mi repertorio de buenos modales, principios y sentimientos, aún antes de este viaje yo se los atribuía sin duda a mi gran amiga de la adolescencia.
Como el dinero no abundaba en mi bolsillo, hice botella durante un día entero, para ir a verla.
Matanzas no está lejos si tienes un buen carro, pero si no lo tienes, bajo el sol y sin un pomo de agua, te puede parecer el lugar más lejano del mundo. Y peor aún fue la idea de ir por la carretera de Ceiba Mocha; tenía amistades en Madruga y me dio menos miedo si me quedaba a medio camino botada, pero era una carretera por donde no pasaba casi ningún carro.
Tuve suerte, por la tarde ya estaba comprando melón en el mercado de Matanzas. Aquel mercado no se parece a ningún otro, por la abundancia de alimentos, la variedad y la calidad, se diría que no es para cubanos. Luego pensé que quizás era más para todos los turistas que iban camino de Varadero y no me equivoqué mucho: allí no había muchas amas de casa, los que se veían eran Yumas por todos lados. Y en el aire un “olor” a compra y venta ilegal, que no se iba ni con el perfume de Alicia Alonso.
Milene vivía en lo alto de una de las grandes y largas lomas de Matanzas. Me ajusté bien la mochila y me remangué un poco los pitusas. Los tenía un poco engrasados en los bajos, por culpa del camión que me había parado en la carretera y me daba pena, porque no suelo ir sucia, despreocupada sí, pero no puerca.
Lo mejor de todo fue que les daría la sorpresa, que no me esperaban y que no nos veíamos hacía cinco años. Estaba nerviosa porque iba a ver a mis amistades, después de tanto tiempo. Las manos me sudaban cuando toqué a la puerta. Esperé. No abría nadie. Toqué más fuerte porque la vecina me dijo que ellos estaban. Las vecinas al fin y al cabo, siempre chismosas, estaba en lo cierto; me pareció oír música, y por fin desde el fondo del patio se oían llegar unos pasos, y la puerta se abrió. Ellos, Eloísa y Gabriel, tenían suerte, vivían en una de las mejores casas de toda la ciudad, y no por ser pinchos, sino porque la habían heredado de sus viejos. Nunca hubo necesidad de permutar pues eran una familia corta. Milene era única hija.
Cuando su mamá me vio casi se va de golpe y mi amiga que venía detrás de ella, por poco se cae arriba de su madre, con tal de darme el más grande de los abrazos. Así estuvimos un rato, girando y girando como un carrusel.
La vieja Eloísa se fue a la cocina a preparar algún saladito para brindarme, gracias a Dios la comida estaba hecha y no había que esperar tanto, me moría de hambre. El papá aún no había llegado del trabajo, era chófer de una rastra y pasaba mucho tiempo fuera de la provincia. Luego supe que estaba en el lío del café y que se le pegaban a los bajos del camión dos o tres sacas en cada recorrido.
Ya en el cuarto, veía a mi amiga nerviosa, me revisaba con ojos de inspectora de arriba abajo. La notaba calculadora, nada en mi le gustaba. Luego me lo confesó, le extrañó mucho verme tan “normal” viniendo del extranjero. Supuestamente yo debía llegar con una pila de cadenas de oro, aretes por toda la oreja, uñas a lo yanki, es decir postizas y largas. Debía llevar pitusas de esos de brillitos, popis de marca nike, pitusas levis desteñidos.
Ese era el símbolo de lo que Marisa, yo, debería ser a su llegada a la tierra.
Yo la contradije, y le hablé de comodidad, de sencillez y de sentimientos, pero mi amiga reía y reía como si mis frases fueran un chiste. Sin duda, nada más llegar, la defraudé de alguna forma. Pero ella no alcanzaría a calcular cuanto me había defraudado ella a mí, como persona, como ser humano.
Esa fue la primera vez en mi viaje que me di cuenta de que en Cuba todo parecía cambiado desde mi partida. Tuve que reconocer a mi pesar, que hasta las mejores amistades se vendían por una coca cola, y que mi visita no tenía swing porque no especulaba con mi categoría de visitante, como ellos esperaban. Mi sencillez era sinónimo para ellos de que las cosas allá afuera no me debían ir muy bien...
La moda la traían los turistas y supuse que incluso se vestirían de indios si así llegaba un día un yuma disfrazado. Lo importante era estar a la última porque en Cuba seguía habiendo demasiado tiempo libre, y mucho tiempo para la especulación, qué lástima.
Le hablé a mi amiga como lo hacíamos entonces en la beca. Imaginé que nos echábamos cada una en una litera, soñando con tal o cual muchachito, contándonos los pequeños secretos que a esa edad son grandes tesoros.
Pero qué vaaa, mi amiga ya no era la misma. Ese tipo de entretenimiento ya no le gustaba, parecía no tener sentimientos, parecía fría como el hielo, era una vieja desconocida para mis sentidos.
Todo el rato hablaba y hablaba de sus planes, de un novio italiano que conoció la semana pasada, y de la promesa de escribirle que él le hizo. En cuanto llegues a España, tienes que llamarlo de mi parte, mi celular anda sin saldo - me decía mi amiga. Averigua quién es, qué tiene y con quién vive y todo lo que puedas. Ella eso lo daba por hecho y no se avergonzaba de pedírmelo. Al contrario, se la veía orgullosa y radiante.
Me sentí sucia, ajena a aquel lugar, y la grasa que yo llevaba en los bajos de mis pantalones ya no eran nada en comparación con lo que sentía por dentro.
Sentía vergüenza ajena, sentía pena.
Mi amiga había sufrido una mutación, y ya sólo era un híbrido más parido por la nueva Cuba.
Ella se fija en mis pitusas sucios, me abre su closed. Me pide que escoja algo para ponerme. Hay ropa cara, de todo tipo, de todas marcas, me dice que nos podemos seguir prestando la ropa como entonces. Yo bajo la cabeza, ella tiene más ropa en este closed viejo, que yo en mi gran closed de España. Tiene carteras y zapatos combinados para cada muda de ropa.
Yo me asombro, me asombro mucho porque no es fácil digerir aquello. Mi garganta estaba seca. Empezaba a dolerme la cabeza.
La cogí de la mano y me la llevé al patio, la senté en el borde del muro desde donde veíamos el río más lindo de toda Cuba. Le pedí que me escuchara, que hablara conmigo, y que me dijera donde había quedado la amiga que yo tenía y la que tanto me enorgullecía. Hablé largo rato de las virtudes de la gente honesta consigo misma, por muy pobre que sea, le conté del poder del dinero, pero también del poder del corazón. Ella me callaba hablando del embargo, de la necesidad de su país, y otras veces, ya cansada de oírme, me respondía con interrogantes:
- ¿ Qué quieres, Marisa ? ¿ que me sentara a esperar el salario de mi papá cada mes ? Yo quise tener todas las cosas que se tienen allá afuera, ropa, perfume, creyones. Conocí extranjeros que no te exigían nada, otros algo te pedían, pero no mucho más de lo que hace una muchachita de nuestra edad normalmente. Me acostumbré a todo eso... Esa es mi vida ahora.
- ¿ Y qué dicen tus padres ? – pregunté.
- Aquí nadie dice nada, porque todo el mundo alcanza, yo no sólo me busco mis cosas, sino muchas más cosas para la casa. Mamá hace como que no ve, y papá sabes que él ve por ella.
Me sentí muy mal aquella noche, no pude pegar ojo. Al amanecer me levanté, me fui al patio y recordé mi despedida años atrás. Eloísa se levantó al oírme. Disimulé delante de la mamá de mi amiga, por respeto, pero en el fondo me quedaba pensando dónde había dejado aquella gente los principios, y hasta qué punto valía la pena venderse o no, y a cuál precio. ¿ Sería tan, tan grave la necesidad en Cuba para venderse de aquella forma?
A la mañana siguiente, seguimos hablando; yo palidecía con todo lo que me iba contando. Que Maikel había dejado la carrera y vendía la ropa que le traía un pariente de afuera, ganaba más con eso que con cualquier otra cosa, era dinerito limpio, según ellos. Yo sólo sufría porque mi amigo fue el mejor de su año, en tercer año de la carrera de medicina.
-Ya no quise estudiar más..., y por cierto dime Mari, - me decía Maikel - ¿ no trajiste nada para vender? ¿ ni creyones, ni pitusas, ni pulovitos ni na...? Pero Marisa, ¿ dónde pensabas tú que venías? Esto es Cuba mi hermanaaaaaa...
Atolondrada por lo que oía y la sorpresa de ver a los míos tan materialistas, opté por ir a ver a otra de las antiguas compañeras. Deisita me había escrito unas cuantas cartas y no era justo pasar por su calle y no entrar a verla. Milene me cuenta de ella, me dice que Deisita está en la casa, pero el marido no se porta bien con ella. La última que le hizo fue que dejó embarazada a una muchachita de quince años; al cuarentón le dio por visitar a la niña que estaba becada, y al poco le apareció la muchacha.
El tipo pasa más tiempo allá en casa de los padres de la muchachita que en casa de Daysi. Los otros, como él tiene fulas, lo han acogido como hijo pródigo, a pesar de que le lleva 30 años a su hija y que está casado. La boca se me abre sola, yo nunca fui una monja, vayaaaaa, pero es que todo lo que me contaban me sonaba a surrealismo.
Fui a verla, después del desayuno.
Deisita se alegra mucho de verme, se lo noto en la cara, me besa y me abraza, como cuando éramos niñas. Su casa es mucho más pobre pero la veo mejor “apuntalada” que la de Milene, salvo por el marido tan hijo de puta que había elegido, y no se a qué coño estaba esperando para dejarlo de una vez. Nunca me había hecho tantas preguntas juntas, nunca había sido tan infeliz entre aquella gente. Mis recuerdos eran otros, muy diferentes.
Daysi y yo nos sentamos en la cocina, coló café y entre lágrimas me contó su historia. La historia de un marido mujeriego que juega de mala forma con niñitas de quince hasta tal punto que le hace un hijo a una y se queda tan contento.
No pude dejar de preguntarle por qué seguía soportando esa situación, y me dijo:
- Marisa, yo no tengo de qué vivir más que de mi sueldo de maestra, ¿ tu sabes cuánto gano? El dinero a esta casa lo aportaba mayormente el cabrón de mi marido, y quiera o no quiera, tengo que abrirle la puerta de vez en cuando, porque en esas visitas aunque me pide, siempre trae algo, y ese algo, dinero, comida, etc . Sin embargo, no le perdono su falta, no creas eso, pero tengo que aguantarme y seguir así, porque entre otras cosas, esta casa donde vivo es suya. No tengo adónde ir.
Yo me caía desolada por los rincones, no reconocía ni a las personas ni los comportamientos de las que consideré mi gente. En mi interior había tanto desconcierto, que no atinaba ni a andar. Muchos debieron pensar que estaba loca, hablaba sola por la calle, daba puñetazos a las paredes, y se me notaba como “ ida ”.
La conclusión era tajante, Cuba estaba acabando con las personas, con los principios, los valores ya no eran los mismos.
He vivido cinco años fuera, trabajando demasiado, sin darme cuenta de los cambios que se sucedían en mi tierra, viviendo arriba de una nube de humo, idealizando lo que ya no existía.
Dios mío, yo no era perfecta, ¿ era más “normal y auténtica” que mis amistades ? La degradación de un pueblo que pagaba a precio muy alto seguir existiendo.
Cuando me despedí, intenté hacerlo con la mayor compostura posible, sin dictaminar sobre nada ni nadie. Intenté parecer feliz.
Pero en mi interior me daba lástima por no ser capaz de gritar todo lo que estaba viendo y callarme como una cobarde. Caminé incrédula calle abajo, llorosa porque la rabia me impedía echar un llanto en condiciones. No sabía si culpar al país, o culpar a las personas.
En Cuba la gente ha terminado siendo un producto de sí mismos y de su sistema.
Lo peor es que no se dan cuenta de ello y todos estos cambios los ven normales.
Hacía dos días que llevaba puesto el mismo pitusa y creo que lo llevaría así sucios unos días más...
IKEBANA
7.6.06
LLEGAR A ESPAÑA
LLEGAR A ESPAÑA
Amigos, ¿ se han sentido alguna vez como un extraterrestre en su propio planeta?
Así me siento yo, como si hubiera aterrizado con mi nave en el planeta que dejé aún siendo una niña. Estas realidades que voy viendo de regreso a mi casa en España, me parecen una película, y siento que salí del territorio español no por unas cortas vacaciones sino por un largo periodo de tiempo, que se cumple hoy.
No soy como esa gente que siempre se queja y hace comparaciones entre Cuba y España, no estoy hecha de esa pasta. Pero al llegar y coger el ascensor, siento cómo se me va achicando la carita. Noto cómo se me encoge el corazón, me parece oír sin estar puestas, las canciones de Alejandro Fernández.
Y hoy, de nuevo ya en mi casa, he entrado como los ciegos, tocando las paredes, descalza y pensando en el pasillo de allá, del edificio, de mi calle, de la gente de Santos Suárez, de los framboyanes, de mis largas caminatas, de mis salidas en botella. Y todo eso alejando mil veces de mi mente, de la tierra española que ya volvía a pisar, porque mi mente seguía estando allá.
Axel, acude a recogerme al aeropuerto, mi marido me pregunta por cómo he dejado Cuba. Me conoce tanto que ni sigue preguntando, se calla, le pido tiempo, no puedo hablar, sólo mirar. Igualito que los niños que inician su aprendizaje. Ese es el momento en que más claro lo veo y diagnostico, que volver a España no va a ser fácil, es peor que ir, que llegar a Cuba. Volver es una lucha contigo misma.
Sabía que habían pasado ya muchas horas desde que había salido de La Habana, miraba a mi marido al lado llevándome la maleta, oía el acento español, que martilleaba en mi oído, sentía el tiempo más frío, ya no sudaba como en La Habana. Me veía caminado hasta nuestro coche en el parking del aeropuerto, pero yo estaba como abducida, y me seguía acordando de los días tan especiales que ya se habían quedado atrás. Y ni siquiera veía a mis gatos dentro del carro arañando el cristal, contentos con mi regreso.....
En el aeropuerto José Martí, me separé de la mano de Pedro, como quien no lo vuelve a ver más, y eso que en mi cabeza lo veo todos los días. No miré pa atrás, igual que lo hacen los que se van definitivo, y eso que yo soy libre y entro y salgo cuando quiero. Pero no, - mis amigos -, no puedo obviar que se me han clavado las imborrables imágenes de esta trenza que tenemos hecha en el pelo, y se llama Cuba. Pero la trenza no está hecha en un cabello lindamente peinado, está hecha en una cabeza sucia y despeinada, maltrecha y destintada.
Hoy, para mí La Perla es esa trenza, llevada por los caminos de las manos de un Dios dominante. Entre Cuba y yo hay un abismo que nos atrae como un imán. Por esa causa vuelvo año tras año.
Hasta la cama, mi propia cama, me parece extraña, echo de menos dormir los mediodías, en el suelo de casa de Maisi. Allí tirada frente al ventilador chino.
El primer día en Cuba fue de locura, de abrazos, de amarse y besarse todos los poros de la piel.
Mis vecinas me habían hecho unos cuantos pozuelos de dulce. Eso es tradición, saben que soy golosa y me dan por la vena del gusto; había de frutabomba, de coco, casquitos de guayaba, los llevé para el frigidaire y esa noche, sola, reflexionando y mirando el cielo por la ventana, me harté de dulce como nunca.
Para mí que esa noche, en ese momento, no estaba saciando mi hambre, sólo tenía deseos de parar el tiempo y de tener allí a todos mis seres amados. Y como es inevitable lloré por la separación. Y esta palabrita, es ya para un cubano como la presencia de la propia mala madre, que se tiene siempre arriba se quiera o no.
Si no hubiese habido dolor, si el dolor no existiera, al día siguiente me hubieran encontrado suicidada por tener la felicidad tan cerca y no poderla tocar. Estaba en Cuba , y al mismo tiempo tampoco lo estaba porque no podía compartir todo lo que quisiera ni con toda la gente que desearía. Y es que yo entendía por felicidad, la unión completa de todos los míos.
Me planté en mi barrio con veinte libras en la maleta y diez en la mano. Esta vez, aunque una vez hubo un sueño acerca de ello, no había posibilidad de casa en la playa, no habría pizzería ni cake. Pero por lo menos allí estaba yo, con mi sonrisa complaciente y mis ojos vidriosos. A ellos la pizzería y la playa les daba igual, sé que con mi presencia había suficiente. Me lo demostraban con creces.
La familia me preguntaba por todo, ellos son ansiosos, lo quieren saber todo de todo. Yo sólo contaba lo más lindo, dejé las penas a un lado, ¿ pa que andar hurgando en eso, verdad ?
Me senté en un sillón y era dando muela y meciéndome como una niña en un cumpleaños, no paraba de venir gente amiga a saludar, allá y acá iba y venía yo descalza, en short y con un pulovito malito como el demonio, porque el calor no merecía tener nada bueno puesto encima.
Vino Abelito pa contarme que le tocó el bombo y está con planes de irse, los ojos le brillaban y sonreía como hacía años que no lo había visto sonreír. Dos horas estuvo Juliana para que le contara, allá abajo, aunque yo no soy fanática de ninguna música, me pusieron un casette de moda, a todo dar. Lo único que se oía era pichéa y pichéaaaaa...Esos son los más jovencitos del edificio, es su manera sana de recibirme, ellos no saben que la onda mía es más lenta y con mil risas, de esas que te salen desde la garganta, bien grandes; les dije que se fueran “ pa la pinga “ jajjajajj que yo no estaba pa cassettes sino para abrazarlos a todos y llorar y reír con ellos. Matar los años que no los veía y recordar a aquellos que sí había visto la última vez, que subieran para arriba que había mandado a buscar unos pomos de refresco, galleticas de soda y pasta de bocadito.
La casa de Maisito está mejorada, una pila de ollitas, pa tan poca comida que hacer, dios mío... mejor no seguir por esta vía... En esto llegó Grisel y se metió pa dentro buscando a la gallega. Esa era yo. Me contó que otra vez está embarazada, vino para que le tocara la barriga. Peleé con ella. Como siempre, es una guapa y no para de traer hijos a este mundo, pero me alegré en el fondo porque tiene lo que yo no tengo. Grisel es la vecina del quince, es veterinaria y ya tiene dos muchachos, a cual más lindo, mezcla de prieto y blanca, de un arroz con mango que son mi debilidad.
Al rato, se me apareció el chino, con un arete en cada oreja. Él no es chino, más bien es un blanco “ amulatao “ de tanto sol que coge, pero esta vez estaba clarito, por culpa de una hepatitis que está pasando. Me abrazó y me subió para el aire como si yo fuera un papilote. No se cansaba de decirme “mi hermana” aunque el uno y el otro no tengamos más lazo de unión que el amor fraterno que nos profesamos, por encima de todas las cosas. De marido de madre y de padre, aunque eso nunca debería ser en realidad, más bien es sólo una forma de hablar... yo sé que ustedes me entienden.
El chino es el amigo que uno tiene pa todo...
Ese día merecía algo diferente, yo sabía lo aburridos que eran los días, y abrí la maleta, empecé a repartir, gocé hasta que la dejé vacía. No me importó quedarme más que con las caricias, la verdad es que lo único que me hacía falta era hablar y hablar, y por encima de todo, escuchar.
Y eso hice, oír a todos mis amigos, a mi familia, escucharlos con los oídos del corazón, con los ojos de la esperanza. Me sentí una personita grande, porque tenía suerte de estar en aquel lugar. Pensé en todos los que están fuera y no pueden hacer realidad su sueño de regresar.
Ese primer día, me puse la mano en el corazón y se lo dediqué a toda esa gente.
IKEBANA
LA NIÑA PERDIDA
LA NIÑA PERDIDA
Mi amor, te extraño.
No te preocupes, esto no es una carta, estoy hablando sola.
Extraño los días, en que nos equivocábamos tanto y con un beso conciliábamos lo imposible.
Me dices que te cuente de acá. Te diré que siento La Habana igual que una niña perdida en un inmenso parque de atracciones. La noria aquella en que me agarrabas de la mano, ahora es una “puerta” sólo para quien tiene fula, bendito quien los tenga.
La pasta de dientes que compartíamos demora mucho en gastarse, no sé llenar los vacíos, porque acá la vida se me empaña como los cristales de un aletargado mes de enero. Tu lado de la cama está impecable, la sábana no se desgasta.
Hace días se me ponchó la bicicleta pero no supe hacer nada, la arrastré hasta la casa y en el balcón sigue. Me preguntas si tengo dinero, que cómo estoy de comida, si estoy gorda o flaca, si tengo ropa…
Mi amor, yo lo que te respondo es que te extraño.
El fula “reina” sin trono pero con el poder de la magia transparente. Magia que todo lo hace aparecer y lo desvanece en un instante. Hace brotar el sol en un día gris, hace madres a las infecundas y frena la metástasis del miedo a lo desconocido. Desemborracha a los viciosos.
El “fula” despierta a los dormidos y hasta a los muertos adorna con coronas de gladiolos blancos.
Pero mi amor, no dudes, yo me abrazo a Cuba como a tu pecho.
Y aunque a ella le siento el corazón con taquicardia sé que es una paciente fiel, sus síntomas la hacen insalvable. Sigo siendo la misma, mis pasos son cortos. Debajo del framboyán me siento y te espero a veces, sabiendo que no vas a llegar. El tiempo va pasando, y mi piel también tiene calles, calles que caminan como jicoteas, igual que caminan las calles de La Habana. Y la veo en reposo absoluto como las embarazadas, a punto de dar a luz siempre, pero pariendo oscuridades que no tienen nombre.
Pero mi amor, yo sigo abrazando a Cuba, tú tranquilo, sigue trabajando, y lucha, aún para mí este caimán tiene un horizonte azul que se me parece al cielo, a ratos también se me parece al mar y se me parece a ti.
Mis niños andan abrigaditos con un pañuelo rojo al cuello, una cita ciega a diario con la enseñanza caducada. Ellos no crecerán como crecimos tú y yo, no hay interés en cultivarse, puede más la especulación del medio, pero todos los días, los sigo llevando a la escuela.
Es real, mi amor, yo continúo incansable, pegadita a los rincones de nuestra tierra, esperando a que las luciérnagas hagan casitas con ramas de hierbabuena. A beber infusiones de te frío en agosto, a tu lado, en el portal de la casa.
A veces veo la isla con espejuelos, a veces de noche, la miro con un telescopio dorado, pero otras te confieso, que no quiero ni verla. Son esos días que me encierro en el cuarto y el día a día me parece demasiado pesado y cargante para mis hombros. Sin embargo, al amanecer siguiente, salgo a avivar el espíritu, porque en cada esquina de mi cuadra, hay un “monte de espuma” que me canta una canción, igualito a como tú me las cantabas en Cojímar.
Canciones, grandes, espesas, pero abstractas como el futuro.
Dicen los libros que este es un país llano, un terruño tierno donde la tradición y la historia se lee en textos.
Cariño, te recuerdo eso que hemos hablado tantas veces: el mejor libro será siempre la memoria del propio cubano. La memoria es imborrable.
Los trozos de espacio donde hoy los compadres se estrechan la mano y los anillos de oro. Donde anteriormente un viejo, se paseaba calle abajo con guayabera con el orgullo y el sombrero de ala ancha. Esos espacios, mi amor, siguen siendo Cuba, que aunque extraña y tocada, todavía te espera igual que yo.
IKEBANA
5.6.06
SER UN DON NADIE
LA SUPUESTA MARITA
20.5.06
EL VIAJE
La madrugada duele, pero de una forma diferente cuando el destino del viaje es Cuba. En la cabeza no cabe otro síntoma más que la presión psicológica. Presión por el equipaje, ¿que podré pasar?, ¿ que me quitarán?¿ con quien me tendré que fajar en la aduana? y cuantas " zetas" tendré que acusar en el acento para hacerme respetar.
Tenerife - Madrid no fue fácil, me parte el corazón todo, porque yo soy a su vez una mitad partida. Una abuela cubana, llora porque los regalos de sus nietos se quedan atrás en un mostrador de facturación de Iberia, exceso de equipaje, de ilusión y de esperanza. Era la abuela, fue la abuela que trabajó todo un año limpiando en un hotel para llenar sus ausencias emocionales de materia prima para exportar a Cuba; pulovitos, pinturitas,culeros desechables, amor, un par de zapatos, etc. En el avión terminé gustosamente "pateada" por una niña que ese mismo día cumplía cinco años. Un arroz duro con jamón york amenizó el trayecto, jugo de naranja demasiado líquido para saber a algo cierto, y un pankecito de chocolate que sabía a reducida abundancia.
Jugadera de carta y buen ambiente, el avión iba medio vacío. Hubo respeto y contrarespeto, que las dos cosas son igual de buenas cuando las practica un buen cubano, un viajero cubano, un guajiro como lo fue Polo. La gritería emocional del la cercanía al caimán, la solicitud de duralginas a los que las llevabamos, el sueño corto y el pensamiento largo de ver a quien te espera en el aeropuerto. Mezcla de gente, italianos homosexuales, viejos españoles puestos pal jineterismo, caras de muertos y de vivos, rostros de búsqueda a lo cubano, sin serlo.
Mujeres desatadas, con deseos de baile y desenfreno, madres de familia que se frotaban las manos con la sensibilidad a flor de piel, sudando a mares la espera de una insalvable aduana, viviendo el momento como si de verdad, fuera el último. Cubanos jóvenes, que vuelven especulando con un celular, y veinte mil cadenas, con revista pornográfica a modo del mejor diario de información. Cubanos jóvenes que vuelven después de años de lucha y de trabajo que ni especulan ni se les nota desparpajo, son simplementes hombres de la tierra.
Cantadera en el aterrizaje, botellas de ron ruedan vacías, los maletines se arrancan a tirones del los compartimentos, la señal de cinturones no se apaga, pero todos sabemos donde hemos caído. El desespero, el ansia, más sudor todavía, una debilidad llamada Cuba.
Sin duda una compra gratuita de VIDA, que no se vende en cualquier otro país del universo.
Un día de lluvia acaba con todo, los planes en La Habana no existen, los proyectos resultan ser sólo casualidades. Ibamos con la gasolina justa, los cupes están de madre, ni con un "vale" ya se resuelve. Voy por calles rotas, cada vez más marcadas, eso no es nuevo, todos los sabemos. Veinte litros de gasolina, sufridos y limosnados.
La Habana es un silencio, la lluvia está acabando con las voces de la gente, las caras mueren ocultas en paraguas rotos. Yo miro, observo, quisiera inmunizarme, se lo pido a Dios sin creer en él. La inmunidad resulta inválida, y todo me toca ,me lastima, los brazos cansados de los transeúntes, las jabas vacías. Es La Habana real, la que se sufre en silencio como las hemorroides, la que se disfruta a gritos cuando se logra engañar el dolor.
Habana silenciosa y trepadora, arpía, la lluvía no logra limpiarte, calles más asquerosas que nunca, que siempre. Se pudren las paradas de guagua en miradas ciegas, descompone las ilusiones de los caminos diarios. Mata pasos de bicicleta, trapichea La Habana con jabitas de nylon cubriendo sus cabezas. Aguas de mayo cansínas. Gritos que nos se oyen, porque La Habana ya habla otro idioma. El idioma del silencio y la rabia contenida.
-¿ Dios, que hacer para que no me duela?
Mi amor, - ¿como soñar lindo si sólo veo muecas de falsas sonrisas?
Camino pisando la pobreza, voy coja de ambición, alcantarillas guerrilleras porque aún, en La Habana, sigue lloviendo. Mi deseo es que salga el sol, ese si habla mi mismo idioma, quiero que se sequen mis pies mojados, y mi alma. En La Habana llueve, y los "Pares" y los semáforos se oxídan igual que los cubanos.
IKEBANA, 19 de Mayo 2006
3.5.06
CURIOSIDADES
Aún anda por ahí un cuento que trata de un médico chino muy popular. Cuenta esta versión que este médico acostumbraba a recetar a sus pacientes una infusión de una planta a la que el chinito atribuía propiedades curativas maravillosas. Pero sucedió que uno de esos pacientes del intitulado médico chino muere al tomar el cocimiento de esa planta y el chinito del cuento con oriental parsimonia sentenció “calamba, palece que ese palito son veneno”. Broma aparte, comencemos por apuntar que otra versión más seria sobre el personaje que nos ocupa afirma que el verdadero médico chino vivió a finales del siglo XIX en Cuba.
Al parecer llegó a La Habana en medio del gran auge migratorio proveniente de esa gran nación, que era estimulado por leoninos contratos de trabajo. Cham Bom era el nombre de este estudiante de medicina en su patria. Llegó a Cuba con un contrato para realizar trabajos agrícolas en la zona de Coliseo, provincia de Matanzas. Nadie sabe bien cómo, el avispado chinito se las arregló para continuar sus estudios hasta graduarse de médico en Matanzas. Sólo luego de graduarse Cham Bom Biam podía ejercer, en una época en la que se estilaba mucho acusar de intrusismo profesional incluso a los yerberos y curanderos con tal de dejar el camino despejado a los galenos con título.
Es así que el médico chino empieza a practicar como médico rural en la misma zona donde antes laboraba la tierra, poco a poco adquiere fama de buen médico y muy pronto el reclamo lo condujo a ejercer intermitentemente en La Habana. La fama del médico chino resultaba casi inédita en nuestros predios. De todo el país venían a su consulta, donde, se asegura, encontraban solución no pocos de los problemas que ya otros médicos habían desahuciado.
Y así, al pasar de los años, el pueblo que es quien definitivamente consagra con su aprobación, gradúa como eminencia médica y sabiduría general al médico chino Cham Bom Biam. Lo que pasa después ya se sabe, la creencia popular lo convierte en leyenda y cada vez que se conoce de un enfermo que esté muy mal o se hace referencia a alguien que se ha metido en camisa de once varas, la gente dice “¡a ese no lo salva ni el médico chino!”.
Lo cierto es que Cham Bom Biam no fue el único chino de notoriedad en el pasado, pues se recuerda también que, en los primeros años de la República y por las inmediaciones de las calles Zanja y Soledad, en pleno barrio chino habanero, consultó Ramón Lee, quien practicaba la acupuntura y otras técnicas de su cultura que, combinadas a su formación académica, le hacían obtener muy buenos resultados. Lamentablemente, un asunto amoroso alejó al destacado médico chino de nuestros predios. Todo indica que Ramón Lee se enamoró perdidamente de la hija de un importante comerciante habanero que lo llamó a su casona del Vedado ante la gravedad de su única hija. Varios días estuvo Ramón a su cuidado y la muchacha rebasó, naciendo entre ella y su salvador una relación que no fue tolerada por la familia en el momento en el que, respetuosamente, el médico quiso oficializar el noviazgo.
Al parecer, su procedencia asiática no era tolerada. Para alejarla del chinito, la familia la envió con unos parientes a Nueva Cork sin saber que les servían en bandeja de plata a los enamorados su ocasión. Hasta allá se fue Ramón, quien luego de encontrar a su amada consiguió irse con ella hasta San Francisco, donde se estableció en el célebre China Táon de la populosa ciudad.
Fuente: Habanaradio
1.5.06
CONFESIONES
La noche está fría, caminar se hace eterno.
Soy como María Branes, para pensar necesito la calle, andar, un banco donde sentarme y simplemente mirar como pasan los minutos.
Mañana es mi último día en Cuba, no podré virar en mucho tiempo, no se como despedirme de las cosas. De mi colcha, de mi pomo de agua, la llave de casa, el cepillo de dientes, mi pitusa lavado, el reloj de la abuela.
Extrañaré el trabajo de mierda, y la guagua apestosa, echaré de menos mi calle, y mi paraguas roto. La farola está ciega, hace dos años que no alumbra, acompaña mis noches en vela. La casa de enfrente, con su jardín chapeado, recuerdos imborrables de mis días de niña. El perro de Marta, con su pelambrera llena de churre. Las manos limpias de Estela cuando me brindaba un pan.
Quisiera abrazarme a los míos, a mi madre, hablarle al oído y decirle cuanto la amo.
Desearía sentarme en las rodillas del viejo y pellizcarle los cachetes, fumarnos juntos un cigarro. Ver a mi hermano y fundirme con él en nuestra placenta jimagua.
Sin embargo, me tengo que ir así, en silencio sin decir adiós a las personas.
- Dios, en una balsa que son sólo cuatro tablas. Estoy muerta de miedo. No me gusta el mar.
- Dios, tengo partida la vida y me arriesgo a partirme en la muerte. ¿ Para llegar al paraíso? ¿El norte existe? La brújula está pensante.
Me voy a un destino incierto, se pierde y se gana. El resultado viene en un variado prisma de color. Hay blanco, rojo, grises, hay negro y amarillo, hay azules, azules como el mar.
Se que no volveré, lo presiento. No se si es pánico o una visión de futuro.
Estoy cansada de ladrar como un perro mudo, no puedo soportar más las noches en medio de la nada. Perdí la esperanza un día de desamor.
Mañana es el día de la huída, la escapada en boca del mar ogro. Una noche de entrega al mar, un océano que odio, porque es traidor.
Tengo deseos de vomitar, el dolor no se va.
La cama me llama para torturarme, la rehuyo. Clausuro mi boca y mi expresión. Dibujo la sonrisa del fingido. Nadie lo sospecha.
Me tiemblan las manos, los pies ya no quieren caminar.
Las piernas quieren ser aleta de sirena, y yo ilusa me olvido de que soy humana.
Mejor será no mirar atrás.
IKEBANA
(Foto: secado de arroz, márgen carretera)
CURIOSIDADES DEL ARRÓZ
El arroz es un cereal en las plantas gramíneas. En otras palabras, es la semilla en grano de una hierba. El nombre científico de esta planta es Oryza sativa.El arroz, sin la cáscara, es un alimento alto en almidón y bajo en proteínas con muy poco contenido o carente de vitamina B y minerales como hierro, fósforo y sal. Razón por la cual se estima que no es suficiente para nutrir a una persona por sí solo. Sin embargo, tiene muy poca grasa y es muy digestivo. Según algunas curanderas, es bueno para aliviar las irritaciones intestinales.Existen unas 7000 mil variedades identificadas del arroz. Para los efectos de la cocina sólo tenemos que preocuparnos del tamaño del grano:Grano Corto (de unos 5.5 mm de largo): al ser cocinado se vuelve pegajoso. Bueno para el Arroz con Leche y otros dulces.Grano Medio (de unos 6.5 mm de largo): al ser cocinado es suave pero no llega a ser desgranado.Grano Largo (de 7 a 8 mm de largo): al ser cocinado se hincha y se mantiene desgranado. El mejor para el Arroz BlancoMás de la mitad de la población mundial depende del arroz como sustento principal. El arroz usualmente se consume en el mismo país que se produce. No es como otros cereales que forman parte del mercado internacional. La producción mundial del arroz es ligeramente poco menos que la del trigo y más que la del maíz.Se reporta el uso del arroz desde tiempos muy antiguos. Se estima que se comenzó a cultivar en Indochina, posiblemente Viet Nam. Algunas fechas donde se documenta el uso del arroz:China ya se comía en 2800 a.C.India se documenta en 2000 a.C.Medio Oriente ya en el menú en 400 a.C.Islas Griegas ya se conocía en 326 a.C.España, llevado por los árabes durante su ocupación alrededor del año 711 d.C.Las Américas, introducido por los españoles a principios del siglo XVII.
Fuente: Internet
MI ENCUENTRO CON EL CABALLERO DE PARIS
Por Jay Martínez
San Juan, Puerto Rico
Bitácora Cubana
Sábado, 24 de septiembre de 2005
Mucho se ha dicho y se ha escrito acerca del Caballero de París el vagabundo mas querido y famoso de Cuba. Lleno de mitos y contradicciones, Juan Manuel López Lledin, se mantiene en la memoria de todos los cubanos que tuvieron la suerte de verlo deambular por las calles de La Habana. En esta ocasión quiero traerles mi infantil recuerdo y mi tan soñado encuentro con este especial y misterioso personaje al que tantas anecdotas le rodean. Recuerdo que no existía nada mas emocionante para un niño en Cuba que dar un viaje o paseo a La Habana especialmente para aquellos que no vivíamos en esta legendaria y cautivadora ciudad. Un viaje a la Ciudad de La Habana era el sueño y la ilusión para niños y adultos. Todo el que regresaba de tan importante paseo comentaba con mucha pasión de varias cosas que les dejaban siempre muy impresionados: el Malecón, el Morro, el Paseo del Prado, el Capitolio, el Túnel de La Habana y el Caballero de París. Este último se convertía en el más añorado por los niños y adultos que nunca lo habían visto personalmente. Era un personaje difícil de localizar ya que se movía por toda la ciudad y no era fácil poder encontrarlo. Recuerdo que las pocas oportunidades que viajé a La Habana, cuando regresaba, la primera pregunta que me hacían mis amiguitos era: "¿Viste al Caballero de Paris?"
Sus Últimos Años
En 1977 el Caballero fue internado en el Hospital Siquiátrico de Cuba en Mazorra, en las afueras de La Habana. Murió el 12 de julio de 1985 a los 85 años. Inicialmente, fue enterrado en el cementerio de Santiago de las Vegas en La Habana. Según un articulo de Agence France Presse, sus restos fueron exhumados por Eusebio Leal, el historiador de la Ciudad de La Habana, y transferidos al Convento de San Francisco de Asís (ahora una sala de conciertos y museo), su presente lugar de descanso.
Fuente: Internet
Cinco anécdotas sobre José Martí
Leonardo Depestre Catony
Martí es un carácter, escribió en cierta ocasión Ana Betancourt, pionera de los derechos femeninos en Cuba. Y la sagaz apreciación de la patriota camagüeyana se justifica desde los pasos adolescentes de José Julián Martí Pérez. Ya a los 17 años Martí vive la dureza del presidio político y la brutalidad del trabajo en las canteras, con un grillete al pie. Al serle conmutada la pena -seis años de presidio por el delito de infidencia- por la de destierro, marcha a la casa de unos amigos de la familia, en Isla de Pinos, para recuperar allí la salud antes de embarcar hacia España. Entonces es liberado de los grilletes, que Martí pide le sean entregados como recuerdo. Mientras paseaba por las habitaciones de la vivienda pinera -se cuenta-, portaba en los bolsillos del pantalón fragmentos de los hierros que habían lacerado su piel, los cuales solía palpar, en tanto durante la noche los colocaba bajo la almohada, como para no olvidar ni por un instante los horrores del presidio político. Transcurren los años de destierro (en España, México, Guatemala), el Pacto del Zanjón ha puesto amargo término a la Guerra de los Diez Años y José Martí está de vuelta en Cuba. Tiene la cultura de un hombre de mundo y su verbo inflamado se escucha con admiración en la colonia. Se le acoge en las tertulias literarias y las gentes se preguntan quién es el joven de tan ardiente palabra. El 27 de abril de 1879, en el Liceo de Guanabacoa, localidad aledaña a la capital, pronuncia un discurso en el homenaje tributado al violinista Rafael Díaz Albertini. La oratoria martiana no repara en la presencia allí de autoridades importantes de la Isla y proclama: "...Los hijos trabajan para la madre.... Para su patria deben trabajar todos los hombres." El capitán general de la Isla de Cuba, Ramón Blanco, que está presente, lo escucha asombrado y exclama: -Quiero no recordar lo que yo he oído y no concebí nunca se dijera delante de mí, representante del gobierno español: voy a pensar que Martí es un loco... pero un loco peligroso. En octubre de aquel mismo año, 1879, embarca deportado por segunda vez hacia España. Aunque de cuna humilde, Martí alcanzó una cultura universal en la cual se incluía su apreciación de la alta cocina. Era verdaderamente un conocedor de la materia y pese a su muy moderado comer, disfrutaba de las delicadezas de una mesa bien servida. En Nueva York, durante su largo exilio en Norteamérica, conocía en qué restaurante, a precio económico, podía degustarse una comida italiana, húngara o de cualquier otra nacionalidad. Pero a Martí no le complacía comer solo y prefería ir siempre acompañado de algún amigo. -Comer solo es un robo, solía decir, expresando con ello que lo consideraba ''un placer robado al comensal ausente.'' Con esta misma filosofía no solo invitaba a los amigos a comer en un modesto restaurante, sino por igual a la casa donde residía, tertulias que incluían una taza de café criollo y la lectura de algún que otro verso de sobremesa. En 1892 tomó rumbo a Santo Domingo para visitar a Máximo Gómez e invitarlo a participar en los preparativos de una nueva gesta independentista. Gómez, por aquellos días un tanto desanimado luego de los descalabros de la anterior contienda, escuchó con atención los proyectos de Martí acerca de una revolución y entonces le expresó descreído: -¡Pero es un sueño! -¡Realizable!, le replicó Martí con el entusiasmo que lo caracterizaba. Uno y otro continuaron discutiendo, sopesando los argumentos y buscando los modos de viabilizar el proyecto. -¡Imposible!, vuelve a asegurar el dominicano Gómez. Acuérdese del Zanjón, le ofrece como prueba de su afirmación. -Es preciso otra tentativa. No son los mismos tiempos- insiste Martí. -¿Y con qué elementos contamos?, pregunta con tono de preocupación el ilustre guerrero. Entonces Martí, que está seguro de contar con la cooperación de Gómez, le espeta convincente: -¡Con los desatinos de España! Huelga decir que Máximo Gómez entregó nuevamente su sabiduría y experiencia al concurso de la libertad de Cuba. Hallándose en Cayo Hueso, y mientras corrían los años de 1893-1894, Martí se encaminó un día a la barbería del señor Blanco. Mientras le cortaba el cabello, el barbero le propuso: -¿Quiere que le quite cuatro o cinco canas que tiene? Es un lástima dejarlas en tan buen pelo. Martí agradeció pero le respondió que no y a continuación el barbero preguntó de nuevo: -¿Quiere que le eche loción? Otra vez el cliente agradeció y dio un no por respuesta. Entonces pensó Martí que tan amable barbero merecía una explicación y con suavidad le dijo: -Mire, señor Blanco, no quise la loción porque sencillamente no la uso, en cuanto a las canas, son tan pocas que no me pesan y no hay peligro que aumenten, porque el destino no va a permitir que otras vengan a hacerles compañía. Muchas anécdotas más se han contado acerca del Héroe Nacional de todos los cubanos, aunque creemos que estas cinco bien nos dan la imagen del hombre que fue.
Fuente: Internet
Origen de la palabra Fufú
El fufú de plátano es un riquísimo plato cubano.
Es, basicamente, plátano "macho" machacado y mezclado con chicharrones de puerco. Muchos cubanos lo comen, pero no todos conocen el origen de esta palabra.
Según Don Fernando Ortiz, el gran investigador del folklore cubano, durante la dominación inglesa en Cuba, después de la toma de La Habana en 1762, entraron en Cuba muchos esclavos negros traidos por los ingleses.La comida que normalmente se daba a los esclavos era plátano hervido y machacado y se cree que esta forma de comer el plátano venía de Ghana y Sierra Leona. Los negreros ingleses acostumbraban a decir "food, food", cuando repartían las raciones a los esclavos y de ahí que los éstos usaran la palabra "fufú" para designar dicha comida.
Fuente: Internet
CURIOSIDADES DEL MUNDO DEL MOTOR.
Un coche Cadillac de la década de 1950 pasa ante un cartel con la imagen del Che Guevara que anuncia la llegada del nuevo milenio, en La Habana.
Museos rodantes que sobreviven gracias al ingenio de sus dueñosPara abaratar costes, los propietarios han logrado que sus viejos vehículos se muevan gracias a un pequeño cilindro de gas licuado en sustitución de la gasolina
LA HABANA (CUBA).-Los cubanos han agudizado el ingenio ante la necesidad y se han convertido en expertos mecánicos capaces de mantener en activo miles de vehículos de la primera mitad del siglo XX que circulan por la isla como auténticos museos rodantes.
Cruzarse, por ejemplo, con un "Ford", un "Chevrolet" o un "Oldsmobile" de 1930 a 1950 por las calles de las grandes ciudades o cualquier carretera es absolutamente normal en Cuba, donde es difícil saber a ciencia cierta cuántos miles de estos vehículos aún se conservan en activo o guardados en garajes a buen recaudo.
Las restricciones gubernamentales impuestas a los cubanos para la compra de vehículos nuevos han obligado a los propietarios de estos viejos automóviles a ingeniárselas para mantenerlos en funcionamiento. Muchos de estos vehículos, de fabricación estadounidense, mantienen sus motores originales, la carrocería y algunos agregados, pero otros han sido modificados para seguir "en marcha" debido a la falta de piezas originales.
Común ver en La Habana viejos modelos con motores rusos "Lada", piezas de "Mitsubishi" o de otras marcas, preferiblemente de diesel, que los hace más rentables. En algunos casos, para abaratar costes, los propietarios han logrado que sus viejos vehículos se muevan gracias a un pequeño cilindro de gas licuado en sustitución de la gasolina.
Este particular sistema es uno de los más utilizados en los grandes vehículos antiguos convertidos en taxis particulares y bautizados por los cubanos como "almendrones". "Este nuevo 'invento' tiene sus riesgos, pero conducimos con el mayor cuidado posible, y hasta ahora no ha habido que lamentar ningún accidente", explica uno de los usuarios de este mecanismo.
Abraham, un joven fotógrafo habanero, posee un "Oldsmobile" de 1953 que conserva su motor original de ocho cilindros y "consume gasolina como un caballo", lo que le obliga a "inventar" para mantenerlo. El joven considera su "almendrón" como un "pluri-oficio" porque le permite trasladar mercancías ligeras o pasajeros para ganarse la vida.
Entre tanto, Julio Enrique es propietario desde 1990 de un "Chevrolet Torpedo" de 1951 que conserva su carrocería en muy buen estado y muchas de sus piezas originales. El vehículo, asegura Julio Enrique, dispone de un motor original de seis cilindros, reparado hace 15 años, que gasta un litro de combustible cada 7 kilómetros.
"Es una renta, pero trato de mantenerlo a toda costa para ganarme la vida", comenta este habanero, que reconoce que en su "Torpedo" lo mismo traslada sacos de cemento que pasajeros y "lo que venga". "Intento llenarle 'la panza' (depósito), de 60 litros de capacidad, porque su utilización me permite sobrevivir", añade.
Algunos propietarios de estas viejas joyas, conocedores del valor que pueden tener en el mercado internacional, han preferido guardarlos en garajes u ocultarlos en sus viviendas a la espera de que cambie la legislación y les permitan venderlos a coleccionistas dispuestos a pagar un alto precio por conseguir uno de estos modelos.
Otros se han sumado a alguno de los proyectos de autos históricos que se han puesto en marcha en Cuba, sobre todo en las principales ciudades como La Habana, Pinar del Río, Santiago y Matanzas.
Estas iniciativas tienen carácter no lucrativo y forman las Escuderías de Autos Históricos, registradas por la Federación de Automovilismo y Kartismo de Cuba como una modalidad deportiva más. Las escuderías realizan exposiciones promocionales y competitivas en diferentes modalidades, según las marcas de los autos, su antigüedad y su estado.
El primer automóvil llegó a Cuba en 1898 y, en menos de diez años, la compañía Ford ya había comercializado en La Habana un gran número de vehículos popularmente conocidos como "tres patadas", debido a sus tres cambios de velocidad. Registros de principios del siglo pasado señalan que en 1917 circulaban por la isla más de 4.400 vehículos de un centenar de marcas diferentes, concentrados fundamentalmente en la capital cubana.
FUENTE: INTERNET
San Antonio del Humor:
la Villa de las Curiosidades
--San Antonio de los Baños fue uno de los cinco señoríos de la Cuba colonial. Entre los fundadores de este pueblo se encontraba Don Agustín de Cárdenas y Castellón, marqués de Monthermoso. Las familias aristocráticas habaneras, sobre todo en verano, gustaban de visitar la villa para disfrutar de los baños que ofrecía el río Ariguanabo. Allí Felipe de Orleáns y su hermano pasaron el exilio. Otros personajes ilustres de la nobleza que se sintieron atraídos por el lugar fueron: el marqués de Campo Florido, el conde de Palatino y el marqués de Prado Ameno. Y hasta se dice que, en aquel ambiente bucólico, la condesa de Merlín perdió su virginidad.
--De los frondosos bosques que cubrían la zona, salieron las maderas preciosas que, en Madrid, se utilizaron para la construcción del Escorial, esa colosal obra considerada por muchos como la 8ª. Maravilla del Mundo.
--Es quizás la única ciudad del mundo que se traga un río. El río Ariguanabo penetra en San Antonio y, repentinamente, desaparece en medio del pueblo, tragado por un misterioso sumidero, debajo de una vetusta ceiba. Existen leyendas en torno a este fenómeno. Antes se pensaba que el río debía emerger por otra parte de la Isla, pero tras muchos estudios, se llegó a la conclusión de que su corriente se incorpora al manto freático subterráneo.
--La identificación de las casas admitía, hasta hace pocos lustros, los números fraccionarios. De esa forma, después de la vivienda marcada con el 38, venía una con el 38 ½ , y luego otra con el 38 ¾ .
--El cine cubano tiene en San Antonio de los Baños parte de su historia. Jóvenes creadores aficionados a este arte hicieron, en la primera mitad de siglo, algunos filmes: "Lobo de mar", "Contrabando", "El robo, la tragicomedia", "Alfredo se casa". Existió hasta una Asociación Pro-Cine Ariguanabo. La historia narra que la primera película que se proyectó en la sala del pueblo ("La Razón X"), había sido realizada por habitantes del lugar. En la actualidad en esta ciudad funciona la Escuela Internacional de Cine y Vídeo
FUENTE: INTERNET
30.4.06
Corridas de toros en La Habana colonial
Por Ada Oramas/Especial para la AIN
Quitrines y volantes se dirigen hacia la plaza de toros y se detienen en la calle Belascoaín, en el terreno que hoy ocupa el Hospital Hermanos Ameijeiras de la capital cubana. Los carteles que anuncian la corrida de aquella tarde de 1866 informan que se lidiarán seis toros a muerte.
Para garantizar la emoción, el aviso expresa que se aplicarán banderillas de fuego a los toros que no demuestren coraje. La concurrencia es básicamente masculina. Sólo algunas mujeres de la rancia aristocracia española o criolla ocupan asientos en los palcos.
Desde allí pueden escucharse los bramidos y bufidos de los toros. Dan una señal y comienza el espectáculo Entran al ruedo todos los que forman parte de la corrida, la cual encabeza el alguacil montado a caballo, quien lleva en alto la llave del toril. Seguidamente, desfilan los picadores y los banderilleros.
Un momento de expectación provocan las figuras centrales: los matadores o espadas, generalmente muy conocidos por sus hazañas en la arena española. Como colofón, tres mulas enjaezadas con telas de vistosos colores, campanillas, flecos y borlas, guiadas por los muleteros.
Las mulas arrastrarán a los toros muertos fuera del ruedo. Entra el animal a la arena y el público lo saluda con gritos y silbidos.
Los banderilleros llaman su atención con capotes rojos y, cuando aquel se enfurece, salen a escape.
El picador pincha el toro con la punta de la pica. Este rejuego se repite una y otra vez. Jinete y caballo caen al suelo. El público vocifera: !caballo, caballo, caballo! Los espectadores reclaman acción, pues el toro no muestra el coraje que requiere el morbo de los asistentes.
Es entonces cuando los banderilleros portan unas banderillas especiales con unos petardos incorporados, los cuales estallan al ser clavados en la cabeza de la bestia. La llama y el humo que produce aterrorizan al animal Cuando el alguacil considera llegado el momento culminante de la corrida, da la señal.
El clarín anuncia la entrada del matador, quien lleva en su mano izquierda el capote rojo y en la derecha una hoja de acero que brilla al sol, como su traje de luces.
Y jura ante el público que matará la fiera de la primera estocada. El toro parece esperar: mira al espada, al público, a la arena. El matador lo provoca con su capote rojo y los banderilleros le obligan a mantenerse en el centro del ruedo. El torero da un pase ágil y el toro pasa por debajo de la capa.
El público grita: !Olé! Por fin, el filo de la hoja atraviesa al voluminoso cuadrúpedo, que se desploma, mientras la sangre borbotea y va oscureciendo el terreno. En la jornada de esa tarde, cinco de los toros fueron liquidados de muerte y el sexto, de capeo por la cuadrilla.
Luego, las damas y caballeros salen de la plaza con gran pompa y ascienden despaciosamente a los carruajes que los esperaban cerca de la entrada. Los caleseros enfilan hacia la vieja ciudad amurallada.
Y los faroleros empiezan a encender de luces vacilantes las calles de La Habana colonial.
FUENTE: INTERNET
Nombres curiosos de la geografía cubana
Por Sergio Morales Vera
Si realiza un recorrido por la geografía cubana podrá comprobar con asombro que en ella abundan hoy nombres de muy disímiles procedencias, de la flora y la fauna, la historia, la religión, y hasta los hay inclasificables.
Entre los poblados, ciudades y sitios diversos cuya denominación deriva del reino animal un viajero curioso puede encontrar muchos que tomaron su nombre de las aves como Las Auras, Los Patos, El Sijú, Perico, La Gallina, Canario, Las Grullas y Rincón del gallo.
En esa lista abundan los que coinciden con los de algunos mamíferos o términos afines a ellos, tal es el caso de Las Chivas, Manatí, La Mula, Los Puercos, El Zorral, El Toro, Almiquí, Leones, Cayo Ratones, Bahía Perro, Ojo de Toro y Cabeza de Vaca.
También se cuentan los llamados cual insectos, Alacranes, Guasasas, La Mosca, La Hormiga, Moscones, Mariposa y El Cocuyo; y como peces o reptiles: El Majá, La Majasera, Jicotea, Tortugas, Camarones, Anguila, Caimana y Cocodrilo.
A propósito de reptiles, aunque Cuba no ostenta oficialmente el nombre de Caimán, no hay dudas de que su imagen en el mapa se asemeja mucho a uno de ellos, por lo demás verde, debido a su fértil naturaleza.
Vale también recordar que el Poeta Nacional cubano, Nicolás Guillén, seducido por la apariencia de la Mayor de las Antillas, creó una imagen en la que concede más énfasis al color predominante que a la forma y la llamó "verde lagarto verde".
La rica flora local refleja su diversidad en este geográfico compendio en locaciones como El Naranjo, Cupey, El Coco, Boniato, Boniatico, Los Ñames, Limonar, La Yagruma, La Ceiba, La Palma, Guayabo.
Muchos pueblos de este país llevan los nombres de ilustres próceres, entre ellos el Héroe Nacional cubano José Martí, y los luchadores independentistas Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo e Ignacio Agramonte.
Se incluyen en este panorama poblados homónimos a países, fundamentalmente latinoamericanos como Guatemala, Perú, Colombia, Venezuela, Panamá, Costa Rica, Argentina y Brasil.
Pero también de otros continentes: Filipinas, Australia y Corea o personalidades como el "almirante de la mar océana" Cristóbal Colón (1451-1506) y del primer presidente norteamericano, George Washington (1732-1799).
No menos prolíferos son los nombres de santos, que sin discriminación de género van desde Catalina, Rita, María, Fe, Rosa, Isabel y Clara, junto a Agustín, Lorenzo, José, Domingo, Rafael y Pedro, hasta sumar casi medio santoral.
En este imaginario tránsito por la geografía insular las creencias religiosas dejaron su huella en El Jigüe, Providencia, La Caridad, Redención, Los Ángeles, El Rosario, Las Ánimas, Dios Ayuda, Palo del Diablo, La Magdalena, La Purísima, Piedad, Paraíso y La Gloria.
Y como de contradicciones está lleno este mundo, encontramos lo mismo Campo Florido que Palo Seco, Pozo Seco y Ojo de Agua, Madruga y Mala Noche, La Bajada y La Sierra, Morón y Rancho Veloz, La Dolorita y La Alegría.
Existen sitios cuyos nombres parecen ser una invitación a visitarlos como Las Delicias, Bombón Norte, El Descanso, La Esperanza, Vista Alegre, Vista Hermosa, Buena Vista, Remedios, Laboriosidad, La Fama, Alta Gracia, La Felicidad, La Paz, La Victoria y Buenaventura.
En algunos casos pareció primar alguna predisposición a las matemáticas, esto ocurre en Dos Palmas, Dos Hermanas, Dos amigos, María Tres, El Nueve, Número Quince, Cienfuegos y El Triángulo; en otros se impuso el gusto por las joyas: La Sortija, La Prenda.
Finalmente los hay de muy difícil clasificación: Gurugú, Sipiabo, Jarahueca, Maragabomba, Bolondrón, Güira de Melena, Melena del Sur, Corral Nuevo, Mata Abajo, Esquina de Ponce, El Iris, Suspiro, La Jaula, La Tumba y Pisa Bonito.
Cabe concluir que aquí se cumple aquello de que "para gustos se han hecho los colores", aunque si bien es cierto que resulta imaginativo este inventario, hay algunos casos que se las traen, si de definir el gentilicio de sus habitantes se trata.
FUENTE: INTERNET
Origen y desarrollo del helado
Por Roberto Correa Wilson, /Especial para la AIN
Mientras se saborea un sabroso helado en el ardoroso clima tropical que caracteriza a Cuba, quizás alguien se haya interrogado dónde y cómo surgió esta gélida delicia que tanto atrae a niños y mayores.
El primero apareció en China hace cuatro mil años. Considerado como algo exquisito, era diferente a lo que se conoce hoy como tal. Aquel primitivo helado era una pasta de arroz hervido, especias y leche envuelta en nieve para solidificarlo. Poco a poco, aparecieron los de frutas, que consistían en zumos con nieve.
La receta de los helados hechos con agua fue introducida en Europa por el viajero veneciano Marco Polo en el siglo XIII, quien vivió 17 años en China.
Los maestros heladeros italianos guardaban con extraordinario celo sus recetas. Y era así porque inicialmente fue un postre para ricos, pues por congeladores se utilizaba un sótano repleto del hielo recogido durante el invierno. Servir helado durante una comida era símbolo de elevada posición social.
Cuando Catalina de Médicis, miembro de una famosa familia de Florencia, Italia, se casó en 1533 con el rey Enrique II de Francia, ordenó servir un helado de frutas cada día durante todo el tiempo que duraron los esponsales. Y las celebraciones se prolongaron un mes.
En 1560, un español residente en Roma, Blasius Villafranca, descubrió que podía congelar más rápidamente la mezcla si añadía salitre y la nieve que rodeaba el helado. Con ello se inauguró una nueva etapa para ese producto.
Gracias a este hallazgo, en lo adelante las personas de menores ingresos pudieron comenzar a disfrutarlo, y este perdió su condición de privilegio sólo para adinerados. Fue en 1920 cuando el estadounidense Harry Burt lanzó al mercado el helado de vainilla recubierto de chocolate y con un palito para sujetarlo. En Cuba es conocido como "la paletica".
Con el transcurso del tiempo surgieron diferentes formas de fabricarlo, con variados ingredientes y nuevos sabores.
Desde hace muchos años se consume universalmente en heladerías, cafeterías, restoranes y otros centros gastronómicos, sin olvidar el clásico carrito.
En Camagüey, como una importante productora del más delicioso helado, los lugareños tienen el privilegio de poderlo saborear tanto en la calle como en los expendios, además de la clásica instalación que lleva un nombre genérico en el país: Heladería Coppelia.
FUENTE: INTERNET
De Cuba: el más longevo
Por Oscar González Vázquez
Los que vivimos en la Mayor de las Antillas podemos vanagloriarnos de contar entre nosotros con la persona de mayor edad en el mundo, digna de figurar en el Libro Guinness de los Récords.
Se trata de Benito Martínez Abogán, un haitiano-cubano que recientemente cumplió 125 años, con envidiable vitalidad y buen humor:
Conocido entre sus amigos por el sobrenombre de Avión, este venerable anciano nació en un lugar próximo a la ciudad haitiana de Cavaellón, el 19 de julio de 1880 y radica desde 1925 en la región de Ciego de Ávila, en la porción central de Cuba.
Por tanto Benito supera con creces la longevidad de la holandesa Hendrikje van Andel-Schippem, reportada equívocamente por la agencia DPA, como la más vieja del mundo al celebrar por estos días su onomástico 115.
La propia fuente asegura que, según el libro de los récords, la persona que más edad alcanzó fue la francesa Jeanne Louise Calment, fallecida en 1997 cuando contaba con 122 años y 164 días de vida.
De ahí que los cubanos tenemos en la persona de Benito Martínez Abogán, a la más longeva del mundo y podemos proponerla al prestigioso libro de récords Guinness para que figure en el lugar que le corresponde, cuando en estos momentos está vivito y coleando, como se dice por estos lares para afirmar que una persona goza de buena salud.
FUENTE: INTERNET
28.4.06
A GOLPE DE MEMORIA.
Años atrás fue una conocida actriz de teatro, en Cuba.
Si hubiera guardado sus vestidos de gala, sus joyas y sus pelucas, hoy no tendría que inmortalizar aquellos tiempos sólo a golpe de memoria.
Sus jornadas en el teatro Virgilio Piñera, son como las fotos borrosas de su mesilla de noche, gastadas pero inmortales.
Mariana ya es vieja, así dicen los niños del barrio, “ la vieja que vive sola “. La loca. Aún así, hace sus mandados, y se ocupa de su casa. Es una mujer peculiar que pocas personas conocen.
Es indudable ha pasado el tiempo, aún es la mujer esplendorosa que lucía como una princesa. La comparo con las fotos de la pared, y se mantiene muy bien. . Brillaba por su buena presencia, fruto claro de su pasado en el teatro. Una mujer con clase diría yo.
Toda la vida ha sido una fan excepcional de la música de Manolo del Valle, oyendo su música sabe que concebió a sus dos hijas. Sus horas de amor y caricias tenían su compañía. Tiene la mejor biblioteca que he visto en toda La Habana, siempre hay un libro en su mesilla de noche. Ha leído a los grandes, tres o cuatro veces, pero lo que más me sorprende es su firme creencia en la reencarnación de personas en seres o animales, y viceversa. Y no era ningún secreto.
Una amiga mía dice que las vidas anteriores no se recuerdan pero yo creo que Mariana era la excepción que confirmaba la regla. Según ella, ha vivido toda su vida con una "presencia" en la casa: Zoila.
Fue una negra esclava de principios del siglo XIX en un campo de algodón de la desembocadura del Misisipi. Su amo era propietario de una extensa propiedad. Zoila tiene los pies desgarrados de caminar detrás del arado, pero eso no impide que de vez en cuando “ camine” a través del espacio y el tiempo y visite a Mariana en su humilde casa de La Habana, en pleno siglo XXI.
Mariana y Zoila son un mismo espíritu o energía. Una fiel reencarnación de la misma persona en épocas y espacios diferentes.
Si me preguntaran a mi diría, que es una conexión extraña e increíble y que las creencias son sólo síntomas de la cultura en que uno se desarrolla. Pero si le preguntan a ella verán como toda la teoría se cae por el piso. Posee tales conocimientos acerca del tema, que puede rebatirte cualquier planteamiento.
Yo era la enfermera de su médico de familia, tres o cuatro veces visité en su casa por múltiples lipotimias. Necesitaba un seguimiento diario, la tensión se le bajaba como la espuma sin movimiento. La mayoría de las veces hacía más de psicóloga que de ats.
- Mariana, ¿ cómo se siente hoy?
Ella me abría puerta jovial, desde por la mañana lucía su pulcro maquillaje, que la hacía parecer una pequeña Diosa, me enamoraba su limpieza y su sonrisa. La casa no era muy grande pero se veía atendida. Tenía el portal más bello de Boyeros, con plantas y unos lindos asientos tallados en madera, que heredó de sus abuelos.
- Mija, yo me siento muy bien, pero la que está mal es la pobre Zoila, los pies le sangran continuamente, y las heridas no le cierran.
- Me picaba la curiosidad y un día sí le hice caso, le pregunté que donde estaba Zoila, ella me dijo:
- Zoila está aquí, soy su reencarnación, ella es mi otro yo.
- Ven mi cielo, me decía Mariana, vamos a curararle los pies. Se quitó sus propios zapatos, y en una palangana que trajo con agua, se los lavó.
Nunca había sentido tanto miedo como en aquel instante. Un frío me recorría lentamente el cuerpo para quedarse instalado en mi estómago. El miedo es el factor más contrario a la lógica . Era miedosa desde niña.
Tomé los pies en las manos, aunque mi cerebro decía – sal de aquí corriendo- seguí adelante. y que sorpresa la mía ver, que los pies de Mariana, estaban llenos de cicatrices, justo en la planta del pie. Jamás vi más cicatrices juntas y horribles, y me pregunté como una actriz de teatro tan famosa, de tanto nivel., podría tener así sus extremidades inferiores.
- Mariana, porqué tienes los pies de esta forma, le pregunté.
- Yarita, esos nos son mis pies, - me dijo ella- son los pies de Zoila.
No tuve más remedio que callar, hacer como que le curaba los pies, y con la mirada baja, tensa como me había quedado.
Caminé hacia el policlínico analizando ¿ que podrá ocurrir en la vida de una persona para caer en ese estado ?.
La mente humana era un enemigo complejo que en ocasiones, nos retaba a “jugar”.
IKEBANA
25.4.06
UN CULERO CON ARTE.
No se si en la vida los artistas, nacen o se hacen.
Pero sin duda en Cuba, hace unos años, mi amiga Greta tuvo que ser artista por obligada necesidad.
Greta es chiquita, tiene un cuerpo tirando a gordita, pero es muy salerosa, y muy vital. Siempre tuvo mucho éxito entre el sexo opuesto, aunque tengo que decir que no es una mujer linda en apariencia. Le gusta llevar el pelo bien largo, aunque a veces no tenga ni champú para lavarlo. Le encantan los suavizadores de pelo de fuera, los cubanos según dicen no huelen igual, pero ella no tiene acceso más que a algún champú muy de vez en cuando. Es unas personas a las que quisiera ayudar muy mucho si pudiera. Greta es como un árbol grande, un flamboyán, que tira mucha hojita chica, pero da una sombra amplia. Me pude haber juntado a hablar con cualquier mujer del barrio, pero en casa de Greta y la pelleja, era como estar en la mía. No sufrí ninguna pena de abrir el refrigerador y tanto llenarlo como vaciarlo si fuera la ocasión. Supe que me han querido porque nuestras conversaciones lo demuestran. Más allá de la raza, de las costumbres y la nacionalidad. Era un trato de mujer a mujer, práctico y sincero. Ella con sus traumas y yo con mis complejos, pero francas. No es fácil que eso se de entre una cubana y una extranjera.
Si algún día lee esto me va a matar porque es muy penosa y de tan sencilla que es, le daría y se sentiría ridícula. Pero que va... ni lo es ni lo aparente, al contario es más inteligente que presumen de serlo. Suele suceder, jamás se calcula a una persona por su imagen, esta suele ser engañosa y traicionera.
El primer noviecito que tuvo Greta fue en la secundaria, él vivía cerca del pre y eso les facilitaba las cosas, pasaban más tiempo echando palitos que estudiando en la escuela. De hecho, hoy en día es secretaria gracias a un curso que pasó después de los veinte, porque si no, no se que hubiera podido pasar. Hace siete años, se fue a vivir con su primer marido, no se casó. Vivían en una casita del alquiler en el reparto La Purísima del Cotorro, muy cerca mi suegra. La vida matrimonial de mi amiga iba muy bien, a ella le han gustado siempre el sexo, y practicaban mucho.
Sin embargo a medida que pasaban los meses, se notaba que algo no funcionaba. No quería meterme en problemas de pareja, porque la mayoría de las veces, sales resquemada tú y los afectados terminan arreglándose. Pero un día no se si de chismosa o no, con la franqueza de siempre, le pregunté a su mamá:
- Ven acá pelleja, ¿ que le pasa a Greta, como le va con Jesús
- Ay mija, eso no creo que llegue a nada, Jesús no puede preñar, tiene los bichitos malos, se le mueren... y tú sabes como es Greta, ella no quiere un marido que no le de hijos...
Como era de suponer, aquel marido no le duró nada. A los dos meses, llamó a Angelito y a su hermano Marcos, para que, de noche, la ayudaran a traer la cama y el colchón para casa de su mamá. Eso y una batidora era lo único suyo aportado al matrimonio. La familia de Jesús se enemistó con mi amiga y yo creo que con razón. No era razón suficiente, por lo menos para mi, dejar a tu marido porque no te de hijos. Dos cosas o ahí no hubo nunca amor o mi amiga realmente estaba obsesionada.
El segundo y definitivo marido, le llegó a los seis meses, se enamoró de un compañero de trabajo. Estaba loquita con él, se llamaba Alberto y era contador. El único miedo que le daba era que la superaba en diez años. Ustedes ya saben el interés que ella tenía con la preñez... obsesión casi. Quizás algún trauma pues no fue nunca una mujer regular con sus reglas, y la menstruación pasaba por su vida sin bombo ni platillo.
Con Alberto iban pasando los meses , y por insistencia de ella , comienzan de nuevo con los espermiogramas, análisis y análisis. Eterno calvario en Cuba y su situación. A pesar de que casi nunca había reactivo en el policlínico, termina por saber, que no solo Jesús tenía problemas de esterilidad, ella padecía endometriosis. Se puso desesperada, ojeras, diazepán, dormidera y mal aspecto... no hace falta explicarlo mucho todos lo imaginamos.
La solución era un tratamiento de fertilidad.
Estuve en su casa por aquellos días y le pedí la lista de medicamentos, me los traje a España y tardé otros seis meses más en poderlos comprar, son carísimos y yo no tenía dinero para tanto.
Por fin en enero de hace cuatro años, Greta empieza su tratamiento, con tan buena suerte, que en la primera inseminación se quedó embarazada. Esto si fue el no va mas, era la mujer más feliz del mundo.
Tuvo un embarazo malo, de muchos vómitos y anemia, pero su hijo nació bien sin complicaciones. Fue de cesárea y lo pusieron Arián.
Mis idas a Cuba siempre me traían sorpresas, esta vez y a los cuatro meses de nacer su primer niño, por los lazos del destino, como si un pacto con la “ madre progesterona “ se tratara, de forma natural y sin quererlo esta vez, se vuelve a quedar embarazada. Tremenda sopresota, le decía yo, y por dentro muriéndome, por que pensaba en que Greta
Greta estaba de certificado, sin trabajar, y su madre no tenía nada para darle por mucho que quisiera. Echaban pa`lante sólo con el sueldo de Alberto, doscientos cincuenta pesos al mes. Un milagro. Hay muchos milagros en Cuba.
En mi próxima visita, le llevé de regalo un paquete de culeros. Cuando eso yo estaba aún muy “ verde”, a lo europeo todavía. No entendía de la capacidad inventiva del cubano y no era más que una ignorante.
En fin que me fui a ver a Greta, llegué y la encontré en un sillón con la barriga en la boca y Arián en el cochito, me dio lástima, porque su amor de madre, se había excedido. Cuba no estaba para tener muchachos, viviendo casi en la miseria. Yo me preguntaba como iba a hacer para mantener a aquellos dos muchachos. El segundo también sería varón.
La quería y por eso, me dolía imaginarla en esa situación. Pero fíjense como es la vida, la encontré de lo más contenta, no sufría por la incertidumbre del mañana que comeré, sólo vivía el hoy, el presente era su único aliado. La envidié sanamente por ser así.
Yo soy más débil y de un grano de arena hago una montaña de problemas.
Y a lo que iba, que ya me he demorado bastante en justificar el título.... Una de las curiosidades de la canastilla que más me ha hecho pensar y lo que cuento a mis hermanas cuando las veo en sus labores de madre, a mis amigas. Siempre intento que no tiren las cosas, que aprovechen al máximo todo, porque hay gente que no lo tiene y sabe el verdadero valor que tiene.
Y para muestra un botón: acá compramos los culeros, los ponemos a los niños y los tiramos. En este lado rico del charco, ya no valen para nada y sólo son basura.
Pero Greta es una mujer ingeniosa y presentía que no me iba a fallar, que me iba a despertar la risa cómplice.
Resulta que a ella un culero de usar y tirar le duraba ocho veces más que a cualquier madre española de las que yo conocía. A modo cómico de acertijo me dijo que pensar en los culeros y en Cuba y me dio un día entero para pensar.
Yo no me lo podía imaginar, les repito que yo en esa época estaba perdida en el tema cubano.
Eran mis primeros viajes, y no pasaba de ser una “ gallega “ más que visita a unos familiares.
Al día siguiente, me hizo la demostración física del acertijo.
Después del uso del culero por primera vez ella no lo daba por perdido ni mucho menos. Con una maestría envidiable le vaciaba el algodón orinado del interior y eso si lo tiraba Pero la cobertura sintética del culero la lavaba a mano, y después de seca, le introducía un culero de tela a modo de empape.
Así quedaba listo para volver a usarlo. La segunda vez que el niño le hacía sus necesidades, vaciaba “el invento de culero “ y lavaba, a mano la cobertura y el culero sucio por separado. Cuando se le iba el adhesivo a las pestañitas, usaba dos imperdibles, de esos de toda la vida.
Ese invento lo usaba hasta ocho veces y más. Y resolvía.
- ... Caballero, los cubanos nunca dejan de sorprenderme.
IKEBANA
23.4.06
MEILIDE HABANA.
Mae, había ido de visita. Los padres no hay que descuidarlos mucho y los domingos en familia tampoco, había oído una vez de niña. Ojalá fuera así de fácil.
Se quedó parada en la puerta antes de entrar unos segundos. El barrio, parecía mejorado, ser patrimonio histórico no había caído en saco sin fondo. Se veía gente en los comercios, movimiento de personas buscando quizás calmar su dolor de cabeza y de vida, buscando la pomadita del tigre y el dragón.
De fondo, en la casa de su prima Li Sung sonaba la canción china Meilide Habana que algunos traducen como Linda Habana. Mae lo desconocía, pero aquella canción decía muchas cosas ciertas.Era una mujer delgada, de piel extremadamente blanca, ojos rasgados y padres chinos, pero ella no tenía más que eso, un físico oriental y la ignorancia por el idioma más hablado del mundo.
- ... que rarita saliste niña ... - se decía a sí misma- medio en broma, quitándole hierro a su propia encrucijada.
Siempre fue la oveja negra del barrio chino cubano, no le apasionaba la cultura “ del camino y del poder”, no entendía de perfumadas “ flores de loto “ ni de la filosofía de Lao Tsu.
En el fondo, siempre quiso sentirse china porque sus padres lo eran, y aunque respetaba a los suyos por encima de todo, su destino fue diferente. Se había pasado su vida intentándolo, para al final, resignarse y sentir que sólo era una cubana más.
-...Mi amiga, se seguía diciendo a sí misma – cuando se conformó tu identidad Dios no preguntó el porqué de tus ojos rasgados. ¡ Que ironía, mi vida ¡
Mae tiene quizá un sentimiento de culpa, el hecho de ser hija hembra y única la hacía sentir como si su vida fuera un pecado.
Con muchos esfuerzos y la apatía paterna, había estudiado la carrera de medicina. Supuestamente su destino no existía fuera de aquel barrio, y su mayor responsabilidad hubiera estado en el negocio familiar. Una de las pequeñas tiendas que venden de todo y todo se encuentra, en la calle Zanja.
Le reprochaban un comportamiento “imperdonable”. Y algunas veces siente que no debio nacer nunca, no por lo menos de esta manera.
Con el transcurso de los años se había casado con su novio de la universidad, un chico inteligente, culto y tranquilo. Su mayor crímen había sido enamorarse de una hija del sol naciente, y así se lo decía en tono jocoso.
Mae es una mujer de interrogantes, se sentía más cubana que Martí, pero su padre se empeño en criarla como si vivieran en el mismo Pekín.
La respuesta era muy sencilla, siendo jovencita se había zafado como bambú seco y no se dejaba mojar para darle forma. Mae se adaptó a las costumbres latinas como un zapato a su horma.
Volver al barrio, fue recordar toda su infancia. Pasó por su mente una película subtitulada. Al momento terminó por borrar ansiosa aquellos recuerdos de su cabeza, e insatisfecha y dolida se encogió de hombros .
Después de un minuto de reloj, tocó el timbre y se preparó para saludar a sus padres después de tanto tiempo.
- Hola madre- se acercó a darle un beso que la madre agradeció con la mirada, amaba a su hija y quizás fue quien más la entendió siempre, mujer al fin y al cabo.
Su madre lloró de emoción y le temblaban las manos. Su madre era una mujer sumisa a la figura de su esposo.
Caminaron silenciosas hasta la sala de la casa. Mae se conocía el camino a ciegas, fue lugar de muchos cumpleaños y de amor. Aquello formaba parte de la película que vio en su cabeza, cinco minutos antes.
De espaldas y sentado en el suelo, su padre, leía ensimismado el diario popular chino, y cuando al sientó detrás, se quedó mirando a la ventana. Se sentía sorprendido. Ella lo conocía muy bien.
- Hola padre. – le dijo
Hubo un silencio largo, y le vino a la mente la última conversación de un año atrás.
Había quedado claro la última vez que allí ella no tenía nada que hacer. La monumental discusión que se formó una tarde de julio, no se iba de la memoria del padre, un hombre bueno pero terco y cerrado. Un chino fuera de China envuelto en una inquebrantable doctrina mística. Algo raro de ver, pues, el barrio chino de La Habana ya era todo menos chino.
El viejo le prohibió la entrada a aquella casa, hacía ya un año, demasiado tiempo. Discutieron y discutieron, cada uno defendiendo sus postura, mientras un cristal muy bello se rompía en el interior de aquel hombre.
La respuesta de su viejo, la devolvió a la realidad.
- Mae no se que has venido a hacer aquí, tú ya sabes que no tienes padres, ni tío ni primos. Elegiste tu vida hace algún tiempo y nosotros no estábamos dentro de tus planes.
- Padre, no volvamos a lo mismo, por favor, la familia no es un plan, ni un proyecto y siempre la tuve presente. ¿ pero que castigo quieres darme por intentar ser feliz? – Padre, sólo estudié una carrera y me enamoré de un hombre bueno, ¿ por dios cuando vas a perdonarme?.
- No nombres a Dios, - le espetaba el padre -. Tú no sabes quien es tu Dios.
Y levantándose del suelo donde estaba sentado, y sin mirarla, le dijo – Vuelve a la que ahora es tu casa, no debiste salir de allí .
Mae se cansó de explicarse, era saliva gastada inútilmente. Por mucho que amara a aquel viejo no era capaz de arrancarle su dolor. Miró a su madre, le devolvió la sonrisa y se fue rendida una vez más. Acortó camino por la calle San Nicolás, saliendo por allí, la guagua tenía mejores paradas.
Antes de salir, les dijo:
- Vine a decirles que van a ser abuelos, aún me faltan siete meses.
La barriga de Mae creció sin la compañía del los padres, se sintió arropada por los suegros y de Joel, su marido que entendía especialmente, la situación, por haberla vivido desde que los dos eran más jóvenes. No era aceptado. Y para más rabia sabía, que el cambio de posturas, no estaba de lado de acá.
A final de octubre, en época de ciclones vino al mundo un bebé de pelo cobrizo pelirrojo, de piel blanca como su madre y ojos rasgados.
La herencia física se veía al instante, era evidente.
En cuanto pudo caminar, Mae inició un último intento, pidió a su marido que la acercara al barrio.
Se llenó de dignidad y llevó a su hijo en brazos a ver a los abuelos.
Fue un recorrido duro, los sentimientos se mezclan y la impotencia se hace presente como nunca. Allí iba una mujer hija que se desdoblaba en mujer madre para poder comprender.
Tocó la puerta de la casa, tocó varias veces.
La puerta no se abrió.
Fue su último intento. Después de ese día Mae alzó el vuelo y aprendió a sentirse libre. Tenía a un bebé en las manos que no se merecía pasar lo mismo que ella había pasado.
Y fue buena madre, la mejor del mundo.
IKEBANA
22.4.06
SOY
Soy esa mano que sube por tu espalda,
la manera pobre de amarte,
Cuba soy tu último nombre,
la palabra impronunciable,
calladasoy tu sombra.
Soy por siempre, un secreto a voces,
soy tu suelo,
la conciencia de los ignorados,
soy bella y no lo soy, crezco.
Soy una impaciente gota de lluvia,
un malgastado camino,
soy tus cansados ojos,
a ratos el color de tus cielos grises,
soy la esperanza, Cuba.
Soy el límite,
la frontera franca, a ras de suelo,
el principio de un fin,
soy tu ausencia y no lo soy.
Soy un sueño.
IKEBANA
EL ODIO Y SU CUNA.
No se como empezar a recordar a Rafael, lo tenía archivado en mi mente como los miles de folios de una gran empresa que quebró.
El hermano menor de mi padre emigró a Estados Unidos, como la mayoría de los cubanos nunca olvidó sus raíces y siempre evocaba Cuba en su quehacer diario. Sus hijos no tuvieron nunca nombres americanos ni Paul, ni Mike, ni George, se llamaron simplemente Reynaldo y Jorge.
En mi familia no se habla de él, a pesar de que ha sido el que más prosperó.
Estudió una licenciatura en Ingeniería, pero poco tiempo pudo ejercitarla. La necesidad de buscarse la vida de forma rápida y eficaz, lo llevó a empezar de cero en algo que desconocía.
Un veintinueve de marzo llegó a Miami, se alojó un mes con un amigo suyo.
En ese mes, gracias a la ayuda española de un primo que le tiró un cabo, pudo dedicar el tiempo a pensar y ver el ambiente en el que había caído.
Quince años atrás, la Informática no era lo que es hoy, pero él entendió que ahí estaba el futuro, alquiló un garaje, compró dos ordenadores, dos mesas, dos sillas, y alquiló una vieja furgoneta, con el dinero del primo español, no llegó para más.
En dos meses más montó un proyecto, de distribución de prensa extranjera en la ciudad de Miami, con la ayuda del primo logró conexiones en Europa para distribuir en Miami, algunos periódicos y revistas extranjeras, españolas, italianas, francesas etc....Una vez hizo esto, se dedicó a caminar por toda la Florida, y digo toda porque hizo una buena cartera de clientes, que aceptaron sus servicios, kioskos, librerías, gasolineras, etc etc... La empresa creció mucho en poco tiempo, era un negocio de los prósperos, el sector no estaba demasiado explotado.
Contrató a dos repartidores al principio, y en el plazo de cinco años llegaron a ser, veinte distribuidores, cada uno en su propia furgoneta. Tenía su propia contable, y un administrativo. Cambió el garaje alquilado por un local amplio en Hialeah.
Así empezó, lo se por su cartas, las guardo, fui la única que quiso tenerlas.
Se casó con una mujer más joven que él, mi tío no era muy enamoradizo pero aquella mujer debía ser especial porque a los pocos meses vivían ya casados y supuestamente felices, de ella sabíamos poco.
Un día a la hora de la apertura del local, Rafael encontró a un muchacho joven durmiendo en la puerta, tuvo que despertarlo para poder abrir, el muchacho tenía una pierna herida, no por arma blanca ni pistola sino medio encangrenda, parecía ser que el chico tenía problema de azúcar.
No quiero alargarme, aquel día que dejó entrar a Jhon en su vida, se dejó vencer. Lo convenció para ir al hospital, cosa que el susodicho no quería, la bebida y otras cosas lo tenían ausente de su propio problema y pocas veces se acordaba de su pierna...
Mí tío por esa época tuvo su primer hijo, Reynaldo. Pasó un año y Jhon, el vagabundo cambió como de la noche a la mañana, empezó a trabajar para mi tío, su pierna mejoró, y se le curó por completo.
A Jhon se le veía ya con traje de chaqueta, todo un señor, un pobre desgraciado que se vio con posibilidades y no dudó en morder la mano del que le había dado de comer.
Fue justo a los ocho años, cuando ya el miserable mendigo, había escalado posiciones y ya no trabajaba para mi tío sino que de alguna manera, sin duda, inteligente, había llegado a ser su socio. Sí, su socio, no se como pudo hacerlo, aunque puedo imaginarlo porque Rafael tenía un corazón bueno y no era egoísta, y que debió sentir cariño por ese hombre con los años, separado de la familia.
Un tres de noviembre nació mi primo Jorge, su segundo hijo. Su mujer había estado en un segundo plano, hasta que quiso ponerse también al frente del negocio, celosa de lo que había conseguido Jhon en pocos años, y vigilando de cerca el patrimonio de sus propios hijos.
Todo se complicó.
La esposa y Jhon tuvieron una relación amorosa, siendo descubiertos in franganti por mi tío Rafael. Ahí fue cuando el corazón le pudo, mi tío cedió su parte de la empresa a la esposa y se fue.
No quiso nada de lo que había construido.
Cambió de ciudad y empezó de cero.
Rafael se había separado de su mujer voluntariamente, y de hoy para mañana se vio sin nada, perdió su parte del negocio, entre el socio “que ya no era vagabundo” y su esposa joven, se quedó sin nada. Tuvo que cambiarse de ciudad, y recomenzar.
La carrera de ingeniería fue la que lo salvó, de ahí fue donde sacó para trabajar en la empresa de electricidad, era un simple operario, callado y tristón. Los hijos lo visitaban pero algo no iba bien. Se acordaba de la familia y de su Santa Clara natal.
En sus cartas decía que no se sentía vivo, que todas sus ilusiones habían desaparecido.
Un fin de semana del mes de abril, aprovechando que sus hijos estaban con él los reunió y habló con ellos, no se lo que les dijo, quizás una despedida.
Esa misma noche se envenenó con un producto de fumigación de jardines. Por suerte, quedó vivo pero murió en el hospital a la semana y media.
Fueron sus propios hijos los que inconsciente, lo llevaron a la hospital. Los que sin saberlo se habían despedido de él la noche anterior, y los que se quedaban sin padre.
De esto hace ya tres años, y la vida ha continuado para todo el mundo, menos para él.
Mis primos estos días están en nuestra casa, han venido de vacaciones. Son dos hermanos muy unidos, sensible, y tímidos. Nobles.
Pero nadie habla del tema, todos hacen como que no sucedió nada. No queremos abrir heridas.
Dicen que el odio no es bueno hacerle cuna, pero yo odio con toda mi alma y odio a ese hombre que un día fue un vagabundo, y a una mujer que como ven, no digo ni su nombre.
Los odio con todo mi ser.
IKEBANA
21.4.06
La calle O´reilly se encuentra en La Habana Vieja, o lo que fue la ciudad de intramuros. Esta es la calle al norte de la Plaza de Armas. Corre de este a oeste, desde la calle Monserrate hasta la Avenida del Puerto. La Calle Obispo es atravesada o hace intersección con, comenzando desde la Avenida del Puerto, las calles Baratillo, Oficios, Mercaderes, San Ignacio, Cuba, Aguiar, Habana, Compostela, Aguacate, Villegas y Bernaza. Paralela a la Calle O'Reilly, una cuadra al sur, se encuentra la Calle Obispo.
ESTEFANÍA
A veces repaso mi álbum de fotos, me gusta recordar a los amigos de la escuela, mientras me voy preguntando que habrá sido de cada uno de ellos, esto es como un ritual privado que hago cada diciembre, a la espera del nuevo año.
Como solicitada en un deseo a una lámpara maravillosa, un día de esta semana pasada me encontré en la calle a Estefanía , mi amiga de la niñez. Fue, ella quien me reconoció, pero estaba irreconocible, noté y sin narcisismo alguno que yo había cambiado menos. Su antiguo pelo rubio ya estaba teñido en canas y aquel cuerpecito de barbie, había engordado exageradamente. Se alegró bastante al verme, lo notaba, pero quizás yo me alegré más todavía, en la escuela fuimos como uña y carne, y ahora con el paso del tiempo ya no eramos más que unas desconocidas, por eso le dije:
- vamos Fany, yo la llamaba así, entremos en esta cafetería y tomemos un café.
Ella lo pensó un instante y me dijo que solo un momento pues
no tenía mucho tiempo libre, pero por primera vez en mi vida, le había visto expresión en la cara, era alegría, nos abrazamos entre risas y tropezones con las bolsas que cada una llevaba en las manos.
- Caballero! que rara había sido Estefanía de pequeña, de estos niños que siempre andan solos sin compañía y sin expresión en la cara.
No la reconocía , nada quedaba de aquella niña de las fotos, y por más que lo intenté no había casi resquicio de mi recordada amiga, físicamente era como una extraña.
La recordaba en el aula, estuvimos toda la primaria y secundaria juntas, era mi sombra o yo la suya, según tocara. Su madre era nuestra profesora de matemáticas. Doña Marina, una mujer alta de anchas gafas donde sus ojos se perdían , con el pelo liso pero corto llegando a los hombros, su cuerpo era de esos que son parecidos a una tabla, sin proyección en los glúteos ni en el pecho, todo simplemente le caía fruto de la gravedad. Estefanía no se parecía a su madre, era una niña hermosa de verdad, la típica bellecita de pelo rubio con tirabuzones y la piel blanca como la leche, ojos claros en un rostro, eso si , inexpresivo.
Nunca se sabía si estaba alegre o triste, su imagen emanaba un aire puramente neutro.
El calorcito acogedor de la cafetería nos dio pie a hablar del pasado:
- ¿ Dónde has estado niña, que ha sido de tu vida? le pregunté.
Bueno si te cuento no me creerás, he estado viviendo en Cuba, allí tuve una empresa algunos años.
- ¿ Cómo? ¿ En Cuba? le preguntaba yo incrédula.
- Sí Anabel, en La Habana, me casé con un cubano, e invertí todo en el comercio de zapatos, nosotros perdimos todo, allá no hay negocio que valga, el beneficio no se lo lleva quién lo suda .
Mi madre murió a los cinco años de terminar el bachiller, y mi hermana Raquel y yo nos quedamos solas, ella se fue a Barcelona con la abuela, pero yo más perdida que nunca, estuve un año sola, sin saber que camino tomar. Hasta que por casualidad más bien, hice un viaje a Cuba con un proyecto de una conocida Ong y conocí allí al que hoy es mi marido. Seguí viajando a la isla en vacaciones, hasta que un día vendí la casa de mi madre, todas las acciones que tenía, y me fui, iba y venía, y por fin a los cinco años nos casamos. Mi empresa sinceramente no fue rentable, de hecho tuve que volver y empezar de nuevo, no obtuve beneficio y perdí todo lo que había invertido. Pero si te puedo decir que en Cuba me cambió la vida, mi cara aprendió a sonreír, mis ojos a mostrarse vidriosos como el mar. Tengo que agradecerle eso a la isla y a su gente, y como no? a mi amor, ya que después de cinco años, y pese al pronóstico de todo el mundo por la fama que tienen los cubanos, seguimos juntos, actualmente vivimos en España, tengo un niño de cuatro años, que me da fuerza para superar todo los obstáculos, ya que volver a la “ Gran Europa” no ha sido fácil. Mi amiga, te diré que soy una emigrante en su propia tierra, y aquí no se lo ponen fácil a los emigrantes.
- Me dejas con la boca abierta Fany, le dije yo.
Así es como te lo cuento, en España me siento extraña, porque la cultura de aquí choca con mi necesidad espiritual, mi timidez. Mis complejos han vuelto, mi corazón se quedó atrás, en un lugar llamado La Habana.
IKEBANA
La zafra de 1887 fue la primera que se hizo totalmente con mano de obra asalariada. La década de los 80 representa para Cuba una grave crisis de la producción azucarera, la prueba más dura por la que pasó en su historia económica desde el siglo XVIII y que eclipsaría por completo el final de la esclavitud. Fue también la de la penetración imperialista en la ecnomía cubana. La baja de los precios, la falta de brazos pra los trabajos agrícolas como consecuencia de la abolición de la esclavitud y la carencai de una polítca migratoria debidamente organizada fue al que hizo surgir la idea entre los dueños de ingenios, vegas y cafetales de parcelar y dividir sus terrenos en manos de pequeños colonos.
Manuel Hdez. Glez.
Es cuando empieza a cobrar su importancia la demanda de mano de obra emigrante a España... Miles y miles de hombres y mujeres se embarcaron, unos pagando otros de polizones, en veleros, para en una travesía de no menos de tres meses, llegar a la " Tierra prometida"
La raza cubana es una mezcla... y de ahí su singularidad.
IKEBANA
La misma sangre.
Para conocer la historia de Cuba, hay que conocer en parte la historia de su emigración, gallegos, asturianos, catalanes, mallorquines , vascos, andaluces, e isleños en su gran mayoría, tienen la culpa de los capítulos más inciertos de esa historia.
La ciudad de Matanzas fue fundada en 1693 por treinta y tres familias canarias, llegaron a la isla con la idea de impulsar el cultivo del tabaco.
Moisés es un descendiente directo de una de estas familias, es un hombre tosco, bruto, de otra manera siendo descendiente de isleño no podría ser. Lo que nadie imagina es que detrás de aquella brutidad de pantalla, de dichos y refranes, se escondían los corazones más sacrificados que nadie conoció nunca.
El isleño canario en Cuba hizo su vida, creó riqueza a su vuelta a las islas y el que no volvió lo mínimo que creó fue una familia. Una familia cubana, con unos lazos tan apretados a las raíces canarias que aún siendo canarios se sentían cubanos, la tierra de acogida fue como una inmortal madre.
IKEBANA

El Ikebana es el arte floral japonés. Proviene de una antigua tradición que tenían los budistas chinos de hacer ofrendas florales a Buda. Fue durante el s. VI en el que los misioneros chinos que se fueron a Japón dieron a conocer este arte. A partir de entonces y hasta el s. XV el Ikebana mantuvo su condición de ofrenda divina, llegó un momento en el que perdió sus connotaciones religiosas.
Pero hasta ese momento el ikebana dio muchas vueltas. En un principio dicha acto consistía en una sencilla ofrenda floral (incluso a veces sólo se ofrendaban sólo los pétalos, como por ejemplo en la India). No fue hasta el s.X, durante el cual en Japón se empezó a embellecer un poco dicha ofrenda, y se incluyeron elementos como recipientes y demás.
El Ikebana se basa en la armonía de una simple construcción lineal y la inclusión de flores o elementos que nos puede ofrecer la propia naturaleza.
Muchas veces he hablado de ello pero me gustaría ponerlo aquí por si alguien comparte mis aficiones:
Me vuelvo loca por los libros antiguos, los colecciono, en ellos me parece que logro atrapar el tiempo. Sobre todo aquellos cuentecitos antiguos infantiles, esos los tengo como oro en paño, los demás también. Son muchos.
Aparte de ellos, la filatelia cubana, he recopilado unos sellos lindos de verdad, hay uno de 1900 que ojalá pudieran ver, pero lo tengo expuesto en un mueblecito vitrina que me hice.
Iré pegando aquí fotos que me gustan, quizás no son las fotos convencionales que nos venden, la Cuba de las paradisíacas playas, pero para mi son tan o más bellas ...
Besos para todos y gracias por leerme.
IKEBANA
VUELO MADRID - HABANA
Fue un viaje diferente. Antes de salir, en el aeropuerto nos habíamos conocido tres mujeres. La razón que nos unía en ese momento era Cuba, pero cada cual tenía su historia.
Marisa tenía cuarenta y un años aunque parecía tener más; era española, madrileña. Se veía sufrida y con las cicatrices que deja una vida maldita: su cara era un recompuesto de silicona y estrenos. Vestía ropa moderna, pero demasiado escandalosa para su edad; se empeñaba en aparentar los años que no tenía y ello la perjudicaba en demasía. Cada hora sacaba del bolso un espejito con el que chequeaba su rostro, y si a su juicio merecía un retoque, allí mismo, sobre la mesita de comer, sacaba todo el resto del ajuar cosmético. Con la conversación surgió el motivo de viaje, y el hombre era en su caso el motivo. Iba a conocer a alguien que frecuentó en un chat de Internet: se llamaba Orlando, era de La Habana, trabajaba en Etecsa y estaba divorciado.
Lejos de ver una mujer ilusionada ciegamente, vi una mujer recelosa y con desconfianza. Me preguntaba todo el rato mi parecer sobre su situación y si el hombre sería de confianza, ya que una experiencia anterior en España con otro cubano le había dejado mal sabor de boca. El cubano le había prendido fuego a la casa, con ella dentro, después de una violenta discusión y casi la acaba. Estaba en la cárcel.
Yo me daba vuelta como podía en aquel asiento y no sabía que decir. Sumaba el tiempo que aún me faltaba y sabía que de alguna forma había que deslizar las horas, aunque fuera escuchando las circunstancias macabras de una señora, no tan señora y de un cubano conflictivo. ¡Vaya!, me armé de paciencia y chupé como si fuera una esponja de mar. Qué bueno que después de los años lo voy soltando...
La segunda mujer era cubana, una niña prácticamente, tenía diecinueve años. Daymí era cocinera pero no me la podía imaginar trabajando en una cocina; las cocineras una las imagina con más edad, no sé por qué, quizá porque asocia uno el término de madre con la cocina. Era un cuerpecito, no más de un metro cincuenta y cinco, pequeña pero desarrollada: Vestía pantalones de vinil negro, botas blancas altas y camisetilla de esas que parecen rotas, llena de cadenitas de plata, y lo más peculiar: una boina blanca en la cabeza al estilo de Che, o como los románticos franceses. Elijan la mejor comparación. Reseñar que la boina no se la quitó en todo el viaje; los dos o tres sueños que se metió fue con ella y ni se la vi un centímetro desplazada.
Hablaba distraída de su Cuba, de su municipio Plaza, cerca de un Pío Pío: Me contó que allí vivía su papá. Por educación no le pregunté por la madre; sobraban las respuestas y no eran trascendentales. Tenía novio, hacía un año que no lo veía pero lo tenía, y estaba loca por “sitiarlo” a solas en la casa y mandar a su papá a comer pizza, así mismo me lo dijo. No quiero parecer mojigata, no lo soy, pero la situación era como muy reservada: un vuelo, el temor de la aduana, las maletas, ¿lo pasaré todo, me quitarán algo?, y la muchachita loca por encerrar al novio con ella en la casa. En el fondo me parecía un poco inocentona, ese tipo de personas que uno dice que les falta un agua, pero que no aparentan ser mala gente. Inmadura sí, pero consideré que para estar fuera de su país y trabajar como ella lo hacía en una cocina, cerca de diez horas diarias, aquella conducta debía ser fruto de la emoción. Se sabe que cada cual se expresa a su manera y en Daymí se notaba franqueza, pero cultivada con chiflados modos y palabras.
Cuando me tocaba el turno de contar a mí me parecía tan pobre mi historia. El tema familiar y las raíces, en los ojos de ellas, no era importante; yo representaba la ridiculez innata, pues venir a Cuba pa no saborear ninguno de sus proclamados placeres... mi turismo les resultaba una pérdida de dinero asegurada, una estancia llena de adivinanzas. En más de un momento llegaron a decirme que si yo era rica o tenía algún interés en repartir una herencia: claro yo me reía, ni rica ni herencia. Se quedaban como a media luz, entre lo que se percibe y lo que el cerebro no procesa bien.
En cambio, nuestra vecina de asiento lateral sí me pareció el prototipo de mujer cubana que yo imaginaba: inteligente por su forma de expresarse, de apariencia sencilla pero digna, sin especulación. A veces cuando mis dos compañeras dormitaban, ella miraba y sonreía. Cada una tenía un libro entre las manos. El suyo era “ Eva Luna”, de Isabel Allende; del mío ya ni me acuerdo. La notaba segura de sí misma; sus manos expresivas con una perfecta manicura hecha a conciencia pero sin destacar; ropa cómoda para el viaje, señal de haber viajado mucho. El acento le modulaba el habla. Se desenvolvía con diligencia, discreción y habilidad, lo cual le daba un toque exquisito. En fin, cortas escenas de mi largo viaje con féminas distintas, disparejas e incomparables.
Cuando llegamos a La Habana y reflexionaba mientras el avión comienza a planear buscando la pista, pensé que aquel vuelo definitivamente había sido un vuelo de pocos varones, lleno de madres y hermanas, de amigas, de hijas, de esposas, y jóvenes como yo, que viajaban sin rumbo.
En la salida la gente se arremolina en la búsqueda de un taxi. Daymí, me dice adiós con la mano, acompañada del papá que le arrastra la pesada maleta. A Marisa la veo colgada de un hombre cincuentón de buen aspecto; pensé: ¡de madre! ¿quién sería un peligro para quién?; ella, desde luego, venía rompiendo. Y la señora que ocupaba el asiento lateral, aquella con la que no intimé, desapareció como un fantasma, una ilusión que existió solo en mi mente; ni la vi en la cola del pasaporte, ni en la cinta de las maletas, ni en la salida , ni en los taxis, ni en el parqueo.
A los cuatro días un titular en el periódico y una foto la traían a mi mente: “...la prestigiosa arquitecta cubana Daysi Zárate, llegó a Cuba después de realizar en Madrid colaboraciones artísticas en el panorama arquitectónico con una afamada corporación. Aquí asistiría a la conferencia programada en el Hotel Nacional; tema del acto: La renovación de algunos edificios de La Habana Vieja.”
IKEBANA
TERESA
La extraordinaria Teresa, ya hace años que franqueó el climaterio. Santa Bárbara le ha perdonado sus agravios hacia el destino. Tiene la edad de los años malos, ésos en que la mujer se llena de calores y de frustración, obligado ciclo en la vida de la hembra para “peliarse” con las hormonas.
No sé como revelar su vida. Ha sido la madre coraje que se ve en la películas aún sin haber parido. La más ahorradora: lo practica como si de una religión se tratase, inventando unos kilitos de ésto y lo otro para tener algo en la mesa; su mimado congelador vendió más durofrío que la fábrica Nestlé. Las halagadas, justipreciadas cremitas de leche, alimentan a los chamas del pueblo, y a los hombres del dominó. Así es, popular, amada y pobre.
Vive bajo el cielo de Madruga, un pueblo de campo de la provincia habanera: desteñido pueblo vigía de la autopista, duerme rasante, plano como un tablero de ajedrez; destruidas calles de polvo sentado en agua putrefacta, y excrementos de caballo. Predominan las casitas con tablones y vigas de madera como la propia bodega, ésas que una vez fueron señoras casas pero que hoy se caen a trozos, con miles de problemas. Y para ejemplo sirva un botón: el agua corriente, no corre sino cuando quiere, a expensas de la presión, y la abundancia; gotica a gotica cae en el cubo que ya es parte del baño, esa llave calamitosa que no se cierra nunca y cuando se rebosa sigue cayendo, como las cataratas de Soroa , en condiciones de indigencia, o como mis lágrimas.
Teresa ayer pidió prestado el mosquitero a su vecina Idalia. Se empeña en salvaguardar mi sueño en las noches despiadadas. Probé su humilde y sabrosa cocina que jamás ha visto camarones ni aceitunas españolas. Por ironías de la vida disfruté más que ella el Panda que ganó por ser ama de casa vanguardia, y viendo yo cada noche aquellas horribles “Violetas de agua”, la miraba y la volvía a mirar, anhelando su serenidad y existencia. Aún con miles de dificultades respira un aire de nobleza envidiable y “pedasitos” de optimismo que contagia a borbotones. Tal vez sólo esté motivado por mi presencia. Sabe mi otro yo que en esos días que la visito, se respira un presagio sin nombre en el aire: traduciendo diré que “sin ver, veo” como guarda en su closed y bajo llave todos los problemas y las incertidumbres, para arrinconar su macerado dolor.
“La niña de sus ojos” su hija de crianza, está de médico en Venezuela en el campo de Maturín, y aunque no sea de su sangre, se parece con ella; es flaca y alta, muy ocurrente y generosa en su profesión, conforme a todos los inconvenientes que ésto supone, pues la medicina no está fácil....
Teresa tiene un nieto postizo a su cargo: Sólo tiene cinco años, pero ya da mucha guerra y a veces se ve entorpecida en su cuidado, ¡quisiera darle más de lo que recibe la criatura! Ayer iba con él de la mano, y un carretón casi los acaba, se montó en la acera cerca de la Paladar de Cuquito; gracias al niño y el grito del bodeguero se desviaron del camino del atropello, pero ella, con filosofía cara, dice: ....pal´carajo, y se toma a jodedera toda la mala suerte que se le presenta. Cambia de palo pa rumba, en menos que canta un gallo, y se pone a “baldiar” su portal, con milimétrica puntería y exactitud, cantando “... que no me toquen la puerta que el negro está cocinando...”, entre el cansancio me espeta muy a lo cubano:
- Alabao, gallega - suelta entre sudor y abanicazos -, mejor hubiera sido nacer macho (se refiere al climaterio), y se echa una risotada que a mí me suena a gloria, como una de las grandes maravillas del sigo XX
Ahí es cuando me dan ganas de zarandearla, acabando en un abrazo eterno, y tener con ella horas y horas de risa boba.
- ¡Pero caballero, miren que ésta Yara es cómica!, le oigo decir mientras me alejo.
La llamo todos los meses: Sigue igual, independiente en su rutina abnegada, y es que mi amiga ciega se desliza por su casa con un aprendizaje perfecto, y en secreto, como artista que tantea en un trozo de barro invisible, viste la rutina con sus manos.
IKEBANA
SIN DESPEDIRTE.
Al fallecer mi suegra me tocó a mi la triste labor de recoger sus cosas.
Insegura y confusa, en un minuto me vi rodeada de sus pertenencias personales, cajones llenos de fotos, de papeles, y lo más llamativo de todo era con qué meticulosidad había guardado año tras año las tan preciadas tarjeticas del Día de la Madre; no faltó un año, no faltó un vecino cercano al que no le dedicara feliz día.
Con cuánto detalle ella guardaba en sus nylon las citadas postalitas, muchas de ellas repetidas en la imagen pero diferentes en si por la dedicatoria.
Cada vez que abría un sobre me sentía invasora de su intimidad, y es que ella lo guardaba todo; aquello que le supusiera sentimiento lo atesoraba: las notas de colegios de los hijos, las felicitaciones de cumpleaños, las largas cartas de la familia del norte, en fin, esa extensa colección de fotos que suman toda una vida y su trayectoria.
Mi suegra cubana, matancera, fue sensible, noble, madre por encima de todo. Crió a dos hijos quedándose viuda muy joven. Jamás vi unos hijos tan atentos con la madre, jamás vi tanto apego; un amor en silencio a veces porque ella era muy cohibida y tímida. Fue una mujer penosa, callada, pero de esas mujeres que se recuerdan como amiga inigualable, de las que se visita después de los años y siguen siendo las mismas y te siguen tratando igual.
Mi suegrita, aún muerta, vive dentro de nosotros pues todo lo que tengo me recuerda a ella; tengo a su hijo y a su Cuba, tengo la herencia de su última semana, cuando nos sentábamos en la entrada de la casa a hablar hasta las tantas de la noche.
Si alguna vez por los lazos de esta inexplicable existencia ella me pudiera sentir, me acomodaría a su lado como tantas veces y le diría todo aquello que nunca le dije, porque a veces uno ve las circunstancias tan evidentes que piensa que son así por naturaleza y que todo nos lo merecemos, y no es así: el cariño viene en pomo pequeño, y no es fácil que exista de forma sincera. ¡Cuánta alegría me regalaste, y de que manera....! Me abriste tu casa de 30 metros cuadrados, dejaste la puerta abierta y me diste en la mano, Caridad, la llave para aprender de los demás, un día sí y otro también.
Si te volviera a ver,
por monumento mis ojitos,
mis pies nuevos en tu paseo,
aquel veinticinco de marzo
pariste entregada
un porvenir incierto.
De parques todas mis huellas,
en la azotea de tender,
decisiones y respeto crónico,
espacio de confidencias ciegas.
Entre casas nuevas, vigas, madera,
la vega y el ganado
en silencios de calidad,
y campos de clorofila transparente.
Tus manos, dueñas del tiempo,
llenos y pausados los pasos,
sin cuentas pendientes, fiel,
orgullosa de tu espacio,
triunfas y la vida, mira...
porque te has ido sin despedirte.
IKEBANA
PIES AL DESNUDO.
- Querida, no sé cómo decírtelo. Lo nuestro ya no tiene razón, la chispa no existe, se ha ido muriendo como las estaciones. Yo no puedo vivir como una percha en tu armario, no puedo seguir siendo un cero en tu vida. Quiero el divorcio.
- Quisiera decirte tantas cosas, dice ella pero sólo acierto a decir una: si te vas es por que no me amas y yo no puedo retenerte. Lo que comenzó siendo una maravilla es ya una rutina completamente olvidada, así que ve, márchate, no olvidaré fácil, pero también tengo mi orgullo y no pediré que te quedes.
A los tres días, recogió su ropa y de lo demás se encargó el abogado.
- Adiós Nuria.
- Adiós Julián.
Tres años más tarde:
Nuria trabaja en una tienda de ropa infantil. La cadena es muy conocida a nivel nacional, pero ella solo es una dependienta más.
Hacía unas semanas se había enterado de su suerte, de su poca suerte. Finalizaba su contrato y no había renovación, aquello olía a cierre de empresa. Su compañera de trabajo Inés y su hermana se iban de vacaciones a Cuba. A decir verdad, ellas tenían una idea frívola de aquel viaje, llevaban un mes pensando en qué ropa llevar y donde alojarse, y no le convencía mucho la idea de compartir viaje con muchachas tan incompatibles con ella. La pérdida de su trabajo no la había entristecido, al contrario, sentía perder un peso de encima, la rutina de vestir a mujeres embarazadas y unos bebés igualitos a ellas. Nuria, a pesar de no comulgar con el carácter e ideas de sus amigas con el carácter y las ideas de su amigas decidió sumarse al viaje, gracias a carecer de problemas económicos y respaldada por la cuenta que la había dejado su acuerdo de divorcio. En dos días se lió la manta a la cabeza.
Las prioridades eran distintas, a ella le daba igual qué ropa llevar, el hotel y la temperatura que hiciera en La Habana. Digamos que era un éxodo a ninguna parte, un vacío por llenar, esa cuenta pendiente que les queda a algunas mujeres divorciadas: el aprovechar el tiempo y vivir lo que no vivieron de casadas. Ella había sido la típica en su condición de mujer divorciada, aunque no todas “usamos el mismo medicamento”.
Al llegar a La Habana fue como una bocanada de lucidez. Inés y Gloria, lejos de controlar su equipaje en la aduana, les bailaban literalmente a los morenazos que pasaban por delante, como dos escapadas de psiquiátrico que se desbocan, igual. Ello fue suficiente, - presintiendo la bacanal de desenfreno que le querían contagiar -, para que nuestra Nuria pusiera pies en polvorosa. Al salir comentó a sus amigas que ella se iba por su lado, que no le apetecía conocer la Cuba turística y que se planteaba conocer un poco más la verdadera existencia del cubano de a pie.
Después de haber soportado las recriminaciones de sus acompañantes, las vio partir y esperó su turno para el taxi. El encargado del transporte le peguntó:
- ¿ Y usted para dónde va?
Sin pensar dijo:
- Realmente no lo se.
El encargado la miró a los ojos y le preguntó si se encontraba bien, si tenía algún problema en el que él la pudiera ayudar.
- Sí, me puede usted ayudar en algo. Lléveme a un lugar donde dormir, pero no quiero hoteles, ni lujos.
- Mire señora - dijo él asustado -, si usted no se siente bien, vuelva a la terminal del aeropuerto, que el médico de guardia la atenderá. ¿Usted quiere que yo la lleve?
- No, no hace falta , estoy muy bien.
Tras explicarle al señor sus intenciones y asegurarle que no estaba loca ni era un peligro andante como su rostro le hacía expresar, el hombre la entendió bien, llamó al taxista y le dijo:
- Llévala a la calle 33, a casa de Ana y Máximo, dile que vas de mi parte y que la hospede esta noche allí , que mañana yo los llamo.
Allí estaba en el lugar más típico de La Habana, el más fotografiado. Llevaba tres días viniendo al malecón, se quitaba los zapatos y andaba largo rato hasta que desaparecía la tarde. Después se sentaba mirando hacia el mar, esa agua que miran tanto los cubanos, buscando respuestas.
- ¿Por qué has dejado morir tu matrimonio Nuria? ¿En qué has fallado? Ella amó profundamente a su marido, lo quiso como a nadie, y lo perdió también como a nadie, sin ruido, en amistosa retirada ¿.Quizás sea, Nuria, que no supiste darle lo que él necesitaba?, cariño, comprensión, sexo, ¿quizá no supiste estar la altura de un amor así? A sorbos se iba tomando la malta que comprara en el Rumbo de enfrente. Para un agrio momento la malta era ideal, le bajaba por la garganta como si fuera un caudal de caricias.
- ¿ Donde dejaste tu autoestima ?¿En qué apartado lugar la perdiste?
Los carros que circulaban por la calle del malecón le pitaban al verla descalza. Ella, de espaldas, levantaba los brazos en alto con la sandalias en la mano, en señal de victoria, en señal de superación. Un hombre de azul se le acercaba cada tarde para pedirle identificación y ella enseñaba su pasaporte:
- Ah, extranjera, española ¿ Señora, y usted qué hace descalza de esta manera? ¿se da cuenta que altera el orden público?
- Mire usted, yo no soy capaz ni de alterar la rabia incontenida que tengo, no se ni cómo encauzar mi vida, que más será alterar a los demás! Pero si andar sin calzado es un motivo para que se afecten, haga lo que crea conveniente.
- Visado, enséñemelo.
- No lo llevo encima, con mis propias limitaciones y mis fracasos ya tengo bastantes fechas, no me pida usted que lleve arriba, un visado para acortar más mi tiempo y mi espacio, - y terminaba sacando desde muy adentro una simpática sonrisa al policía y éste se daba por vencido.
En esos días, Nuria se mezcló entre los cubanos como si lo hubiese hecho toda una vida. Se lavó echándose agua con un jarro, comió congrí y tamales, sudó la gota gorda en un camello, compró en el agro, esperó la guagua tres horas, caminó más de la cuenta, bebió chispaetren con Tucola y jugó dominó. En fin, vivió en la piel de otra mujer, pero como un sueño todo tenía su final y llegaba la última etapa del viaje. No tenía grandes respuestas a sus incógnitas, aunque se sentía fuerte para comenzar su nuevo andar. El mar cubano había sido su más ameno interlocutor. Se habían confiado mutuamente los secretos, los errores y los proyectos futuros. Ya eran amigos íntimos. La brisa del océano y el salitre fueron fieles espectadores.
El último día fue a despedirse, se descalzó y caminó, los pies le ardían sobre el cemento, los carros chiflaron una vez más... quizá deseándole buen viaje. Ella les seguía dando la espalda.
IKEBANA
ORGULLOSA Y GUAJIRA.
Si yo hubiera nacido en Sagua de Tánamo, no sería más guajira de lo que soy. Me gusta el olor a campo, a tierra mojada, al silencio de un sueñecito bajo un aguacatero, y la compañía de cualquier clase de animal, menos los humanos en algunos casos. Y como me preguntan siempre, por qué prefiero el campo de Cuba a la ciudad que la mayoría ansía habitar, se los voy a explicar de la única forma que sé.
En Alquízar, el domingo había una matanza de puercos, y yo estaba allí pa no perderme na del vacilón. Lo de menos era lo que iba a almorzar; la vieja Luisa, la pobre, sin yo saberlo, buscaba que darme de comer. Ella no sabe que yo no me paro a mirar nada de eso, y lo que me gusta es empaparme de lo verdadero, de la forma de ser del cubano y el corazón con que te da hasta lo que no tiene. Claro que hay hijoeputas, ¿pero de ésos pa que voy a hablar si no saco nada en concreto y me desadornan el cuento?
Nada más llegar a casa de Luisa me descalzo, tengo que sentir la tierra colorada en mis pies: en ese momento levanto la veda al churre que pueda pedir paso. Entre mi pelo rizado y mi plante guajiro, nadie diría de donde soy. Nadie lo pregunta, quien no me conoce, lo obvia, y yo lo agradezco, pues mi gusto es pasar desapercibida, o que alguno se ría de mí, diciendo “miren a la camagüeyana cómo se porta, no puede negar el acento...”, y yo diciendo para mí, sí, camagüeyana de bien lejos, ¿oíste? Mi acento canario, tal vez por los tantos y tantos paisanos – hasta de mi propia familia – asentados en Camaguey, lo han confundido más de una vez con ése deje particular.
Al final del día, con la pereza que me da tener que enchancletarme, y ponerme decente para La Habana, jajaj veo como la vieja busca una palangana con agua y jabón para ponérmela delante, con el propósito de que me lave. Viene con una toalla y todo, y me siento derrotar el sentimiento, el corazoncito se me hincha y me recuerda a mi abuela.
- Mire señora Luisa, no se preocupe y olvide esa idea con la que me viene. Busque un trapo viejo inservible para secarme, que yo me voy para el estanque de riego y allá me voy a lavar.
Si ustedes me hubieran visto bañarme en aquel lugar, hubieran dicho, coño, a la gallega le dio fuerte. Pero es que la gallega es feliz con poca cosa.
Al regreso para La Habana, dentro del carro hablan de lo cansadísimos que están, y como fulano y mengano hicieron ésto o lo otro y de cómo tenían el cochiquero aquel, y que por cuánto vivir en el campo, para un día sí, pero no por más tiempo porque una se embrutece, explicaba Adita Perdomo... Y yo me remuerdo por dentro, porque me crié en un campo y se que lo más auténtico que tengo lo aprendí allí de mis abuelos, campo al fin y al cabo, aunque al otro lado del Atlántico, sinónimo de comienzo de vida, y de raíces.
- Mira Adita, no hables boberías que eso de embrutecerte sólo pudo salir de la boca tuya, no seas tan majadera... ¡Vaya, contigo no hay tregua!, en vez de dejar el chisme allá en la cuadra, vienes con él hasta acá, y sigues hablando mierda hasta de la gente que te ha dado de comer.
- Ay gallega, no te fajes conmigo, ya tú sabes...
- Yo no sé nada chica,, fíjate en mi y aprende lo poco que te puedo enseñar, que no lo es todo el dinero ni la pinta de la persona y que a menudo el que presume de lo que tiene, carece en el fondo de ello, y la gente de campo es la más noble de Cuba, le pese a quien le pese. En La Habana hay gente buena pero muchos se han convertido en marañosos con tremenda chispa pa todo. Además, te digo algo, pa que sepas... Arnaldo, para el carro, que yo me vuelvo a Alquizar. Vayan ustedes pa La Habana, que me voy a “embrutecer” acá unos días más.
Me bajé del carro con la única compañía de una jaba de nylon donde llevaba algunas cosas.
- Gallega no seas tan terca y vuelve a subir al carro, ¿pero quién te va a dar una botella con el churre que llevas arriba?
A los diez minutos una rastra cargadita de gente me paró y un hombrón que me doblaba la estatura me subió como se sube a un muchacho, de las dos manos, y hasta arriba, jajaj gracias que yo peso poco; se lo agradeceré toda la vida.
No me importa que mis compañeros de viaje me tacharan de caprichosa: la razón de aquel comportamiento fue en honor a mis abuelos, que desde algún lugar seguro aplaudieron mi jugada.
Sucedió un domingo de mayo de 1989
IKEBANA
PASEANDO POR TUS AÑOS.
José Palacios era asturiano; regentaba un negocio de venta de muebles finos para el hogar y la oficina: “Casa Larín”. El local estaba en la calle Ángeles numero 6, en La Habana. En la puerta de entrada colgaba una cajita a modo de buzón donde se podía adquirir la tarjetica del negocio, con dirección y teléfono: A- 1810, una descripción corta pero llamativa, que resaltaba la frase “Alquilamos sillas de tijera para toda clase de fiesta. Facilidades de compra con absoluta reserva”.
El señor Palacios se había casado en 1934 con la señora Águeda Santamaría. Celebró su boda en el Hotel El Central.
Está claro que esta nueva familia no era de clase baja, de una mediana burguesía de esos comerciantes que comienzan de cero, pero que al hacerse con dinero también adquieren la clase, y ya no se llaman Pepe sino Don José.
La esposa, Doña Águeda, se ocupaba de llevar la casa con el servicio de tres personas mas: el ama de llaves, una mujer gorda ya entrada en años; la cocinera de unos veinte años, hija de isleños, que por alguna razón aún no se había casado, y el cochero, un mulato de Mayarí, quien había llegado a La Habana en busca de recogimiento. Por las tardes la señora de la casa daba clases de piano y de solfeo en su domicilio; de ahí su afán por tener la casa siempre impecable.
A los dos años llegaría su primer y único hijo, Francisco Palacios Santamaría.
8 de diciembre de 2004.
En la cola nocturna del Consulado español, quien me precede es un señor mayor. No podría precisar los años, pero bastantes, demasiados para estar en una cola tan sufrida. En aquel hombre vi un individuo pobre y deslucido, de aspecto elegante por su altura, pero miserable por su delgadez extrema; un rostro manchado de golpes con el mismo día a día, y de arrugas divergentes, sin saber bien por donde acampar, si en las comisuras de una risa que no se siente, o en las patas de gallo de unos ojos con espejuelos que ven bien poco. Era difícil entender cómo iba a pasar la noche aquel abuelo, contraído por sus dolores, sin más almohada que la artrosis de sus manos. En una de tantas ocasiones, le lancé la pregunta:
- Abuelo, ¿qué usted hace aquí, no tiene algún nieto que le haga la cola?
- No niña, yo no tuve hijos y no tengo nietos. Estoy aquí por la ciudadanía, mi padre era español, de Asturias. Yo la verdad no quiero irme pero si consigo arreglar una paguita pa ir tirando ya con eso me conformo. ¿Qué va a hacer un viejo como yo fuera del terruño que lo vio nacer? Yo tengo mucho de gallego pero nunca he pisado esa tierra, no se si me queda familia. Eso sería una alegría pues acá no tengo a nadie. Me casé muy joven, con veintitrés años, y mi esposa nunca pudo darme un hijo. Tuve un negocio de venta de muebles que heredé de mi padre. Hace como quince años mi esposa y compañera me dejó para irse con Dios; le entró una enfermedad de esas que se va la gente en dos días. Vivo en El Cerro; mi casita es pequeña pero por lo menos voy tirando. Espero poder resolver mañana, porque llevo ya un tiempo en esta historia de papeles, que ni que pa`que. Mira, hoy traigo por fin la fe de nacimiento de mi padre, la pedí por correo a Oviedo, en Asturias, allá en España. Mi padre se llamaba José Palacios....
Pasé la noche hablando con él y por momentos olvidé a lo que yo venía. Fui espectadora de una película más real que el mismo aire.
Me alegré al siguiente día cuando me dijo:
- Mira, niña, por fin, ya puedo decir que soy gallego. De algo me ha servido lo de atrás, y ahora me voy pa`l Centro Asturiano. Por allá tengo que resolver una jabita aunque sea.
Vi alejarse a un trozo de historia, a unos zapatos ajados de andar y de vivir, la última sonrisa quizá de un hombre ilusionado.
IKEBANA
“La imaginación nunca se sacia;
tiene por cárcel todo el universo.”
Benjamín Jarnés.
OLORES PARA UN COLIBRÍ
Amigos, se me acuartela una dulce sensación en el estómago cada vez que en la calle una moto vacía su escape cerca de mí. Ese olor a carburante “bendito” me traslada a La Habana en vuelo directo, y sin ninguna parada ni tránsito me veo en mi cuadra, justo en la esquina de la bodega, rodeaba de la gente que conozco y a la sombra del mismo framboyán de siempre.
Siento como el olor de las guaguas acamelladas consume todo a su paso, aroma mezclado con sulfato de sidecar rociando los contenes rotos. Sin remedio, identifico el territorio más por los olores que por cualquier otra particular característica.
Quizá otro alguien, en mi lugar, se hubiera espantado con la pestecilla a luz brillante que despidió aquel ciclomotor, pero yo, masoquista perdida, cerré los ojos y como si fuera éter, viajé a mi reparto. Me vi sentar en el muro de la entrada de Casa Marito, y lo mismo que una película vi circular todos los carros del reparto por mi mente alquilada.
Ahí va Polito con el Buick de su tío Alfonso; por allá chifla Andy, otra vez empujando el Chevrolet; en la loma frente a la relojería, parqueado espera Yosbel a su jeba, brazo fuera colgando de la puerta, Marlboro en la boca, y cristales oscurecidos (vaya, Marlboro y con fulas pa gasolina, ¿en que andará metido?, esto no huele bien).
- Dale mija, entra que es pa hoy, le dice a la noviecita.
Un poco más allá, María Victoria espera la guagua; se le hace eterno. Lleva en eso casi dos horas; a este paso se le va a ir el domingo y sin salir del reparto. ¿Por qué demonios sus hijos vivirán tan lejos? Aunque son ya dos padres de familia aún están agregados en la casa del papá. Ella no quiso permanecer allí después del divorcio y vive con su tía Mercedes en La Palma. El que había sido hasta ese entonces su domicilio era un caserón grande de los que recuerdan a la colonia, de un portal inmenso y ventanales hasta casi el mismo techo, la envidia de todos lo que lo frecuentaban. La propiedad estaba medio dividida, y para mejor entendimiento, cuando ella llegaba por la puerta haciendo la visita, el padre de su hijos salía echando para El Wajay, a casa de su hermana. Así, hijos, nueras, madre, tenían el campo libre los domingos, única condición que ella puso antes de marcharse. De este modo las visitas serían pacíficas y no habría reproches ni malas caras pues el padre se había vuelto irritable y puntilloso a medida que se hacía más viejo. Una vez por semana María Victoria le daba vuelta a sus hijos, a la familia; su nuera Anita le hacía la manicura y aprovechaba para conversar de lo acontecido en su antiguo reparto, mientras ella estaba ausente. Era una gran conversadora.
Por fin llegó la guagua. La mujer resopla cuando se fija que viene repleta de gente... agarra la jaba de tomates maduros para hacer puré - no sea que se la fueran a prensar - y se prepara firme como un soldado, para batallar un huequito en la esperada guagua. Nada más abrirse la puerta el conductor, con dientecito de oro y talante recio, espeta con la poca gracia que tiene quien no fue nunca su pasajero:
- ¡Tres!
- ¡Arriba que se van tres! - repite acalorado. En un santiamén los dos primeros estaban montados y ella que era la tercera, hablaba pa sus adentros, y encaramaba el pie en el primer escalón: ya me voy.. ojalá.
A empujones entró y después se cerró la puerta con una velocidad que si le coge una pierna está rehabilitándose para los restos.
De repente siento como si algo se hubiera posado en mi espalda: pensé en un colibrí, sí, lo imaginé.
Por segundos reconocía la imagen borrosa de una señora que me tocaba el hombro. Era mi madre y me estaba preguntando que yo hacía plantada diez minutos en la puerta de su casa sin tocar al timbre. ¡Cualquiera diría que soñabas con Cuba! Yo sonreí.
IKEBANA
MI ÚLTIMO DÍA.
En mi último día en Cuba, antes del regreso, jamás he podido “echar nada a mi estómago”. Es el día de las despedidas, del no saber en cuál mecedora balancearme, en que esquina del edificio sentarme a ver llover esas gotas densas y huérfanas a veces; es el día de meter dos o tres cosas en una maleta pequeña y ésta a su vez en otra grande; son las horas de llamar más de tres veces al señor del carro para que no se olvide; son los minutos de memorizar cada instante, ansiosa por no saber cuando volveré de nuevo, los segundos de entregar lo último que me queda, las chancletas, el champú, el suavizador, el resto de la pasta de dientes, y las dos mudas que al principio dejé para mi...es como una ceremonia donde mi corazón hierve como si fuera un cocimiento de caña mexicana. Esto no es un acto de propaganda emocional baratica. Para quien no me conozca, diré que no presumo nunca de lo que hago, pues no siempre lo hago correctamente. Por eso, callo, me limito a actuar según impulso, un poco como los locos, un poco como los ignorados...
Mi amiga Maité ha hecho hoy con mil trabajos, aún con su mano operada, unas pailitas de atún, especialmente para mí y por consigna de la cuñada de la presidenta del CDR, que vende las laticas. Mi amiga sabe que yo no como carne (eso es la historia de un trauma infantil que no viene al caso, pero que ya dura más de veinte años; los animales han sido mi debilidad, me crié en una granja con mis abuelos, y amo a algunos más a que a algunos miembros lejanos de mi familia) Por eso mi amiga, la atea, la incrédula, la que fue un poco paticaliente, la sensiblona y luchadora, inicia la búsqueda renqueante del atuncito por las “semichoping” instaladas en el barrio..en las casas más “dignas”. Pero ni aún las pailitas he podido masticar coño, con la meticulosidad y buen deseo que fueron hechas, tostaditas y como tantas veces comí, riendo y chivando en la sala comedor de lo que en tiempos de período especial fue bodega improvisada y otra vez... el vómito me viene, como un orgasmo indeseado, (y perdón por la comparación, pero no hallo otra en este momento..)
En esto oigo un grito del patio bajo, desde donde cada mañana suele llegar la fidelidad marujona de Radio Reloj, mi despertador voluntario y matutino..el que me embelesa y me arrulla, a modo de cómplice hamaca.... Me viene a la mente ese despertar mío tan vinculado con la música guajira:“... Píntate los labios María, píntate”. Ay Dios!, nada más abrir los ojos, Eliades Ochoa sube galopando, por el patio interior de Yadira, el olor a café colado entra por la ventana de hierro. Parece que los “pajaritos” de atrás se están entregando a la mañana; los veo de completo ritual, dos amantes coetáneos de su santa santería, adaptables igual que la necesidad de los que tocan su puerta, iguales que un chicle, con tremendo sabor al principio y después ya ná...
Unos gritos lejanos, me traen al presente...
- Maitéeeeeee, ¿cuándo se va la gallega?, - grita Isabel “la juguito”, y no es que la pobre tenga cuerpo para degustar como el jugo, sino que se dedica a hacerlo todos los días, bien de naranja, de frutabomba, mango, guayaba etcc..
- Un mes de sol y humedad, juntando pomitos chicos, pa´que hoy venga mi mala suerte y no haya azúcar...ni un jodido poco de la prieta. Enseguida pa la calle, a resolver alguien que la venda, la fruta está en el frío y eso no se puede echar a perder, de ninguna manera!, que fueron dos viajes seguidos al agro de Tulipán, ni muerta yo dejo de hacer hoy el juguito! Mira.. aunque sea de tilo seco, por Santa Bárbara bendita...
Si hubiera posibilidad de borrar del calendario el último día, firmaría ahora ese compromiso, yo con Dios y Dios con quien quiera, ese sería mi pacto, mi vital pacto allá donde esté...
Mi nombre no importa, porque sólo es un nombre más, tengo la edad de dos matrimonios y el despertar de la nostalgia, quizá suene a cursi, pero es así.
Yo como algunos, también me refugio en mis noches de recuerdos, en mi almohada llena de baches, y en mi colchón de retrincadas alambradas, y todo eso es, lo que me hace sentir viva, en éste mundo que dicen es capitalista. Yo no entiendo nada que no sea sentido como un colador, por mi pechito chico y grande al mismo tiempo, por eso sólo escribo sobre sentimientos, y aún así ni escribo.. sólo pongo palabras de mi boca en un trozo de papel.
El momento crudo de irme se decide, porque llega el viejo Roberto “Lada”, apodado así porque no se separa de su carro ni pa´ dormir. Lo aparca debajo mismo de su ventana y si pudiera le pasaría el brazo por encima igualitico que se lo pasa a su esposa, (pobre del que se atreva a poner su ojos en ese trocito de chatarra lindísima). A la hora convenida se planta abajo, frente al edificio de paredes desconchadas y grises. Intento mi retirada deprisa para que nadie se percate de que emigro, no imagino que todos están pendientes de mi partida fingiendo como que no se dan cuenta pero mirando por el rabillo del ojo, olvidados de la pelota o de la novela. Pero si sólo soy otra más que se va, porque esa expectación, ¿será el aburrimiento, será el cariño,o el “chisme”?; ¿quizá sea porque de verdad me aprecian?
Yo, evitando que me sigan, y cuando voy a ver, resulta que tengo la cuadra entera detrás de mi. El nudo se vuelve más gordo y hasta que mis nalgas no caen en el vinil negro del carro, no respiro; sigo sin mirar, sin reír el entusiasmo del chofer quien ve normal mi partida. Èl no se imagina el dolor que esta españolita se lleva para Europa.
De camino a mi casa, el trayecto me da sinceramente asco, un asco rabioso por no tener en mi mano la varita del tiempo del espacio y poderme desplazar a mi antojo por el mundo; uffffff vaya ideas más ilusas. Me viene a la mente, ¿cómo se me ocurre? Es que yo he vuelto a la niñez, o es que la niñez ha aflorado de repente en mí. En fin que no supero ese vómito hasta mucho tiempo después, cuando me robotizo y vuelvo ser la que nací hace años, dejando en un ladito de mi ser, la que he conocido cuando piso tierra cubana, esa mujer diferente, que tanto enseñaría a esta que conozco hace tantos años...
IKEBANA
LAS ORQUÍDEAS NUNCA TE VIERON.
“La Dependiente” me psicoatrapa.
Acompañé a Marilin aquel día en que se levantó con veinte libras menos en el espíritu y tremenda ansia de Amitriptilina y Diazepán. Dos abandonos seguidos, no es fácil de digerir. Sus maridos se habían rendido ante su melancolía, ¡y es que yo se lo decía!:
- Tienes que ser positiva y no darle vueltas a tus penas, ponte pa´tu marido, y deja que toda esa manada de mantenidos que tienes dentro de la casa, que viren para otro lugar..! tu has hecho tu parte, y tus hermanos están mayorcitos...¿Cuánto más los vas a seguir manteniendo?
Pero ella, empeñada en que en una familia cubana donde comen dos comen diez.
Es una mujer trabajadora y de eso se aprovechan algunos. Creció entre Jagüey y Cárdenas. Al faltarle los padres desde temprana edad, los cuatro hermanos se repartían por temporadas en casa de los abuelos por un lado y de los tíos en otro. Su infancia fue destructiva total. Aprendió a arrepentirse siempre de sus actos antes de promulgar consecuencias. De lo flaca que era, le decían “machito”, y su falta de zapatos delata hoy sus carcañales deslucidos. No tuvo celebración de los quince, porque no había ni pa` comer, y a pesar de estar toda la vida en la lucha, hoy sigue teniendo la misma estampa, en La Habana, pero rubricada por su imborrable pasado.
Allá en su campo, no había más que una vida rudimentaria y sobrellevada, casas desguarnecidas y un millón de sueños. Estudió Ingeniería en la Universidad de Matanzas; resistió las becas, los veranos, los fríos, y disimuló su melancolía. Hoy es una mujer alta, de cuerpo estilizado y su rostro está como zurcido por la mala suerte. No tuvo noviecito en la escuela; su primer amor apareció en la Universidad. Duró lo que dura un curso y unas cartas. Conoció a su primer marido en el trabajo: era uno de sus compañeros pero, para no extenderme, les diré que la rutina y la pereza acabaron con ese matrimonio. De aquella unión quedó Haidée, su hija de diez años, tiene Síndrome de Down, es una criatura hermosa por dentro y por fuera. Con ella la suerte de Marilin llegó pintada de un color arcoiris inmenso, esa ha sido su insuperable lotería.
Marilin estuvo hace once años en Checolosvaquia, y ésa ha sido la anécdota de todos sus momentos bajos: “mi amiga, cuando yo estuve en Checoslovaquia, no paré ni un minutico, estaba hecha una pasentina, si tú me hubieras visto en ese entonces, na que ver con la que soy ahora...”
Viendo su estado de alteración, decido tirar con ella para la consulta de su doctora. Después de dos “botellas” casi seguiditas, llegamos a “La Dependiente”, yo agarrándola del brazo, pues al cruzar el “cuchillito” temí que un motor se la llevara por delante; los pies se le iban solos y no hablaba más que de la vida, lo perra que es, y que a sus dos maridos se los llevara el diablo. El segundo había sido un amor a primera vista, ella se había enamorado de verdad, pero terminó todo por desavenencias familiares, ella y su suegra no se llevaban bien, y el hijo al final se dejó llevar por los consejos de la madre. Con ellos sólo demostró la falta de personalidad que tenía, y por supuesto la ausencia de apego, de amor y cariño, la dejó de un día para otro, agarró sus cuatro cosas y las metió a “la cañona! en un maletín, rumbo a Cojímar.
Yo la miro incrédula, con todo lo que tiene arriba y le ha dado por venir con tremendas “pullas”:
- Dime , ¿pa qué te pusiste esos zapatos altos?
- ¡Ay, gallega!, yo con esta situación, no sé ni con qué voy caminando. ¡Esta locura me tiene alborotá! Yo recordé que alguien dijo que el amor y la locura son dos duendes que andan juntos, y era verdad, yo andaba en ese momento con una pila de duendes arriba, debajo, dentro...
Había tanto calor, que llegar a nuestro destino se hizo interminable, me faltaba el aire, no solo tenía que tirar por mi cuerpo, sino también de uno mediomuerto que llevaba al lado. En esto, un “ espabila`o” nos sigue, y como si yo fuera la misma Amanda, esa adivinadora de la película, intuyo sus intenciones. Un tipo de unos cuarenta años, bien vestido aunque de semblante gastado, así lo vi cuando se puso a nuestra altura, estaba con la mando en su entrepierna, ansioso por enseñarnos a mi y a la desequilibrada su miembro viril. Solamente me faltaba verme metida en este relajo. Si en ese momento me pinchan, no suelto ni gotica de sangre.
Me viene a la mente un cuento que me hizo Olguita. Fue un domingo caliente y achicharrado de otro agosto, de los que no se olvidan fácil. Ese día cuando llegó a la casa me contó lo que le pasó y yo, entre pena y risa, admiré ésos prontos que tiene la mujer cubana. Sucedió en el “camello”, justo dejando atrás la parada de Cuatro Caminos. Se le pegó un negrote detrás, el camello repleto, y ella al rato siente el bulto del “mandao”. Cuando se vira y mira, ve que “aquello” estaba todo afuera, y ésta otra loca amiga mía, le suelta al degenerado lo primero que le viene a la mente:
- Mira, ¡peazo´e cosa, recógete, y aparta eso de ahí, del lado mío, que el horno no está pa´galleticas! ¡Lo último que me faltaba era que me llenaras de “leche” la única saya limpia que tengo!.
La pena que pasó el hombre en aquel camello, no se compara con la carcajadas que se oían incluso ya cuando ella se había bajado en su parada, allá por ...... No me extraña, Olga trata a la vida así, de una forma directa y a veces descarada.
Pero como la locura, a veces, también es buena consejera, mi amiga dentro de su estado de evasión aparente, me tira del brazo y me bota literalmente al lado contrario del contén, desviándonos de nuestro camino pero evitándome el vómito de ese día. Gracias a ese empujón y al Santísimo nos libramos de un apuro como el de Olguita.
Llegamos por fin al edificio que alberga Psiquiatría. El portón lleno de colillas hacía presagiar mucho desespero. Su doctora no estaba en la consulta, pero si otro doctor jabaíto, con cara de esas que sonríen por sí mismas, sin expresión muscular forzada.
- A ver, señora, pase.Y así estuve allí, esperándola veinte minutos, sentada en una silla de madera unida a otras tres que no tenían respaldar. Recé a un dios en el que no creía, enumerándole a diosito cuántos casos pendientes tenía ya en mi cuenta particular.. Y es que yo, para creer en él, le había pedido respuestas, y jamás me las había dado. A mi alrededor seguían los mismos problemas, mis seres queridos seguían “escachaos”, y yo incrédula como siempre sin una señal suya.
- ¡Dios, si existes, haz que ésta loca no se vaya más para el piso, dale un empujón, y mándale un marido que le dure pa los restos! y a mí déjame respirar .
La cara de Marilin al salir se había transformado. Parece que la terapia balsámica del doctor le había hecho efecto, y prometía durar un rato más.
- Gallega, ahora tenemos que buscar la medicina... y el médico dice que no ha entrado.
No les voy a contar el calvario que fue esa búsqueda, pero si les digo que como a las tres horas, con cincuenta pesos, se resolvió la cosa... Mientras caminábamos hacia la parada de la guagua:
- Tengo los pies desbarataos...decía, aquel último día que hablé con ella.
Por eso cada mañana cuando voy al trabajo y recorro el mismo camino , no hay pretexto para no llamarte en mi memora, recorro la avenida pensando en ti, recuerdo aquellos días que estabas con nosotros, las largas caminatas a ninguna parte, tu risa, tus rulos por la mañana, aquel programado viaje al Botánico que nunca se dio.
¡Las orquídeas nunca te vieron!
Tu último viaje, el que atravesó el mar, acabó con lo único que te quedaba de existencia; sin saberlo estabas cambiando el deseo de ver a tus hermanos después de veinte años por una semana de vida.
Nos dijiste adiós en la distancia, había sido el segundo y definitivo viaje. Si lo hubieras sabido, quizá no hubieras subido a aquel avión, no se sabe...quizás sí.
Aún creo que regresarás, siento que no estás muerta, que fue un error del destino, y que cualquier día miraré y estarás durmiendo en la mecedora o lavando la ropa en tu vieja tina, haciendo rico dulce de frutabomba los domingos para Haidée.
A la memoria de Marilin.
IKEBANA
“ La fe en valores absolutos, por ilusoria que sea ,
me parece una necesidad vital”.
Thomas Mann
LA PASIÓN DE ÁNGELA
Tuve a Indira con neumonía en el hospital, - me dice Ángela en una de sus cartas -, pero Nora me regaló unas tabletas que tú mandaste el año pasado para botar las flemas y se las estamos dando. Yo estoy con la barriga en la boca, me falta poco para parir, salgo de cuentas el día cuatro, quizá antes de que leas esta carta. Es otra hembra, otra sobrinita más pegaá que algún día te halará para que le compres galletica dulce en el Sylvain de Santa Catalina.
Conozco a Ángela desde hace casi diez años. Vivíamos en ese entonces en Guanabacoa, cerca de la Refinería. Ella era una niña y yo adolescente. Nunca tuvo interés por el estudio; hago memoria que era bastante débil e influenciable. A los dieciséis años se echó un novio de la iglesia pentecostal, Gustavo. Lo conoció en la escuela al campo, y con él se pasaba los días de la secundaria en la azotea del edificio, haciendo papelitos con el dibujo del dólar, con la confianza ciega de que su Dios iba a hacer un milagro y se los iba a multiplicar por quinientos, que era lo que les costaba la boda. Ya a esa edad se querían casar, y jugarle la mundial al destino.
Su madre la dejó por boba e incorregible, y hasta pasados los veintidós que se aburrió de creer en las musarañas y de hacer dibujitos de dólar, regresó al mundo. Alguna vez me ha hecho los cuentos de Gustavo, pero jamás saca a colación su “época espiritual”. Me mira y se sonríe; se arrepiente de aquel error que sólo le dio la pérdida de una edad preciosa y de los estudios que nunca terminó de comenzar.
No habla de Dios, no cree en él, y siempre anda como si tuviera jiribilla en el cuerpo.
No menciona creencia, y cuando se encomienda lo hace a un ser desconocido que ella llama el Energo: que el Energo me acompañe, que el Energo te protega, ayy! por tu madre, ni que el Energo te oiga, etc..
Cuando me sale con esas, me deja completamente perdida y no se a qué atribuirle la traza, porque ella de loca no tiene nada, está más cuerda que usted y que yo. Quizá no sea más que una manera de salvar las inseguridades que se nos presentan: La fe, por supuesto, no tiene nombre, ni edad, ni fronteras; generalizando debe ser algo así como una convicción vehemente que dura la edad de cada uno, ¡digo yo!
Ayer recibí otra carta de Esther, la tía de Ángela.
Querida Yara:
En este momento te escribo con todo el dolor del mundo.
El día del parto de Ángela fue un corre corre... primero no encontrábamos a nadie para llevarla a Maternidad Obrera: Cachi tenía un ponche, Maria Isabel estaba para Pinar, y ya tú sabes como es eso. Al final Alfredo nos llevó en la guaguita a pique de buscarle lío en el trabajo. Ángela sufrió un gran derrame en los cinco kilómetros que anduvimos, pañuelo afuera, griterío. Justo en el semáforo de 51 y 116, ya pensé que no llegábamos. Ella iba todo el rato rezando, sí rezando al Energo, y yo para mis adentros rogándole a Dios que la protegiera y le perdonara las ofensas. Lloraba igualitico que la niña que ya salía y se empeñaba en adelantarse a la fecha, y la mamá agarrándole la mano. Para allá se fue con nosotros Amieiro, que justo salía de una guardia y venía partío del sueño. Gracias a él yo creo que la niña nació bien; rompió en llanto casi saliendo de Pogolotti. Lloramos todos. Pero Ángela, gallega, no lo pudo resistir: falleció en la sala de parto una hora después. Nos ofrecimos para sacarnos sangre y todo, pero el médico de urgencia en la maternidad dijo que no se pudo hacer nada. Allá se fajó Amieiro hasta con Dios y dijo que se iba a meter a sepulturero pero... carajo, se fue Ángela... y te lo estoy contando así tan fácil...
Su mamá está desecha, y no para de decir que ha sido un castigo divino, por no tener una creencia normal como todo el mundo.
Pero tú y yo sabemos que ella si la tenía, su pasión era su propia fe.
Con todo mi cariño:
Esthercita.
IKEBANA
MARTA Y SU MALA SUERTE.
La Marta que yo conozco se come las uñas desde que era una niña. Es morena de pelo largo por la cintura, los ojos verde claros, una mezcla explosiva para algunos machos. Es de cuerpo esbelto, realmente escultural como si de una jovencita se tratara, aunque nadie lo diría, ya ronda los cuarenta y cinco.
Jamás se ha casado, no lo ha hecho porque nunca se ha enamorado. Perdió la cuenta, ya hace mucho, de los hombres que han pasado por su vida, fueron tantos y al mismo tiempo tan insignificantes. Los recuerda sólo como un nombre, un explícito momento de necesidad sexual. Pero eso la hace sentir hueca como una caracola de mar, seca como una flor marchita. Y sufre.
Trabaja para Etecsa en un locutorio de La Habana Vieja, los días les parecen todos iguales. Ahora está sola, su última pareja se fue la semana pasada, vive en un apartamento de tantos que hay en Alamar. La vivienda la heredó de sus padres aquel día que no los vio más.
Dice una canción que..” para amar, para enamorarse, no hemos nacido ni tú ni yo...”.
Ella cree firmemente que hay personas en el mundo sin química para las cuestiones del corazón. Se sentía una mujer especial y diferente en ese sentido, creía en Dios pero había perdido la fe, no practicaba ninguna doctrina más que el disfrute de su sexualidad. No sabe lo que es amar a un hombre , salvo aquel amor imperecedero que sentía por su viejo.
No obstante era una mujer fuerte y la depresión y el diazepán no la conocían .
Sus vecinos chismosos piensan, que es una persona extraña, ustedes saben que si se vive solo y no se le advierten a uno compañías, la gente intenta hacerse una idea imaginaria a la fuerza, porque lo desconocido a veces, da miedo. Marta hubiera pagado unos buenos años de su vida por conocer de primera mano el sentimiento amoroso, sin importarle ser correspondida o no, sólo por el hecho de sentirlo en carne propia , pero había renegado hacía bastante, y se había dejado llevar por su suerte. Cansada estaba ya de envidiar la buena suerte de otros, y como si de un refugio se tratara, cada noche se encontraba a si misma frente al espejo recordando a sus padres.
Fue un día de tantos, su abuela la había acostado temprano, los demás en la casa estaban alborotados, algún plan o proyecto que ella por su corta edad no llegaba a captar. Lo que sí recuerda muy bien, fue a su madre aquella última noche, acercándose en silencio al cuarto y abrazándola fuerte, tanto que el abrazo le dolió, pidiéndole que nunca los olvidara:
-Mimi, papi y mami se van para buscar un futuro mejor.
Marta lleva toda la vida, preguntándose dónde está ese futuro mejor.
El padre no se despidió, salió de la casa como un animal herido, la abuela decía que lloraba como un niño.
Todos esos pasajes la acompañaban diariamente, no era capaz de olvidar, no les perdonaba la ausencia.
Y volvía a la realidad...
Un carro se había quedado sin frenos diez minutos antes en la calzada de diez de octubre, el cuerpo destrozado de la mujer que nunca se enamoró yacía en el suelo herido de muerte.
Y ahora después de tantos años, y en este preciso momento, en que la vida le había jugado un jaque mortal, la hembra Marta presintiendo que se acercaba el final de su vida, agonizando se imaginaba sentada en el cine Alameda, viendo una película donde ella era la principal protagonista.
Pasó el capítulo de su niñez, la rebeldía de su adolescencia, la inevitable madurez, que la había dejado todavía más sola.
De esta forma y en su cabecita, fue como entre ruido de ambulancia y luces de quirófano, volvió a ver a sus padres, los besó, y se pudo despedir de ellos.
IKEBANA
LA LIBERTAD NO TIENE NOMBRE DE UN SOLO DIOS
Día sí y otro también la familia de Alicia no cesa de llamarme por teléfono. Sus correos electrónicos abarrotan mi bandeja de entrada; desesperados me piden respuestas que no tengo.
Conocí a Alicia en Cuba a finales del año 1999. Me la presentó Ernesto Valle, un amigo del barrio. Ella sin duda era una artista, nada más ver su obra se apreciaba una técnica basada en la expresión del color. Destacaban unos cuadros pequeños que algunos hubieran denominado monstruosos pero para mi eran espléndidos. Compartimos mucho, y después conocí también a sus hijos Jorge y Virginia. El esposo y los suegros estaban en Miami.
Con el tiempo y de regreso a España recibí una carta suya. Me pedía ayuda para conseguir un contrato de trabajo y exponer fuera de Cuba. No podía llevarse su amplia obra, pero en poco tiempo fuera pretendía pintar y exponer; la ayuda que me solicitaba abarcaría todo ello.
Los amores de Alicia eran su familia y la pintura. Quizás se fueran a convertir en incompatibles por un tiempo, eso creyó ella y eso creyeron los demás.
Accedí, fueron muchos meses de papeleo, de doblegarse ante una agenda burocrática y un bolsillo, el mío, no muy abultado. No fue fácil; cualquiera de los que han emigrado me puede comprender. No obstante, seguí hasta el final y pude por fin traer a Alicia a España.
Hoy en día todos sus cuadros pintados aquí están esperando una decisión que nadie quiere tomar, apilados en mi garaje. Alicia no quiso saber nada más de ellos ni del arte en general.
Mientras tanto, su familia de Miami - que soñaba con verla pronto por allá, pues había solicitado la ciudadanía española - tuvo que conformarse con una sencilla postalita por navidad.
Al principio ella vivió en mi casa, ni que decir tengo que cayó bien. Alicia era una persona agradable, alguien muy prudente, y digo esto porque fue lo que me transmitió en ese año que vivió con nosotros.
En una charla conoció a dos muchachos del barrio cuya misión era evangelizar y buscar nuevos hermanos de plegarias. Supe más tarde que iba los domingos a su iglesia a oír misa, y digamos que en ese tiempo creó vínculos estrechos entre su fe y su nueva fe.
Muchas veces, sentadas comiendo, ella me preguntaba sobre mis orientaciones religiosas y yo siempre decía lo mismo:
- Creo en muy pocas cosas, pero respeto la creencia de todo el mundo.
Alicia y al día siguiente ya no vino a dormir. Encima de su cama hallé una larga y cariñosa carta donde me dejaba su dirección, por lo que se veía tenía una nueva casa y trabajo. Me dio la sensación de que ella, igual que esos grandes aviones, quería despegar sin hacer el mínimo ruido.
Cuando iba a visitarla abría la puerta con una sonrisa y me invitaba a sentar, escuchaba en silencio mis recados, los de su familia, las inumerables peticiones de que les escribiera o los llamara. Ella me daba las gracias pero no respondía, seguidamente tomaba en sus manos una especie de catecismo, y comenzaba a relatarme pasajes bíblicos. Escuché sin condicionamiento ninguno, porque lo que escuchaba era la voz de mi vieja amiga. Puse todo mi corazón en entender por qué pero al final siempre salía pensando que no hay un por qué, no debe ni siquiera existir la pregunta, es así y se respeta.
Admiré todas sus proclamaciones porque las decía con fe y eso era suficiente, pero a los tres meses dejé de verla porque lo que yo nunca entenderé es el alejamiento cruel hacia los suyos, gente que sólo sabía amarla por encima de todo.
Ahora mi problema era una familia desesperada, sin recursos, que me pedía explicaciones entre comillas, era como estar entre la espada y la pared y con una soga al cuello.
Me di cuenta de lo caprichoso que es el destino, viene y nos cambia la ruta en un pis pas.
La familia de Alicia llega mañana, voy a recogerlos al aeropuerto. No se qué podrá pasar, imagino que en el reencuentro con Alicia habrá de todo un poco, pero prefiero no ser espectadora, quiero mantenerme al margen porque entiendo que “la libertad no tiene nombre de un solo Dios.”
IKEBANA
LA DECORADORA DE PLATOS
EL FILÓSOFO ATEMPORAL.
Entré en la cocina; ella estaba pelando un noni con la esperanza de que le quitara esa debilidad que sentía encima. Era una mujer culta, envejecida y llena de arrugas igual que de años, con unos espejuelos demasiado grandes para su cara, aunque con unos deseos tremendos, a pesar de las necesidades, de elaborar diferentes menús en su cocina, adornar la pobreza extrema y disfrazarla de un color rojo de ají que lo abarcaba todo. Pero lo que realmente se marcaba en sus horas era un “desesperado” hobby culinario donde no había a veces ni un triste pan para acompañar la sopa.
Nina había sido profesora de primaria por lo que tenía un arte especial para la infancia y el aprendizaje de niños. Su carrera fue larga, más de veinte años dando clases y su retiro fue forzado por problemas asmáticos. Es de esta clase de personas que te inspiran mucho cariño, su espacio circundante es un aura llena de armonía. En sus ratos libres pintaba cuadros, se veían amontonados en la pared del pasillo. Eran un mezcla de pinturas mezcladas con arena y materiales pedregosos, rostros éticos, en azules cobalto y color oro. Matices de un suelo cobrizo con siena tostado. Bellos pero huérfanos porque nadie reparaba en ellos más que la artista y yo.
Nina me invitaba a almorzar cada vez que me veía por la calle; esta familia postiza que me había llegado con los años no tenía desperdicio. Dicen que yo les hago sentir más vivos. Lo que no comprendo es como a ellos soy capaz de transmitirles esa sensación cuando para mi misma no tengo ni un pequeño detalle de satisfacción.
Juan Delgado es una calle que me acompaña todos los días, conozco hasta el más mínimo hueco, dónde empieza y dónde acaba una loma, y dónde, inevitablemente como todos los días, saldrá un perro a ladrarme.
- Nina, ¿ que tú haces?
- Ay, Yara, ¿ya llegaste? – Mira, aquí me encontraste pelando un noni, porque esto es maravilloso para el organismo, tiene tantas propiedades y es tan beneficioso. Me lo mandó mi hermana de Manzanillo, ellos lo cultivan allá. En un ratico acabo de pelarlos todos y los congelo. Si tu quieres yo te doy a probar un poquito. Pero... siéntate, no estés de pie, si el almuerzo está casi acabado.
El marido permanecía en su lugar de siempre, un patio de luz, interno, con la puerta de par en par, donde no se de qué manera había instalado una mesita y un cómodo sillón de biblioteca de esos que quedan pocos. Él lo compró por cien pesos, a un abogado de El Vedado cuando los Marielitos.
Aquel cubículo no daba para más; su barriga grandota hace que le cueste darse la vuelta detrás de la mesa, pero una vez que lo consigue, agarra su libro del día y desmaya cualquier mandado por evadirse desde este mundo. A través de sus libros, sé que habita en otra Galaxia. La Osa Mayor de los inmateriales, los perfectos pensadores, los ilusos. Él ostenta la bandera de los cultos, los gordos imaginarios.
Hace una media hora que entré en la casa y todavía no se ha dado ni cuenta. Mientras, la abuela no para de preguntarme por los míos, y yo contestando a cada pregunta con exceso cariño, porque me daba la sensación de que Olga era la única persona "normal" de aquella casa...
No se cómo me vi al lado de la figura paterna caminado en busca en de un pan de diez pesos. Le tenía tanto respeto que la mitad del camino fueron sólo silencios caducos, él en su mundo particular y yo a su lado como una nave que aterriza en un planeta desconocido:
- Dime Gustavo, ¿cómo es que hoy domingo tus hijos no vienen a almorzar? Dije lo primero que se me ocurrió.
- Yarita, los chicos tienen sus vidas. Desde que se fueron de la casa y se casaron, rara vez aparecen por aquí, algunas llamada de teléfono a su mamá y eso es todo. Conmigo ellos nunca se sintieron a gusto, no debe ser fácil ver a tu padre todos los días en casa a tu lado, pero ausente entre libros. Yo los crié lo mejor que pude, los dos lo hicimos pero pasé por sus vidas como cualquier ciclón de octubre. Nina es una creadora que vive la existencia de una forma muy positiva, pero yo, al contrario, me sentía a diario como un habitante de la primitiva Atenas, en el siglo veintiuno. Nací en un tiempo equivocado - me decía -. Soy difícil de entender, ni yo mismo me hallo siquiera. Vivo el tiempo en dos esferas: una, la terrestre y otra, la imaginativa, y ésta segunda es la culpable de que mis hijos no me quieran. Soy raro - me decía partiendo una ramita de marpacífico que había cortado al pasar. Sentí lástima de él.
Al llegar a la esquina, en la panadería, un muchacho vestido de blanco con un mandril más negro que su propia piel, nos dijo que el pan estaba en el horno; quizás si esperábamos unos veinte minutos, nos lo podríamos llevar calentico. Teníamos siete por delante en la cola.
Nos sentamos en el contén, al lado de un portal donde crecía una mata de malanguita y empezamos a ver la gente pasar. Mi interlocutor miraba al suelo y hacia el horizonte; realmente no tenía mirada, estaba ausente. Un perro sarnoso se nos echó al lado, y esperó la cola eterna de los que no tienen prisa para nada. Pobre animal, ni una caricia se le podía hacer sin jugártela. Con Gustavo era igual, ni una caricia se le podía hacer porque las respuestas eran inciertas.
Pero Gustavo me sorprendió, por primera vez desde que lo conocía se me había abierto, igual que la puerta de par en par de su patio de luz. Nunca tuvimos una conversación con más de tres o cuatro frases, y aquel día estaba allí oyendo sus desconsuelos como una privilegiada. Un domingo de confesiones que no olvidaría de ningún modo.
- Mi esposa ha sido todo lo contrario a mí, la he visto jugar con los muchachos, de chicos, sacarlos a pasear, caerles atrás cuando andaban mataperreando en la calle. Yo, mientras tanto detrás de un libro, entre paredes, alimentando un espíritu que ni mis hijos podían llenar. Muchos años me estuve preguntando qué clase de hombre era yo que no amaba a mi familia.
Pero ahora con cincuenta y ocho años sé que sí los amo, sólo que de una manera difícil de comprender. Amo a mi mujer porque es mi compañera y la quiero por se mi amante, mi amiga durante treinta y siete años pero jamás se lo he dicho. Amo a mi madre por darme la vida, ella debe saberlo, tampoco se lo he dicho nunca; amo a mis hijos también, ¿cómo no? pero los amo como una parte de mí que se vuelve mitosis, como los dedos de la mano que se me van. Ellos no lo saben. No se los he expresado jamás...
Al llegar a la casa la mesa estaba servida. La sensación fue de asistir a un cumpleaños, pero no, aquellas mesas vacías en sí pero tan llenas al mismo tiempo, se sucedían cada domingo. Nina había preparado unas croquetas de vegetales chiquitas y crujientes que cuando tu las partías en el plato, asomaba el colorido rico de viandas sencillas. Puso un arroz criollo en la mesa que decía por sí mismo, cómeme, cómeme; remolacha ripiada con col y mayonesa y unos frijoles negros que tenían trocitos de ají verde, en gamas de tintes como ninguno que yo hubiera visto antes. Gustosos y como el amor que aquella artista ponía en su pequeña cocina de dos metros por uno.
Eran las siete de la tarde cuando regresé a mi casa. Llegar fue como si me sintiera una nave de Colón llegando a tierra.
Hoy tres de noviembre, han pasado tres años de aquel domingo. Estoy en España y uno de sus hijos también, por él me llegan las últimas noticias de la familia en La Habana. Al estar lejos una tiende a magnificar todo lo que llega, pero este asunto es simplemente crudo por naturaleza, me parece irreal, de película, sólo que a veces la realidad supera la ficción.
Gustavo lleva un mes desaparecido. Salió un día por la mañana, con su libro en la mano para leer en la guagua y allí donde se sentara. Vestía guayabera azul celeste y se había puesto los zapatos nuevos. Se preparó como si de se tratase de una cita quinceañera con su novia del pre. No miró atrás. Así lo imaginé.
Nadie sabe nada de él y eso en Cuba no es fácil, cuando se pretende encontrar a alguien se encuentra tarde o temprano (acuérdense de Mario Conde). Sus hijos hablan de hipótesis de si se fue en una balsa, de que quizás haya perdido la cabeza y esté rondando quién sabe dónde.
Estoy segura de que ese hombre no ha salido de Cuba, y de que está vivo. Por alusiones, yo lo buscaría entre las líneas del tiempo, en la Grecia antigua o bajo las pirámides de Egipto, o entre las páginas del Quijote. Es un ser diferente, una mezcla de materia aún sin experimentar, un hombre atado a su dialéctica.
Llamo a su esposa cada semana, y le pregunto si hay alguna noticia, ella me dice que no hay nada, la policía no lo encuentra, la familia y los amigos no saben ya qué pensar.
Y aunque parezca fría mi sugerencia, le he insistido a Nina que lo busquen entre las páginas del Quijote o en la Grecia antigua, es el único lugar donde podrán encontrarlo.
IKEBANA
LA CRIATURA.
La Chula nació hace trece años en El Juanelo; de allí la trajo María Antonia envuelta en una colcha de trapear. Cuando llegó al edificio fue como si hubiera sido un parto por sorpresa, todo el mundo iba a conocer la “criatura”.
Hoy es ya veterana: peina canas en las cejas y su cuerpo de salchicha está lleno de quistes; la jodida metástasis, de hace unos meses para acá es su fiel compañera. Duerme de medio lado en la ventana de la sala y se cela de todo aquel que se digne mirarla directamente a los ojos. Hace un rumor largo y hondo, y ladra como opinando que se es más zorra por perra vieja que por otra cosa. Intrusa como ella sola, tardas tú mas en sentarte en el butacón, que ella en irte pa´rriba. Con el mismo arregoste te pide en instancia perruna que le rasques el lomo, y el hecho de ser aún virgen la proclama indiscutible reina de la casa. No sabe de macho; les huye.
Recuerdo su primera intervención. Fue una mañana en que René vino de la consulta y la operó en la mesa de la cocina; la ligaron y después la durmieron con un trocito de Lormetazepan. Tuvo un pos-operatorio en “naif” circunstancias y soñó burbujitas durante varios días. Lo bueno vino después, como si de un gran personaje se tratara: la pasadita diaria de los vecinos preguntando por el estado de la paciente. Quien no le trae un trozo de pan remojado con restos de cocinar, le trae un hueso de pollo, y quien no trae nada, le pasa la mano como peinadora, a los pies de la ventana.
En Mantilla, a la familia no le sobra para darle restos de comida. Se le cocina un poco de arroz con boniato de vez en cuando, y con eso alcanza una gordura soplada; más de aire que de abundancia, que le engaña el estómago.
Si tú la oyes gimotear, ¡ve y dale, abre la puerta!, que se manda por las escaleras para abajo a hacer sus necesidades; si no la acompañas no baja y te las hace en el pasillo. Cuando la sacas hasta la esquina camina casi a tu mismo ritmo: al dar tú tres pasos, ella da dos, y si tú das cinco, ella cuatro; si te paras, te mira, como si llevara dibujado en el hocico un signo enorme de interrogación. La miras y le dices: perra feaaaaaa; se da la vuelta y vira para la casa berreá, como una novia encaprichada, y definitivamente te das cuenta que es un ser canino que entiende y actúa como un animal humano.
A La Jimagua del 24 no le gustan nada los animales. La Chula tiene advertida la entrada a su casa; “la criatura” lo sabe: más de una vez se llevó algún batacazo con el palo de trapear. La susodicha vecina no tiene piedad porque dice que se arrastra por el suelo y le deja peste a bollo´e perra. Y esa es la razón de que hoy en día La Jimagua y María Antonia ni se hablen ni se miren: el palo en las costillas que llevó la cachorra hace unos años fue el motivo; la arrinconó en el ring en el primer asalto y así ha seguido todos estos años. Y si le hablas del tema y preguntas sobre el conflicto, se encoge de hombros y te dice, “el que no quiere a un animal no quiere a nadie”. Yo quiero más a mi Chula que a la mitad de la gente que me visita porque es fiel, no me traiciona, no habla de mí a mis espaldas ni envidia lo poco que tengo, cuida la casa y espanta a los indeseables, vela mi sueño siempre al lado y si me da un vahído, ¡hasta sabe prender el ventilador! ¡Esas sí son razones, mijita!, y no el Descubrimiento de América.
IKEBANA
LA CAFETERA DE DOS TAZAS
- ¡Gallega! ¿Tú quieres un ¨tincito¨de café? Ven a la casa y chismeamos un rato...
Odalys, es una mujer cubana de las que dejan huella. Tiene la piel tostada por cansarse de esperar la guagua, siempre en la misma parada, Santa Catalina, cerca de la pizzería que nunca tiene pizzas. Se ha pasado la vida limpiando pisos en la escuela de secundaria; ella sabe mucho de combatir la pobreza, licenciatura obligada de todos los cubanos. Tiene cinco hermanos. Tres son de padres diferentes; todos se criaron en un apartamentito de la Víbora, de 30 m2 , junto a una madre soltera. Hoy vive ella sola, con el guajiro de Cienfuegos, que en éstos últimos veinte años ha sido su ¨marío¨: un cocinero que trabaja en turismo, que ¨resuelve¨ algo y la mantiene.
Se ha retirado del trabajo, por no poder mover el palo de trapear; las carnes se le descuelgan por el cuerpo, como queriendo marcharse de él, y su cabeza ya no piensa más que en tener un Popular a la hora de la novela.
Odalys tiene un nieto de dos añitos, y otro que viene en camino. La preñez en Cuba no entiende de miedos; seguirán ¨inventando¨, como siempre. Y conociendo sus grandes necesidades, me asombro.
¨- Cuando ésta galleguita llega a La Habana, en cada viaje es igual¨. Yo no llevo para mí ni un ropón de dormir, allí lo pido prestado, lo uso y lo devuelvo.
- ¨¡Pelleja!, préstame el ropón rosado para dormir¨
- ¨Sí, mijita.¨
Ella va al closed roído por los comejenes, rueda la pesada puerta llena de sueños, y en un javita de nylon, como quien guarda un tesoro, saca su ropón sin estrenar, y me lo da gustoza para que yo lo siga estrenando en cada viaje.
Mientras sale el café, le echo un ojo a su cocina limpia. Es tan chiquita que dos personas no pasan al mismo tiempo. Desde que la conozco tiene arriba de la meseta los dos mismos vasitos de plástico para beber, uno azul y otro naranja, pero por supuesto, ésos no son para las visitas. Para mí, ella pide prestado un vaso verde de lunares blancos. Nos sentamos a beber el cafecito. Lo disfruto y alargo como el que bebe el mejor champán. Ella no bebe al mismo tiempo que yo. Me mira y espera. Al acabar me pregunta si quiero más. Yo, sabida de su cafetera de dos tazas, le digo que no, y ella definitivamente bebe el que le toca.
No le regalo nada; no tengo grandes posibilidades. Es ella la que me regala, con su saber diario; me da ¨tablas¨ para enfrentarme a la miseria ignorada que a veces embarga también el mundo de allá...
IKEBANA
EN MIS BRAZOS.
Abuelo, estoy harta de tus manías, siempre me haces lo mismo, te marchas y nunca dices dónde vas; después hay que estar buscándote por las calles. Esas escapadas tuyas de nombre “Demencia” me tienen más loca que a ti.
- Oye, viejito, son seis meses haciéndote cosquillas mientras te baño, jugando al avión para que comas. Menudos cortes de pelo te hago, y tú te quedas conforme con que yo, ésta principiante, te pele. Ayer, ¡vaya jugada me hiciste!, ¿cómo se te ocurre?, irte así sin avisarme. Fiel a tu costumbre de escaparte te has ido para siempre. Ahora me pica la curiosidad, por fin te has encontrado con los nuestros, ¿están bien? ¿nos ven desde donde están o es todo un cuento? Abuelo, coño, para irte elegiste mis brazos, estabas acostumbrado a ellos porque son calentitos, ibas perdiendo el resuello y tus ojos se perdían en los míos, las manos frías, y yo empeñada con mi boca en la tuya sin estar enamorada, era boca y aire de vital oxígeno. Pero, ni esas... viejo, mis cachetadas de desespero eran inútiles porque ya habías decidido irte a dar el último viaje, ese eterno paseo. Pero me has dejado encabronada con ese que tu llamas Dios, porque igual que tú es caprichoso y me roba al descaro una parte de mi ser, de mi sangre.
- Bueno cielo, me despido, quizá algún día nos volvamos a ver, y me volverás a subir al burro, iremos juntos a los recados y a escondidas de la abuela te dejaré fumar un cigarrito, lo prometo.
IKEBANA
EL VERDADERO NOMBRE DE CLARA
Vive en un banco frente al parque. Mario hace el mismo recorrido todos los días desde su edificio hasta el trabajo y le dice Hola al pasar, pero no hay respuesta.
Al principio él pensaba que la persona en cuestión era un hombre. La suciedad, unos ropajes amplios y un gorro calado hasta las cejas la hacía una persona asexual; hoy sabe Mario que es una mujer. Fue a causa de una visita de la Asistencia Social del Ayuntamiento, la semana pasada. Hablaron largo y tendido con ella pero era como estar hablando con una pared, su mirada estaba perdida, muy lejos. A fuerza de convencimiento, lograron llevársela en una furgoneta de color gris.
Tres días más tarde se había escapado del albergue: como la hija prodiga, volvió a estar sentada en su banco, hablando sola a los cuatro vientos; tenía acento, no era española. Se le veía bañada y le habían cortado el pelo de una forma más femenina. El gorro había desaparecido y llevaba otra ropa, un nuevo aspecto más saludable.
Mario no se quitaba de la cabeza a aquella mujer que por sus años podía ser su madre, la tenía clavada en el corazón, era un sentimiento que lo superaba. Y como la forma de ser de Mario es terca, y le picaba la curiosidad, cada vez que pasaba por aquel parque, de camino a su trabajo, se le iba la mirada al banco y se preguntaba, ¿cómo una mujer de mediana edad aún, llega a esta situación?
Al día siguiente era martes y después de analizar una serie de puntos, decidió ir al Ayuntamiento. Seguía pensando en su madre y, en el fondo, aunque estaba ayudando a una desconocida, se consolaba en pensar que estaba pagando la ayuda que necesitó su madre una vez.
Creyó que en el Ayuntamiento no lo iban a recibir, ustedes saben que ya todo es con cita o manga ancha. Esperó su turno y entró en la oficina. Aquello era caótico, los estantes llenos de papeles sin ordenar, el teléfono sonando :
- Buenos días, yo vengo por el caso de la indigente que vive en el banco de la calle Europa, no sé si sabrá de quien le hablo... una mujer de unos cuarenta y cinco, cincuenta años...
El señor que lo atendía empezó a mirar un fichero y por fin le respondió:
- Mire usted, sé de quien me habla. Hace unos días envié dos asistentes a hablar con ella y lograron convencerla para ir a un albergue, pero no hay forma de poder ayudarla. Manifiesta algunos episodios que según el médico, pertenecen a algún tipo de esquizofrenia. No quiere vivir en España, no acepta nuestra cultura, nuestra forma de vivir, y el Ayuntamiento no puede proporcionarle por el momento más ayuda que el albergue municipal.
Mario salió de allí peor de lo que había entrado, encontró mucha hipocresía en unos servicios que se decían para el “necesitado”. De camino al banco, había decidido llamarla con el nombre de Clara, porque tenía los ojos de un lúcido azul celeste.
Clara estaba acostada a lo largo, con una manta por encima, tiritando de frío. Mario se paró a su lado y ella ni se inmutó. La tocó en el hombro, a modo de llamada y entonces ella reaccionó pero sin moverse. Solamente abrió los ojos lentamente y se le quedó mirando. Mario se sintió un poco intruso y hasta entrometido, pero continuó hablando.
- Oiga señora, escuche, mi nombre es Mario, ¿podemos hablar un momento?
- Si - dijo ella, lo conozco. Usted es el que me dice Hola todos los días y al que yo no respondo.
- Bueno, yo quería hablarle, hace mucho que la veo aquí en este banco, me da mucha lástima verla en la calle. Dígame, ¿cómo puedo ayudarla? Realmente no lo hago por usted, lo hago por un sentimiento de culpa que tengo desde que mi madre murió lejos de mí.
El no se sentía mejor que nadie ni más humanitario; quizá en otro momento de su vida no le hubiera puesto asunto a ningún mendigo, pero podía más su conciencia y la razón de tanta preocupación era un gran sentimiento de culpa. Su madre murió en un asilo, sola, sin la compañía de los hijos, y eso no se lo perdonaba.
- ¿Por qué vive en la calle, no tiene adónde ir, una familia...? - le seguía preguntando.
Ella seguía como ausente y la respuesta a su pregunta tardó en llegar como si viniera desde lejos, desde otro planeta.
- Me llamo Norma Santamaría. Soy cubana, mi padre era español de nacimiento, de la isla de La Gomera, concretamente de Valle Gran Rey. Después de pasar mil penurias para conseguir la nacionalidad española, salí de Cuba con una maletín lleno de sueños y al llegar aquí, el sueño del paraíso donde el maní cae del cielo se me desvaneció por días. En su lugar llegaron la soledad, la falta de trabajo. Soy una mujer sin preparación, me dejé vencer por el primer golpe nada más llegar, y no he podido recuperarme. Y sí, tengo una familia, ¿sabe usted?, pero está lejos.
- Norma, ¿cuál es su deseo?,- le pregunta Mario.
- Yo no sé si tengo deseos, hijo, mi cabeza de vez en cuando adquiere vida propia, y ella es quien me manda. Dicen esos señores que es una enfermedad, yo les digo que lo que estoy es enferma del alma y que más enferma ya no se puede estar. Pero si estuviera en mi mano, volvería con los míos.
- ¿Qué se lo impide?
- El dinero mijo, el dinero, y la pena de llegar con “una mano adelante y otra atrás”, esta gran frustración que arrastro.
A Mario, el hecho de que fuera cubana le tocaba aún más la fibra pues eran innumerables los amigos que él mismo había hecho en Cuba, en un viaje que hizo en el año 97. La conversación terminó en silencio. El se fue vacío como una botella a la deriva en el mar, pero sin mensaje dentro.
Esa semana la pasó pensando en cómo ayudarla. Realmente él no era rico, no tenía más que para su propia subsistencia, pero su ya amiga Clara, o Norma, o como se llamase, vivía en sus pensamientos; ayudarla se había convertido en un reto personal.
Pasaron cinco días más, y el quince de enero se plantó delante de ella en el banco y le sonrió; ésta vez ella le correspondió.
- Mañana vengo a buscarte, vamos al Consulado, hay que ponerte al día con el pago.
- Yo no tengo dinero, ya lo sabes.
- Sí, lo se - dijo él.
Dos semanas más tarde Clara subía a un avión de Cubana de Aviación en Las Palmas de Gran Canaria con destino La Habana. Así sucedió todo; Mario pagó los gastos: además de quedarse sin vacaciones ése año, le quedó una pequeña deuda en el banco. Al día siguiente recibía una llamada a cobro revertido desde La Habana. Simplemente se oyó decir:
- Llegué bien, gracias por devolverme la vida.
Mario volvió a su rutina, el trabajo, las preocupaciones diarias, y un buen día, mientras desahogaba su ansiedad con un cigarro, en el portal de su casa, distinguió a lo lejos, en el parque, a los asistentes sociales, buscando a Clara. Sonrió para sí y se dijo:
- Esa gaviota ya hace tiempo que voló.
IKEBANA
EL SECRETO DE JULIA
Muchas veces me hospedé en casa de Julia. La familia de Camaguey no tenía condiciones pues un cuarto, cocina y baño, son escasos para el batallón que fuimos a la visita. Por eso, numerosos de los viajes que nos dábamos de La Habana a Los Tinajones, se iba a parar a casa de esta mujer. Tenía un caserón demasiado espacioso para ella sola. Estaba algo apartado y aunque no lo rentaba abiertamente, si lo hacía por la izquierda. Pagábamos en pesos; no había para más.
A sus setenta años era una bateadora nata. Llevaba solita la vivienda, el negocio, los mandados. A mi me daba lástima contemplar a una anciana tan mayor, dejándose los años en tal abnegación, como tantísimos jubilados cubanos que malvivían indigentes con su paga.
Había cuatro habitaciones pero una continuamente estuvo cerrada. Ella decía con complacencia que era un inquilino suyo a quien le gustaba mucho la tranquilidad. Yo, que sospecho hasta de un grillo que no cante de noche, la atosigaba a todo rato con la preguntita, ¿y quién es ese inquilino? ¡entrometida como yo sola!
La veía entrar, taciturna, cuando nos creía dormidos; solo íbamos a la casa a dormir, por lo que ignorábamos los sucesos de la jornada en nuestra ausencia. Pero sí noté que la atenta anciana se manejaba en aquella habitación con plena libertad de movimientos, entraba y salía sin pedir permiso al entrar: ¡lo del inquilino era cuento! Pero bueno, como entrometida sí era, pero respetuosa también, terminé cansándome de “investigar” y dejé a la mujer con su íntima disposición. De noche se le escuchaban los pasos, y en el trajín de la casa, lo mismo se la sentía lavando, cocinando o simplemente hablando sola. Eso no era extraño: mi abuela, que no es tan vieja, e incluso yo misma, solemos pasarnos el rato hablando solas. Es como un mal de familia.
Hasta un día que en la lavadera nocturna, sentimos tremendo golpe. Julia se había caído en la cocina. Al intentar aferrarse, el mal fue peor, desplomándose también una estantería de hierritos que había en la pared, de esas de poner las copas y ahí mismo para el hospital. El diagnóstico fue rotura de cadera. Yo suspiré porque todos sabemos que los viejos cuando se fracturan la cadera, empiezan su cuenta atrás de forma inevitable.
Una tarde, en aquella habitación cerrada sentí un golpe. Fue por casualidad; hacía tres días del suceso y la habitación aparecía hermética. Así que me puse a velar al inquilino, para advertirle de la situación... seguí con mi entrometimiento, y fue cuando escuché el golpeteo. Entré. Lo medité, porque si mi madre me hubiera visto en ese atrevimiento, me arrancaba las orejas de golpe, pero mi curiosidad me mataba; la osadía me podía más.
Era un cuarto con una cama personal y entrada en años, un closed y un sillón. En la cama, recostada, vi a una mujer duplicada, más debilitada que Julia pero una copia bien “fotocopiada” de la dueña de la casa. Se deducía que era una hermana jimagua.
La señora me miró durante más de treinta segundos, - a mi me parecieron más - y después me sonrió. Por sus gestos me di cuenta que era sordomuda. El cuerpo se me había paralizado, sólo mi mente indiscreta parlamentaba...
Me hizo señas que tenía hambre. Le traje un pozuelo de arroz con frijoles y ensalada de tomate restante, y ella lo devoró como un animal hambriento. El cuarto no estaba sucio, al contrario se veía aseado, pero ver a esa mujer así tan sola, casi en penumbras, con ese silencio determinante, me revolvió la entrañas. Su soledad la resignaba a alcanzar un orinal que se veía lleno en el suelo, cerca de la pared.
Tuve la voluntad de sentarme a su lado y ella cogió un álbum antiguo de fotos y me fue mostrando, como cuando vas a comprarte el traje de novia y te enseñan cientos de catálogos. Aquello parecía ser el transcurrir de su vida: había fotos dedicadas de dos niñas gemelas, desde el nacimiento hasta los diez o doce años. Se les veía vestidas con trajes y zapatos blancos, una cinta blanca en el pelo y al lado de una señora cincuentona, que las asía a las dos de la mano. Las fotos tenían buena calidad y daba gusto verlas; en mis manos estaba su pasado lejano, de aquella a la que no sabía ni cómo nombrar.
La carita de mi nueva acompañante se iluminaba al ver mi rostro incrédulo. Si yo abría los ojos, me sorprendía, ella sonreía; si yo miraba con detenimiento, ella esperaba... fue como un doctor que examina a un paciente complicado para dar su diagnóstico definitivo, sólo que yo no supe hacer absolutamente nada sino callar, mientras mi cerebro seguía parlamentando con la incógnita.
Esa misma tarde visité a Julia en el hospital. Nada más llegar le dije:
- La he visto, he conocido a tu hermana.
Pobre Julia, asintió como quien espera un inevitable final. Me dijo que me sentara en los pies de la cama y me contó.
- La que has visto es efectivamente mi hermana, nacimos el mismo día, se llama Leonor. Lleva en cama bastantes años, nació sordomuda y con un problema en los huesos que la dejó en cama a los cuarenta años. Nuestra mamá fue madre soltera, nos crió mi abuela materna. Fuimos una afrenta pues encima nacimos por partida doble, como si el pecado fuera más grande. Antes era así, la mujer que paría soltera pagaba mucho su error. La que nos trajo al mundo fue violada en el camino a su casa después de la escuela. Nuestra abuela murió cuanto teníamos diecinueve años de edad y nos quedamos solas pues el viejo se había ido antes que ella. Teníamos una casa grande en el centro mismo de Santiago pero éramos una vergüenza; los hombres me miraban como a la hija de una prostituta y por ello salía poco de casa. Me dediqué a lavar para la calle, y a pesar de ser joven y bella fui una vieja toda la vida porque esa fue mi herencia.
Con el tiempo nos mudamos a la casa de mi tío Arsenio, aquí en Camaguey, para dejar atrás mi antigua vida, y vendimos la casa. Con ello tiramos unos años, hasta que empecé a trabajar, envejecí, las dos envejecimos solas, porque no quise dejar atrás nunca a Leonor. Pocos a mi alrededor saben de la existencia de mi hermana. Tan solo la preocupación de morir yo antes, me tenía en un sufrir. Para ese entonces había preparado unos ahorros, incluso maté mi sueño antes de soñarlo. Toda la vida quise ser maestra. Tuve un marido, se llamaba Jesús Guerrero, y era un librero conocido en el Vedado, un hombre cariñoso y amble que me honró y me hizo feliz. Mi querida niña, él se fue. Un día de repente me dijo que se iba de viaje - y no sabía por cuánto tiempo - a una editorial que tenía su familia en México, y no viró. Yo daría mucho por saberlo cerca de mí, de nosotras; fueron muchos años juntos los tres. Jamás pude comprender su partida, pero demasiado tenía yo para correr detrás suyo y seguirlo dondequiera que fuese. Mi cruz fue no ser libre de mis actos y tener a mi hermana como un apéndice más de mi cuerpo. No me arrepiento, es mi sangre.
El destino nunca perdona, pensé. Por los lazos del demonio Julia se fue agravando, entre una síntoma y otro empeoró su estado. Falleció a los dos meses; nunca salió de aquel hospital, y las visitas fueron contadas. A su hermana se la llevaron para La Habana, a una casa de acogida, allá por el reparto Arrojo Naranjo.
Algunos días la visité, después del trabajo. Me daba la sensación de que el tiempo no transcurría pues siempre la veía idéntica. Ella me pedía que me sentara a su lado y empezaba a enseñarme las fotos, aquellas que yo tan bien conocía.
El doce de abril de 1999 visité a Leonor por última vez; un mes después me fui a España. Al llegar vi que estaba acompañada. Le cogía la mano un señor más o menos contemporáneo con su edad; vestía de forma sencilla pero se notaba muy aseado. Detuve mis pasos a un lado de ellos, temerosa de interrumpir. Me presenté:
- Encantada de conocerlo, soy Yara.
Él se levantó, me extendió su mano y dijo, con una sonrisa bella:
- Lo mismo digo señorita, mi nombre es Jesús Guerrero.
IKEBANA
EL REY DEL DESPISTE.
Conocí a Amalia cuando me mudé hace unos cuatro años. Era la única mujer en los alrededores casada con un latino , y casualidades de la vida, con un cubano igual que yo. Amalia se crió en un pueblecito del norte de la isla de Tenerife llamado Realejo Alto, pero por razones de trabajo ser trasladó con veinte años a vivir a la capital. Es masajista en un Spa, varios complejos de piscinas climatizadas con chorros a presión, relajación y talasoterapia.
Mi amiga es uno de esos personajes estrafalarios, pero con muy buenos sentimientos, aún se considera una aprendiz en todos los ámbitos de la vida. Posee una visión existencialista del mundo, hecho que me ha llevado a conocer sus mejores secretos, ya que a veces sufre de ansiedad. Cuando se siente mal me toca al timbre se instala en mi sofá como si fuera el suyo. Después, aquí la que suscribe, como sicoanalista no titulada me siento a su lado con un cortadito y escucho sus largos monólogos sobre Cuba y su relación con el Caimán. Quizás piensa que me molesta, pero la verdad es que me apasiona escuchar las historias de sus vivencias en la isla, ella como nadie le ha sabido sacar el mejor partido a sus viajes, y son realmente dignos de recordar.
Su marido no es el prototipo de hombre cubano, no es mejor ni peor, solo distinto. Descuadra entre la conocida mayoría , a veces me pregunto si él de verdad, habrá nacido en Cuba o fue alguna inducción espiritual a su madre con algún ser de otro planeta.
Es patón, no sabe bailar, nada, nada, nada, y a veces cuando está triste le dice para echarse unas risas juntos, papi, ¡baila un poquito! y entonces él se sonríe, mira para el suelo y mueve sus dos patotas, que al ser tan alto es como si moviera dos zancos, nada de mover caderas, esas pobres no están articuladas sino fijas, ella lo cuenta con tanto y gracia, que hasta lágrimas de risa se me han saltado.
Amigos, si alguna vez vieron un avestruz brincar, y luego pavonearse ante la hembra, ese es su amor, el hombre de su vida. Para una salsera empedernida como Amalia, es una desgracia, no da ni dos pasos de casino, tiene mucha chispa pero... es definitivamente patón.
Nació en Playa, allá por la calle 42, ahí comparte casa con su mamá y un hermano, habla y se expresa como los ángeles, no suelta un “ cojones” ni a petición de instancia, Amalia me dice que le da pena, lo criaron bien, o quizá mal, porque miren ustedes, un cubano sin un “ cojon “ de vez en cuando, no me sabe a cubano. Y no es que se las haga, no. Es así.
En España y después de diez años su tiempo de ocio se lo sigue pasando, delante del ordenador. Otras veces, leyendo o cavilando en una estadística numérica de porcentajes la forma de sacarse la lotería y resolver los problemas a la familia.! que cubano no se ha despertado alguna vez con ese sueño reciente!
Amalia conoció a Máximo un 15 de enero en la librería que está por la calle habanera de Reina, ella iba cazando libros de cuentos infantiles antiguos, le encantan, y él estaba justo detrás suyo ojeando unos libros de francés, después se enteró que era el cuarto idioma que estudiaba. Parecía una polilla de biblioteca, se pegaba a los libros como si fuera cegato pero no, no necesitaba espejuelos, era vicio, para mi que estaba grabando todo con la camarita esa que lleva dentro del ojo izquierdo, donde nos dice que lleva la memoria de elefante.
Aquel día del encuentro, mi amiga vio su oportunidad clara. Al estudiar francés en la escuela tuvo su disculpita, y se lanzó al ataque. Nunca fue una chica lanzada, sino más bien tímida , pero es terca como una mula y si algo le gusta no le pierde pie ni pisada. Durante más de diez minutos, se resistió ante la tentación de hablarle, lo veía leyendo, ojeando de vez en cuando otros títulos...mientras pensaba:
- San Pancrasio, ya no me busques más novios, este es pa mi.
Lo miraba y lo miraba y ni un síntoma, ni una cadenita ni un anillito, estaba pelao, ni un pulóver de marca americano, lucía camisa de botones, ni tenis de marca, sino más bien zapatos de artesano.
Este tipo de gente que parecen vivir en las nubes, que lo mismo te salen con la diáspora que con lo caro que está el ají en el agro. Amalia cuanto más rato pasaba, más emperra...se ponía. Era un tipo extraño y eso la volvía más loca todavía. Hay un dicho que dice que “ Dios los hace y ellos se juntan.”
- ¿ Bonjour, comment ca va?, le dijo haciéndose la graciosilla.
Y él que tiene los ojos azules grandes, aún los debió abrir más pensando, ¿ que quiere ahora esta entrometida?.
Máximo, le dijo – no, aún no hablo francés- estoy en ello, quiero empezar a estudiarlo ahora.
Después de tres horas de charla, terminaron como todo el que no tiene a donde ir , en el muro del malecón. Pero antes, comieron algo en la calle Belascoaín, dos croquetas dentro de un pan, que junto a su recién llegada media naranja le parecieron canapés de langosta, con salsa cokctail.
En la calle le compró maní y unos aretes, que al pobre le costaron 20 pesos, bastante le debió gustar también ella, para hacer ese gasto en aquellos años. Caminaron un buen trozo, a pesar del calor sofocante. A Amalia, ese día se le hicieron llagas en los pies por las sandalias de tacón alto que llevaba pero ni se atrevió a quejarse, ya que sarna con gusto parece que no le picaba.
Ella sonrié para sus adentros sus recuerdos se mueven como si de una película se tratara, recostada en el sofá y mirando al techo me dice :
- Yara, se que lo atormenté con mi charla todo el camino, porque yo soy calladita, lo que ocurre es que al emocionarme pierdo los papeles, cosas del corazón, soy “cardioparlante” y funciona mi lengua según mi ritmo cardíaco.
El estómago se les entretenía con lo que habían comido, y ellos se entretenían de otra forma , sentados en el muro, mirando mar, donde por fin ya pudo quitarse las sufridas sandalias.
En ese día de conversación intensa, fue cuando supo que el aire de despiste de su enamorado era congénito, sus maneras de ser eran totalmente opuestas, pero se gustaban. Máximo tuvo las orejas encendidas de emoción toda la tarde, y ella sonreía encandilada como una lamparita de luz brillante. El estómago les hervía como bicarbonato en agua. De esas situaciones que ya no se ven muy a menudo, simples y sinceras, no al estilo de los culebrones colombianos.
Hasta ese momento Amalia con veintiséis años no supo lo que era enamorarse, para ella los amores eran de ida y vuelta y sin compromiso, ni fecha en el calendario.
Su marido no es un gran cuerpazo, hablando de físico no es muchas cosas, pero tenía algo que la atrajo como un imán su belleza es interna, especial, con unas inmensas cualidades que te atrapan.
Para no aburrirlos les diré que después de diez años, aún siguen enamorados, él sigue siendo el mismo vivaracho despistado de aquel entonces, cuando viene del trabajo y llega sin el abrigo que se llevó esta mañana, enseguida Amalia le pregunta :
- Papi, ¿ donde dejaste el jersey?, arruga la nariz y piensa, pero por más que piensa, na, no está para nada de eso.
Lo mismo el ocurre cuando sale y deja encerrada en su casa a la esposa con dos vueltas de pestillo.
Ahí es cuando Amalia jura por todos los santos que su maridito no tiene remedio. Una vez no hace mucho para que recuerde las cosas, usó un truco que le hacía su abuela ella y sus hermanos, le ataba una cinta roja de un dedo. Pero na, si a Máximo se le hace algún encargo aparece sin él y sin sentimiento de culpa, pero eso sí, trae la cinta roja amarrada al dedo amoratado a reventar, como si nada.
Fácil es encontrarlo dormido en la bañera, con el agua casi a entrarle por la boca y un libro de Stefan Zweig flotando como un barco a la deriva.
A veces en verano, se tira en el balcón , y los dos gatos acostumbrados a él , se le echan arriba, ahí se crea medio portal de belén, una estatua viviente, digna de Miguel Ángel.
- Siempre va sin dinero arriba, nunca se acuerda de sacar fondos, y pierde las tarjetas. No quiere saber de capitales, dice que eso envenena su alma, le gusta que ella sea quien lleve las cuentas. Común también es que ponga a cocinar algo en el horno y por acabar de leer el libro que tiene entre las manos, se olvide de apagarlo. Más de una vez ha triplicado el programa de la lavadora, con lo cual la ropa está lavándose seis o siete horas seguidas.
Después de la sesión de terapia tras escuchar todas sus quejas vitales, siempre positiva, Amalia,acaba diciéndome:
- Yarita, pero tú lo ves ahí, estoy loca por él. Es un ser diferente, atemporal, sin lugar de partida ni de destino, un despistado en el planeta, un extraterrestre, pero.... normal y natural también es que un día cualquiera. Máximo, mi rey del despiste, se te aparezca con una flor y aquellos zapatos que el día anterior te gustaron en una tienda y que tú por ahorrar no te compraste. O que limpie la casa al llegar aunque haya tenido un día de perros en el trabajo, echándole triple de jabón al cubo de la fregona, hundiéndonos después en un mar de espuma, mientras con una sonrisa se remanga sus pantalones para no mojarse, y ves la confirmación aplastante de que, hoy como siempre, se ha puesto los calcetines de diferente color.
IKEBANA
EL PATITO FEO
Mami :
Llegué a Madrid con la emoción intacta. Desde que salí de Cuba tú ya sabes que venía con el corazón en un puño. Nada más bajar del avión el aire me pareció diferente, me entró un frío seco así por dentro; yo creo que era el miedo enmascarado de no saber dónde había caído. Lo único que me reconfortaba era pensar que el abuelo salió de aquí un día con menos de lo que yo traigo y en un barco de vapor, mi viaje tardó ocho horas y el de ellos tres meses y una semana.
En el aeropuerto, mami, yo era la de peor vestimenta. Acá la gente va muy bien vestida, imagínate que todos parecían que iban de fiesta y yo con mi ropa malita me sentí inferior. Te juro que no sabía dónde diablos meterme. Al pasar el control en Cuba me preguntaron lo mismito que me dijo Abelito, que si los planes que tenía, como había conseguido el contrato de trabajo, si no me iba en el período señalado quedaría ilegal y eso supondría lo último... pero la policía de aduana ya en España con una educación que tú ni te imaginas, me dijeron todo por favor, y con tremenda amabilidad, yo no pude imaginarme un policía cubano metido en aquel cubículo dando esa información con tanta diplomacia. Y para serte franca, no me gusta ser vulgar, pero esto a ti si te lo puedo contar: yo creo que les hubiese gustado saber hasta de que color traía el blumer, por educación no lo hicieron y porque acá la gente no está para perder el tiempo. Mami, en definitiva esto es Europa y hay mucho que comparar, fíjate lo que te digo y eso que no he pisado nada más que el aeropuerto
Acá la gente camina y camina, como si tuvieran prisa para ir a los lugares de destino; nadie ve a nadie, miran hacia el suelo. ¿Pero no decían que España y su gente eran parecidas a Cuba?¿Cómo serán entonces países como Suecia, Noruega o Alemania?
Conecté con el otro avión que me llevaría a Galicia, un vuelo de Iberia en el que tenías que pagar la comida y bebida; fueron casi tres horas en eso, hasta la salida del vuelo y otro tanto más de trayecto. Del frío ni te quiero contar, la chaqueta tuya que llevaba puesta era como no tener abrigo. Sentía el cuerpo helado como quien vive permanente dentro de un aparato de aire acondicionado, o arriba del pico Turquino en cueros.
Salí de aquel aeropuerto, cargada de bultos. Yo no se ni por qué te hice caso, ¿a dónde voy con tanta bobería a cuestas? En la calle los carros iban y venían a gran velocidad, la sensación que concebí fue estar en una jungla. El olor que salía de las cafeterías era como el olorcito a comida calentica que tu haces en la casa, pero ni pensar en sentarme a comer algo; metí la mano en el bolsillo como buscando lo que no tenía. Cuánto hubiera dado por descansar en una de aquellas cafeterías a tomar tan solo un café.
En el bolso llevaba la dirección de nuestros parientes. Pregunté a una señora de limpieza y ella me dijo que Salvaterra de Miño estaba a unas tres horas de carro, coche como dicen ellos. Los taxis están en la puerta, casi como queriendo meterse pa`dentro y en fila igual que en el aeropuerto de Cuba, pero acá nadie los dirige, ellos tienen su propia disciplina y saben bien a quien le corresponde el turno. Me acerqué a un chofer de unos cuarenta años, le pregunté por el lugar y el precio, y lo que te puedo decir es que con lo poco que yo traía, al cambio en euros, no daba ni para empezar. Desistí, y me fui debilitada para la parada de la guagua. Imagínate, se hacían las dos de la tarde y yo sin echar nada a la boca y sin salir del aeropuerto. Por fin pude subirme a una guagua, mami, una de verdad, con aire acondicionado, grandota, con sillones igualitos a los sofás que hace Mayito pero en versión original; cada dos metros había un timbre para pedir la parada y otras cosas que no te cuento para que no te de rabia mañana al subirte al camello pa`l trabajo.
En la guagua sentí que todos me miraban. No era cierto, era ese jodido complejo que yo traigo de pensar que soy inferior, por venir de donde vengo. No han pasado sino pocas horas y ya los extraño con la vida, me siento como el patito feo del cuento.
(En el futuro, Claudia, se daría cuenta de que ella no era tal patito feo y que los demás estaban lejos de ser cisnes, eran seres tan iguales y tan desgraciados como ella, o más...)
Mami, aquí lo que se habla es gallego, nada de español, yo no entiendo nada, es como estar en otro país dentro de la misma España. Si no es porque llegué a Madrid, hubiera dicho que aterricé en otro lugar menos España. Mira que una viene desinformada, coño si hubiera hecho caso a Minerva y hubiera leído aquel libro de gallegos hoy no estaría tan perdíaa...
Tuve que hacer dos cambios de guaguas, pero eso no me cansó, más bien me dormí a ratos y soñé con ustedes. Pasé por pueblos y ciudades donde las calles estaban limpias, limpios los propios latones de basura, y mami, las carreteras sin baches; parecía que íbamos derecho a la gloria, ni un solo hueco, una maravilla para los riñones maltratados. ¿Te acuerdas de la Fuente Luminosa de la Ciudad Deportiva? Acá es a lo grande, una pila de carriles más y todo los carros incluida mi guagua van por su sitio, y da la sensación de ir en vez de sobre ruedas, por la vía de un tren con la mayor de las disciplinas.
El pueblo de los parientes no era muy grande - sí lo era la ciudad de Pontevedra - pero aún siendo chico daba buena impresión. Lo más lindo, la iglesia en el centro del pueblo, cerca de un puente que cruza el río Miño. Al otro lado ya es Portugal. Había una lanchita como la de Regla que llevaba a la gente de un lado a otro. Las casas amplias, pintadas y uniformes, aunque para mi gusto vestidas en demasía de colores grises; daban sensación de desánimo. Algunas se veían húmedas, cobijadas bajo unos tejados negros que recordaban los cuentos de brujas. Bordeando el río, una avenida grande con árboles en línea recta, parecía un cuadro lindo de esas postales que uno veía de la Unión Soviética. En una cafetería había cuatro o cinco ancianos echando la partida de dominó y me acordé de papá, con su pulóver rojo de los domingos y la gorra de los Marlins que le regaló Luisito. Algunos me miraban y me sonreían; eso me llenó mucho de satisfacción y me fortalecí creyendo que acababa con toda esa cantidad de complejos y manías que yo traía. Pero al ratico ya estaba pensando otra vez y con la duda, ¿aquellas sonrisas gratuitas serían de lástima?
- Mira que yo soy comemierda - debieron serlo, por el poco abrigo que yo tenía y la que estaba cayendo, lloviendo y sin paraguas....
Caminé una media hora pues resulta que ellos no viven en el centro del pueblo sino en una aldea próxima donde lo más que hay son ocho o diez casas y todos son familia. Por aquel camino fui contando los pasos; eso no me dolía, más caminaba yo cuando la 15 me dejaba botada. Lo que me dolía era el estómago pues aquel dolor del vientre no se me quitaba; estaba muerta de miedo por las novedades. Iba pensando cómo me iban a tratar, tan solo dos cartas en estos años y yo aquí de improviso a verlos. Mami, yo iba muerta pensando si me aceptarían o no, claro está, ya sabes esa creencia gallega que todos los cubanos venimos buscando las herencias de los antepasados y exigiendo lo nuestro. ¿Cómo hacerles creer que yo no quería nada de eso, que lo que buscaba era un lugar donde llegar, para con un empujoncito buscar yo solita lo mío? Si esta gente no me recibía, ¿dónde iba yo con veinticinco euros? Ahora me doy cuenta de lo guapa y atrevida que soy, y loca....
Llegué al número 21. La casa no se diferenciaba mucho de las otras: tenía un jardín delante con rosales de varios colores, las ventanas eran de aluminio blancas distribuidas con un diseño de cristal a cuadritos, y el suelo, de baldosas como de barro, a concordancia mucho con el paisaje. Una pequeña escalera a un lado, con una baranda preciosa de color claro que daba a un garaje. Había un perro echado delante pero ni me miró al pasar por su lado. El frío hizo que tocara el timbre rápidamente; yo hubiera querido, con calma, hacerme un poco a la idea.
- Buenas tardes, - me dijo la señora vestida de negro que me abrió la puerta. Tendría unos sesenta y tantos años, de piel muy blanca y expresión bondadosa. Tenía mirada de gente feliz, o por lo menos satisfecha.
- Buenas, yo quisiera hablar con Estrella Piñeiro.
- La misma – me respondió. ¿Y usted quién es?.
- Señora, francamente creo que es una historia muy larga. pero con mi nombre y mis señas se que algo debe imaginarse. Soy Claudia Piñeiro Ortiz, vengo de Villa Clara, Cuba. Soy descendiente de la otra familia que su abuelo hizo en Cuba, mi mamá Araceli se escribió con usted hace unos diez años, más o menos...
Se le notaba sorprendida pero mientras yo más hablaba y más apurada me veía, más confianza creía que le iba inspirando.
Estrella, no obstante, se quedó pensando como quien visita su propia memoria llena de recuerdos y me dijo:
- Sí hija, sí, entra - e hizo finalmente un gesto con el bastón que tenía en la mano para que atravesara la puerta.
Mami, en esa mujer te vi por momentos a ti, ¡como se parecen!
Ella se sentó en un sillón y en el otro yo y empezó a contarme las penurias que su abuelo había dejado acá a su abuela, de su mísera cobardía y del abandono tan cruel a una esposa con cuatro hijos, sin mandarle ni siquiera para comer.
- Se acomodó a su nueva familia en Cuba mientras aquí mi madre y sus hermanos pasaron más hambre que los perros de la calle. De niña oí a mi madre contar de su infancia, y créeme, fue duro aquello. No es grato recordar ahora, prefiero morirme sólo con los recuerdos agradables en mi corazón lo otro lo he desechado hace mucho.
Cuando me hablaba lo hacía con pena, mirando al suelo y en una ocasión se secó las lágrimas que de forma natural se le escapaban. Yo me sentía como una intrusa y hubo un momento en que quise salir huyendo de allí, pero no me reprochó nada, me preguntó mis intenciones, mis proyectos, el motivo claro de mi viaje y en que situación económica estaba. Yo fui sincera como ella lo estaba siendo conmigo; hasta eso le agradecí; Estrella desde el principio fue honesta y clara y yo le correspondí.
Saqué de mi maletín las cinco cartas manuscritas del puño y letra de mi bisabuelo, las cartas que su esposa cubana jamás le puso al correo, engañándolo, haciéndole creer que su familia en España las había recibido.
Le pedí perdón por lo que ella hizo; no tuvo derecho a guardarse esas cartas. Si al viejo le nació escribirlas ella debió mandarlas y no guardarlas en lo más hondo de un baúl. Le dije que si en algo la podía reconfortar yo se las entregaba. Ella deshizo el nudo y una a una las fue leyendo. Entrada ya la noche la mujer seguía mirándolas una a una y tocándolas con la palma de su mano, como quien toca el rostro de una persona, ligeramente, rozando la mala y pobre letra de un hombre arrepentido pero tocado por los caprichos del destino. En las cartas le pedía perdón a su esposa y a sus hijos, un perdón suplicante: un hombre partido en dos mitades y destrozado por la distancia y esas dos familias que eran la suya.
En ese momento yo no pude pedirle nada a aquella mujer. Mi orgullo y mis valores pudieron más que la necesidad. No me importó dormir debajo de un puente porque esa mujer no merecía ver mi cara todos los días y tener que recordar la misma historia, así que le dije:
- Siento una gran vergüenza al estar hoy aquí delante de usted, en su casa. Debí haber meditado más esta locura mía de aparecerme acá. No puedo pedirle que me ayude ya que mi familia perdió ese derecho al ocultarle a ustedes estas cartas. Señora, buscaré otro sitio a partir de mañana,
Me miró a los ojos y con la cartas en la mano, oí su voz confusa y dolida:
- ...Claudia, así te llamas, verdad? Para que veas que yo no heredé ningún rencor, he decidido - y espero no arrepentirme mañana cuando me despierte - que voy ayudarte en todo lo que esté en mi mano. Aquí está mi casa: soy pensionista, es decir, no tengo gran cosa. Ahí tienes un cuarto, tendrás que ayudarme con los gastos de la vivienda. Solo te pido que respetes mi hogar, mi forma de vivir y mis manías de vieja. No me engañes, y demuéstrame lo que tu familia no ha sabido demostrar hasta ahora. Lucha y trabaja, y lo demás vendrá solo.
Mami, aquí acaba mi carta. No la quiero abultar con muchas hojas, que tú ya sabes lo que pasa con el correo. Da gracias que caí de pie.
Los quiero.
Claudia.
IKEBANA
MENSAJERO VALDÉS.
Mi mensajero Valdés se paseaba por el edificio llenando los vacíos, como la esperanza esa que llena el agua con azúcar. Siempre lo esperé como cosa buena, y cada vuelta que nos daba era como ver un cielo donde sólo hay días de lluvia.
¡Qué lástima!, Valdés está solo en el mundo, pero no es huérfano por hacer honor a su apellido o viceversa sino por la poca suerte de perder de niño a sus padres, en un accidente de tráfico en la carretera de Santiago de Las Vegas. Desde aquel entonces, pasó de llamarse Eduardito Ramos a Valdés, a secas. Se quedó sin familia y hasta sin nombre.
Mi abuela se acuerda de cuando eran una familia feliz, gente común y corriente. La madre se dedicaba a coser para la calle y casi todos en la cuadra llevaban algo de vestir que llevaba su sello. Era muy meticulosa y limpia - pulcritud heredada de su madre -, una mujer de finas maneras. Venían de sangre holandesa, de ahí que el segundo apellido de Valdés fuera Van de Valle. Se acumulaban los nombres con “V”, simulando matices victoriosos, pero el infortunado no tenía en su currículum más que penas y desórdenes. Siempre soñó con tener el pelo colorado y el rostro colmado de pecas pero esa herencia de los holandeses no le tocó jamás.
El padre era así mismo como el hijo, introvertido y juicioso. Creció dentro de una charanga pues en su reparto se hacían los carnavales más divertidos de hace unos años, pero después, ya de mayor, trabajó en una funeraria; él mismo hacía las cajas de los muertos sin saber que haría hasta la suya propia. De pequeño, Valdés creció inmerso en el arte floral de las coronas funerarias; mientras el padre hacía los arcos, él y la madre decoraban los cercos, allá en unos locales próximos al Cementerio de Colón.
Se hizo un hombre de silencios como el papá. Era un ser cariñoso, movido en el fondo por la ilusión de cruzar el charco, jugando cada día algunos pesos a la bolita con la intención de sacarse el precio de lo que costaba una cigarreta. No quería relaciones amorosas, ni casarse, ni tener hijos; evitaba dejar lazos familiares sueltos: cuando se marchara no quería sentir remordimientos. Nadie sabía de sus intenciones, nadie lo calibraba, porque su mutismo parecía ser generalizado en su vida cotidiana, pero en su cabeza viajaban ideas de volar como Matías Pérez cualquier anochecer de estos.
Vivía en un cuarto cerca de La Quinta Canaria, tan chico que cuando se entraba había que hacerlo de lado, porque la silla de zinc que le regaló el bodeguero y la cama de un solo cuerpo, ya eran bastantes para aquellas cuatro paredes. El baño era comunitario y la cocina por turnos: un viejo fogón que les estaba resolviendo el papelón a tres familias; sin el fogón, el almuerzo de los tres cuartos se iba pa´l carajo, ¡yo no sé que sería de ellos! No tenían lazos de consanguinidad, pero familia al fin y al cabo, el cariño ése que da el roce y la escasez...
Si le mirabas las manos, verías ese callo apreciable en el dedo corazón, dedo que deja la pluma y el tiempo. Un buen sicoanalista diría que era escritor, y no se equivocaría mucho, pues en sus noches de insomnio, que eran muchas, encendía la lamparita de noche, y en el papel que le regalaba la hija de Mercedes, escribía sus recuerdos de niño. Esas memorias escritas es lo único que quería llevarse el día de su partida, dentro de un nylon, custodiando su propio pasado.
Pocos saben que Valdés era licenciado en derecho. Estudió la carrera por la libre, estudiando en las bibliotecas, en su casa y en la de un pariente de su mamá que era notario. Los sábados y domingos acudía a la universidad para presentarse a los exámenes; de esto hace ya varios años. Se distinguía de los otros mensajeros por su afán de superación, su ansia de estudio y ese espíritu constructivo que se le advertía al dialogar.
La doliente realidad es que sacaba más partido a sus horas de mensajero que a su licenciatura de abogado y en eso estaba. Era común oír a aquellos que lo saben, indagarle por gestiones y procesos, le pedían consejos y él se sentaba como si tuviera todo el tiempo del mundo y daba su parecer. Era un loco enamorado de la palabra, a pesar de que ella no era su fuerte; su timidez le impedía romper la pena, como aquel que en vez de darle un beso al amor, se la pasa deshojando margaritas.
Saliendo del apartamento ocho le cortaba el paso Maylin, con sus rolos bien acabaditos de poner y su lycra azul de las mañanas, (se secaba las uñas soplando en ellas como un ventilador):
- Ven acá Valdés, ¿qué tú crees de mi divorcio? ¿lo presento por rebeldía o hablo con Alberto?... buena estoy yo para darme ahora un viajecito a Santiago, eso me pasa a mi por casarme con un guajiro, si todo el mundo me lo decía, y yo de comemierda me casé.. total pa ná, pa quebraderos de cabeza...
Casi al bajar la escalera, lo reclamaba entonces María, la malos ojos; así la habían puesto en el edificio: La espirituana llegó con un camión de muebles, y la muy boba tuvo que vender la mitad: era como querer meter La Habana en Guanabacoa. Venían de una casa grande para un apartamentico de un solo cuarto y escasos metros . Ella a pesar de que conocía poco al mensajero, lo llevaba cazando hacía días, pero no para pedirle que se hiciera cargo de su libreta, sino loca de ganas por aconsejarse con Valdés y resolver su permuta. De guapa se fue para la capital sin que le hubieran concedido la permuta y a todos los efectos seguía viviendo en Cabaiguán. Su libreta estaba por allá y Suna vez al mes, se daban el viaje a recoger los mandados que su hermana le iba acopiando, no sin la consiguiente tacita que le iba sisando en el peso a todos los mandados de la bodega.
- Dime niño, ¿qué yo hago con la permuta?, no terminan de cambiarnos la dirección de Sancti Spíritus para La Habana, y parece que el proceso demora. ¿Tú no tendrás algún conecto en Vivienda? Sin la dirección en el carné mi hijo no encuentra trabajo y estoy al irme a vivir debajo del puente Almendares. ¿Tú no crees que tocando con alguito a esa gente lo mío camine? A mí me dijeron que por allá por la Zona Franca vive un notario que está en eso...
Mi mensajero Valdés, se encogía de hombros, cavilando la manera de dar el salto y salir de su implacable miseria; soñar no cuesta nada, es gratuito y saludable.
Hace dos semanas que mi mensajero salió con un destino sin libreta, con sus escritos en un nylon y veinte dólares.
No hay noticias.
“ A mi cuñado y a esos años arrastrando un carretón.”
EL GARAJE BIBLIOTECA
Mis queridos libros, viejos y antiguos, viejos por su apariencia y antiguos por su edad, llenan el espacio más genuino de mi casa. Sucios de huellas meritorias, y limpios de olvido. Al regreso de La Perla, ellos han sido mi único equipaje. Rememoro a veces el disimulado y poderoso latido de mi corazón en la aduana del aeropuerto.
Recuerdo aquella vez que fuimos a Cienfuegos... la idea precisa era comprar libros. No sé quién - bueno, sí lo se, pero no lo digo -, nos comunicaba siempre si alguien se veía obligado a vender su biblioteca, y ceder esa bella posesión.
El trayecto fue largo para la no tan extensa distancia. Pero reconózcanme, mis amigos, que ir en un almendrón hasta allá desde La Habana es como hacer malabarismos de escalada en el puente de Bacunayagua. Sólo el amanecer, llegando a Colón, alegra la jornada, nos acelera el pulso e invita a continuar; los libros nos esperan.... De paso llevamos como compañía a Chichita y Nelson, que se quedan en el Delfinario de Cienfuegos mientras nosotros atendemos nuestro afán. Marchan radiantes: acarrean un pomo de refresco con jugo de guanábana y trocitos de hielo, una jaba de pan tostado con pasta de bocadito y casquitos de guayaba, para comer con queso crema.
El viaje hacía una semana que se había programado; de ahí la abundancia de Chichita con el bocado, pero lo que es nosotros, ni en eso caímos; la agitación nos tenía sonsos. A nosotros nos valía como alimento la emoción, nada, comemierdurías nuestras, como dirían los demás. Nadie entiende que no los compremos para negocio, salvo los amantes de ellos, que al igual que nosotros existen y habitan en ese mundo de las letras. No hay idea más clara en nuestro cerebro que disfrutarlos mientras la vida nos dé ansias de leer y capacidad para seguir amando el conocimiento, porque sin duda eso es una razón de enamoramiento fatal.
El boulevard de La Perla del Sur no se me antojaba el mismo, las casonas parecía que hablaban y decían, “sigan más allá”. Cuando llegamos a la dirección sugerida sentimos que nos esperaban; dos personas conversaban en el portal, a golpe de mecedora: Abel y su esposa. Abel aparentaba unos ochenta años, y por nuestro amigo sabíamos de antemano quién era; un médico retirado que a lo largo de su vida, construyó un paraíso de sabiduría en un sencillo cuarto que una vez fue garaje. Se notaba en ellos una lógica tristeza y en mi corazón sentía como cuando se aparta a unos hijos de sus padres. Mi reacción fue pedirles perdón de entrada, pero advirtiendo nuestro pesar, nos dijeron que si no los comprábamos nosotros, lo harían los libreros de la Plaza de Armas, de allá de La Habana, y ésos sí que harían negocio; que preferían que permanecieran juntos, en nuestra casa, aunque se los pagáramos a un precio quizá menor. Me sentí más aliviada, y se me quitó el sentimiento de culpa; seguidamente nos enseñó su gran tesoro, y les puedo asegurar que en todo el amplio sentido de la palabra.
Pensábamos la manera de examinar toda aquella cantidad de libros. Tardaríamos días en ver aquella colección, y dolidos de antemano, al adivinar cuántos de ellos se quedarían por no poderlos pagar. Nuestro bolsillo iba con un límite preciso, y debíamos elegir a conciencia. Mi marido prefería las biografías, - ya le había echado el ojo a dos o tres de Stefan Zweig que había visto por arribita -, y la Historia en todas sus vertientes. A mí, quizá más superficial, me fascinan los libros de cuentos infantiles, esos de cartón duro, y todas las ediciones sutiles que no sobrepasaran en tamaño la palma de mi mano.
A lo lejos se veía como la sumisa caricia de un plumero. Había repasado uno a uno los anaqueles repletos; estaban catalogados por temática y a su vez por orden alfabético. Si ustedes supieran que daba la sensación de estar callejeando una ciudad en miniatura, con sus esquinas y sus señales, con sus pisadas. Y entre libro y libro, como semilla de árbol milenario, saltan granitos de café y pimienta negra, amaño casero infalible contra las polillas. En una esquina, más como estante que como mesa, estaba ella. Era un mueble antiguo, de madera tallada, sus cuatro grandes patas a manera de un capitel corintio, con hojas de acanto en la esquinas y algunos detalles más que la hacían digna de admirar. Enseguida la imaginé, en el rincón preferido de mi casa, pero claro está aquello era como pedir el cielo y eso no estaba en mi mano ni al alcance. Había una fiel colección de fotografías en color sepia natural, ese natural que da la originalidad; fotos dedicadas, a poca percepción diría que algunas eran de finales del siglo XIX. Tenía verdaderas joyas delante de mis ojos, muy cerca de mí. No supe cómo lo pudo obtener, ni pregunté, más que nada porque yo no tendría nunca dinero para pagar aquel trozo de historia, a pesar de ambicionarlo con toda mi alma.
Como veterano lector, Abel se sentó en una silla a la entrada de garaje y puso delante una mesita chica. Ahí le íbamos emplazando nuestros preferidos y él iba sugiriendo el precio. Cada vez que tomaba uno de sus libros en las manos, lo tocaba como solo un amante puede tocar a su pareja, con verdadera pasión nos relataba como llegó esa precisa obra a sus manos; unos los adquirió gracias a un abono de años a La Moderna Poesía, donde por cuestiones de trabajo iba habitualmente, y el resto fueron comprados a su vez a terceros que al igual que él, se desprendían de ellos por no caer en el hambre forzosa. Y como maleficio, se me caen de las manos los clásicos, ésos que no quieren irse, los que desean permanecer en el sitio.
Hicimos dos viajes en las siguientes semanas a Cienfuegos. En la compra y gastos de transporte se nos fueron los ahorros, ahorros que no siempre se tienen, y son tan difíciles de lograr. Pero a cambio elegimos quedarnos con la satisfacción de tener en nuestra casa un valor inestimable, y que como mis predecesores, sólo venderé si el hambre toca a mi puerta, se arrodilla y me lo pide por favor.
IKEBANA
“ Azar es una palabra vacía de sentido; nada
puede existir sin causa”.
Voltaire.
EL OCHO IMPLACABLE
La noche siguiente, no dormí nada.
Mis neuronas querían seguir dando guerra, y la misma pregunta se instalaba a ratos en mi cerebro sin dejarme cerrar un ojo. ¿Aquel acontecimiento que viví fue fruto de la casualidad o tiene una base científica? Seguiré haciéndome esa pregunta toda la vida.
Caminaba el año noventa y cuatro, y como casi todos los cubanos emigrados saben, cuando una regresa de Cuba a España, aún siendo española, una viene con una mano delante y otra atrás, y se aferra a cualquier clavo ardiendo, por lo menos en el ámbito laboral, y aunque tu preparación fuese otra muy distinta, le metes a todo porque la falta de tiempo y la necesidad impera.
Había regresado de Cuba por asunto familiar, pero en mi interior, sentía esa ansia de volver y pisar las mismas calles, reconducir los mismos pasos de mi adoptada casa, de mi prestada tierra, a pesar de que mis lazos familiares estuvieran de éste lado de acá.
Revisaba el periódico todos los días, escrutando ofertas de trabajo, ¡qué ilusa era yo, esperando encontrar algo bueno en plena temporada! Corría el mes de agosto, y la impaciencia me visitaba de forma atropellada. Por fin, a la semana de saludar regularmente al periódico, encontré un anuncio sencillo y escueto que me llamó la atención. Aquella opción de trabajo hizo honor al dicho del clavo ardiendo...con el paso de los años.
Pero como el destino es así de antojado y caprichoso, caí en una empresa de alquiler de coches que buscaba secretaria, pero vaya con la entidad,... más tarde lo descubrí. Una firma con dos trabajadores, más el dueño, ése era el total de la plantilla. Además de mí el otro empleado era un señor mayor, de piel cobriza, un rostro dulce, amable pero abatido, tenía el pelo blanco de canas; su edad rozaba la de la jubilación, y aunque ustedes no lo crean, ¡era cubano!
El lugar, me recuerda a ése que describe ahora el Sepulturero como su antigua consulta, era un semi sótano húmedo de un hotel cualquiera, más bien menesteroso. Yo me beneficiaba cuatro metros cuadrados de oficina, donde no cabía mas que una mesa y una silla, y una segunda para el cliente. Al lado un pequeño anexo que hacía las veces de garaje lavadero, donde trabajaba Eleuterio el mecánico, mi compañero. Allí se evadía por momentos, soñando, entre cambios de aceite y pastillas de freno, aderezado todo con tremendo olor a gasolina, un cóctel extraño.
El dueño de tal “emporio” era iraní, un ser humano pequeñito y calvo, recuerdo que tenía complejo de correcaminos,... y total para ir a ninguna parte. Nos pagaba una puerca miseria, pero lo bueno que tenía era que allí trabajabas una hora por la mañana, completabas los contratos correspondientes a las reservas, alguna llamada de teléfono - siempre acreedores -, y luego no había nada más que inventar, así que aprovechaba para escribir a discreción, largas cartas a Cuba, y entre golpe y golpe de llave inglesa, oía los cuentos que ya en confianza me iba contando el añejo Eleuterio. Me sentía como una niña que se reconforta escuchando.
Al salir de Cuba el destino del viejo fue Suecia, en un momento, según él, que los nórdicos abren las puertas con la intención de incrementar su bajo índice de natalidad. Tuvo varias mujeres, vivió un considerable tiempo en una invisible disciplina fría y tosca, nada que ver con las pretensiones de encontrar en los fiordos algo parecido a su vega pinareña.
Eleuterio era natural de Vuelta Abajo en Pinar del Río: todos sus años estuvieron marcados por su labor de torcedor de tabaco. Un trabajo manual que no se parece en nada a su actual ocupación; bastaba con ver aquellas manos de grasa amasada. Su padre fue rezagador y como principal tarea tenía la de seleccionar la hoja de tabaco antes de ir a la fabrica. Heredó de él su amor por la picadura y la tripa del cigarro, zurcidor de aromas tan elegantes. Su preferido era el “colorado pajizo”: como ése, según él, no había ná en el mundo, ¡quién pudiera volver a catarlo...!
Me contó de su infancia, de sus dificultades y sueños, me contó de la madre de sus hijos y de ellos mismos, de su actual apacible vida, pero también de su nostalgia por su campo y su vida tranquila. Yo de vez en cuando también le confesaba de mi añoranza, y mis pretensiones de regresar cuanto antes.
Un día nos llamaron desde la parte norte de la isla. Uno de nuestros coches de alquiler había tenido un accidente, y debíamos enviar una grúa para el traslado del vehículo. De esa gestión me ocupé yo. A las dos horas llegó la grúa, casi justo a la hora del cierre de mediodía, ya que era turno partido y volvíamos de cuatro de la tarde a ocho de la noche, salvo el domingo que estaba cerrado.
Desde mi ubicación, soy la primera en advertir la llegada del coche siniestrado, le doy aviso a Eleuterio para ayudar al operario, y terminar cuanto antes con aquel incidente que interrumpía mis cartas, y los cuentos de mi socio.
Sucedió algo inesperado y les juro que jamás he visto a un loco tan innegable y real, como aquel en el que se transformó el cubano al ver la matrícula del coche. Eran cuatro ochos, 8888, y el automóvil estaba destrozado... No quiso ni mirarlo, ni tocarlo ni olerlo, solamente me gritaba agitado, con aspavientos:
- Ve para tu casa, y no mires, que lo baje él solo, no lo toques...déjalo,...ésto es un augurio de muerto hoy, y va a haber muerto, ya lo verás....
Yo no entendía nada, pero lo cierto es que Eleuterio salió caminando calle abajo como quien lleva el diablo dentro del cuerpo, y no lo volví a ver nunca más.
A las cuatro de la tarde continuaba mi embelesada jornada para escribir cartas. Había sido un día largo y no tenía deseos de nada, hasta la comida me había caído mal. De repente la calle estaba cortada por una ambulancia y a pesar de que sólo me faltaban cien metros para llegar a mi puesto no se podía transitar. Me bajé de la guagua, y seguí caminando. Al llegar no me desmayé porque Dios es grande: a cincuenta metros de la puerta del garaje, había un cuerpo extendido en el suelo medio tapado con una sábana, tenía casco de obrero, botas macizas, y con restos de cemento en las manos. Yacía muerto.
La policía informaba más tarde en la radio que un obrero de la construcción se había caído de un cuarto piso y había fallecido y que patatin patatan, con la seguridad laboral y los riesgos de un trabajo de ese tipo... Fue cierto, no lo he inventado.
Nunca se lo dije a nadie, pero mis recuerdos dicen que ése fue “el muerto del ocho”.
IKEBANA
CENA DE AUSENTES.
Desde hace varios años cuando llegan la fechas navideñas, Abel y Dora tenían la sana y desahogada costumbre de enviar a algunos vecinos del edificio veinte dólares a cada apartamento, no era gran cosa pero bueno... ese poco dinerillo hacía posible ver algo atrayente en la pronosticada mesa vacía de Fin de Año.
La citada noche. comían sabiendo que allá en La Habana, sus vecinos también cenaban algo especial, un trocito de carne de puerco, quizá una botellita de sidra para brindar y unas aceitunas. Las puertas de todos los apartamentos estarían abiertas y ellos en su imaginación, los visitaban uno a uno antes de las doce campanadas. Sus corazones así se endulzaban, y el pecho respiraba un poco más tranquilo si cabe.
En otro orden de cosas la rutina española de Abel era simple pero inmensa en su magnitud, pues se levantaba todos los días con la indeleble ilusión de sacarse el Euromillón. Hacía caculos de probabilidades, y se enfrascaba en demostrar que la suerte también tiene una lógica, que si el 23 lleva sin salir treinta y pico de días, que si el cuarenta ha repetido en las dos últimas tiradas, que el dos cae seguro.
Su mayor ensueño era recuperar la cercanía física con sus vecinos, su gente, y situarlos en su edificio de España como en lo estuvieron en Cuba, en la pared continua, con un pasillo lleno de puertas abiertas, alrededor suyo, soñando sin que eso le costara ni un céntimo...
Pero los días, los años iban pasando, los vecinos y él se hacían viejos, la lotería no llegaba y los propósitos iban quedando como una quimera, aparcada en un rincón del alma.
Este 31 de diciembre no podrá ser, la imposibilidad de hacer realidad la ilusión de los últimos años se hizo palpable, la empresa de Abel había salido con un posible reajuste de personal para primeros del mes de enero , y no se sabía que sería de su puesto, si habría liquidación y caminito para el INEM, o cambio de situación laboral, o quien sabe qué.
Dora mastica la incertidumbre del emigrante recién llegado a pesar de no serlo, aquel emigrante que ustedes conocen y yo también, que busca desesperadamente estabilizar su situación, con el bolsillo apretado, y con las “cuestas” mensuales cimentadas en un presente desbaratado y en un futuro incierto
Cuando llegan situaciones así, se suceden los interrogantes, el miedo a no tener con que sobrellevar los días, y la impotencia de trabajar al pie del cañón sin llegar nunca a resolverlo todo.Así, en el aire se había quedado la cena de Fin de Año, con una promesa que no podrían cumplir esta vez.. El mutismo se hace rey entre ellos dos recordando cuando montaban una mesa grande atrás en la parte mas ancha del pasillo, y en los años buenos, llegaron a asar hasta un puerco pequeño. El que trabajaba en el hotel traía pasta de bocaditos, otro se aparecía con unas cervezas...
En recuerdo de esos treinta tantos años de aquellas fiestas en común, iban esos veinte dólares por familia. Seguro que ustedes pensarán “vaya mísera cantidad” y yo publicándolo como una gran hazaña. Sólo hay que darle su justo valor y aplicarlo a la realidad de cada uno, porque las situaciones son relativas, y solo ellos saben por qué lo hacen.
Los vecinos del edificio no son cualquier gente, no lo fueron nunca, no lo serán jamás, son más que un lazo de sangre, son esa unión que genera la miseria compartida.
Fueron aquellos amigos que se arrastraban en carriola con Abel, los vecinos que se iban a Guanabo a la playa un domingo con diez o doce muchachos del barrio, son los abuelos postizos de los más pequeños del edificio, los que siempre tuvieron un caramelito guardado o dulce de toronja para lamerse los dedos, la señora Luisa que cuidó de él y que lo recogía de la escuela, mientras que su madre viuda limpiaba piso para mantenerlo, Arturo el vecino que lo llevaba para el campo los veranos, que le enseñó a ser un hombre, Jesús el amigo que le explicó como afeitarse, como besar a su primera novia venciendo esa timidez que lo caracterizaba, juntos comieron pan duro en la beca, y juntos se escaparon un día para la casa, subidos a camiones y rastras como dos inseparables, Lucía la vecinita que cuidaba en las fiestas porque era como su hermana velando por su seguridad, la que ha comido en su mismo plato a mitad repartido, Joel el niñito de ocho años que enseñó a jugar al ajedrez y que gracias a su celoso amor a los números hoy es monitor de matemáticas de su escuela, hijo de la doctora que los cuida a todos, que a muchos salvó la vida.
Son ellos, esos son..
Todos esos, los que este año tal vez cenarán solamente arroz y frijoles.
Dentro, algo les dice a Abel y Dora que la conclusión mas sabia para seguir adelante con la conciencia intacta es que el día 31 de Diciembre en su pequeño apartamentico de alquiler en España, la noche sea una noche cualquiera, sin comilona, igual que en un edificio de Cuba, sin champán, ni turrones, sin fecha señalada, porque en el almanaque, no existe motivo para celebrar cuando la mesa está llena de ausentes.
IKEBANA
20.4.06
EL CHINO.
El Chino es un hombre “ocupado”, no tiene nada de nipón ni los ojos rasgados, es apodo heredado de su niñez. Lo mismo lo solicitan pa jugar dominó, que para dar unas clases de aritmética, o para que te ubique con exactitud una calle de La Habana. Es una enciclopedia andante de formas de supervivencia, un notable experto en el arte de la matemática y los porcentajes. Todo esto es gracias a su disponibilidad y tiempo libre. La culpable fue una enfermedad infantil qué lo ha dejó cojo de una pierna; tiene medio lado dormido como el alma, pero el otro medio está tan vivo como una lagartija en un desierto. Es grande y corpulento, de apariencia ya gastada por sus cincuenta y dos años. Vive en la casa materna. Nunca se fue de ella, salvo casado, pero volvió tras su divorcio. Además de él viven su hermana, dos sobrinos y su madre, una vieja malcriada que grita por todo y se pasa los días en un sofá remendado a parches, fumando su cigarrito. Divisa hasta lo que viene dentro de las jabas del agro; de ésta forma controla para luego “chismiar”, las entradas y salidas de los vecinos. No tiene nada que hacer mientras sigue envejeciendo, menguando posibilidades detectivescas.
Pero hablando del Chino, les diré que por desavenencias con los demás de la casa se cocina solo, se hace todo en soledad, hasta tiene un horario para el uso de la cocina y el baño. Es la casa más desastrada y sucia que jamás vi en Cuba, me parece a mi que ésa no se ha baldeado nunca.
Pero a pesar de todo esto, es buena gente, amable, educado a su manera y sensible. El dice de mí, que soy su segundo amor en Cuba, porque siempre me he preocupado de su minusvalía y de sus recetas.. quizá yo sea más que eso, pero no tengo edad para haberlo parido. Vive al final del pasillo, por lo que lo tienen calado, cuando camina arrastra sus chancletas chinas, totalmente de plástico, de esas negras, que no se rompen nunca. Se viste con short todo el día, pero tiene una muda de pantalón americano, en color gris, y unos zapatos acomodados a su problemita en el pié. Esa ropa es el “uniforme “ para las salidas, los cumpleaños, y a veces algún domingo. Fue la vestimenta de la graduación de su hijo. Este año fue feliz por eso, hablaba de su Marvin, del trozo de carne más amado por ser parte suya, de lo bien que discutió su tesis, y por supuesto nos enseñó varias veces las fotos de su graduación. Así te va envolviendo, con una cosa y otra, y se te mete en la casa, cuando tienes una visita, y vuelve y mete la cuchareta, hasta que llega un momento al final del día que tienes que mandarlo pa su casa, aburrido de su presencia. Y al otro día te da lástima por haberlo hecho, pero no hay lío, él no se desarma y allí lo tienes otra vez temprano para contarte los últimos chismes y darte un par de explicaciones de no importa qué cosa. Lo esencial es su manera de decirte: “ésto se hace así y asado, y esto otro no puede ser así, porque .... yo tengo una amiga, que estudió conmigo en la secundaria... y me lo dijo... porque el amigo de una hermana suya se casó con un Teniente francés”, jajjaja así funciona el Chino, y así es su lógica. Conoce a todo el mundo: si está viendo el televisor, y aparece una muchacha linda, te dice: “...mira, mira eso, ella es fulanita, y vive por allá por Marianao, pero ..¿ustedes no la conocen? yo la conozco porque ....” y ahí empieza el repertorio de explicaciones, que te dice y no te dice nada al mismo tiempo. Lo damos por incorregible y hasta en estos momentos nos ponemos a hacerle la chanza. Gracias a Dios tiene buen humor y no se encabrona.
Es fácil verlo en medio de la cuadra jugando dominó; de lejos se le oye decir:
-¿Qué dices tú?- Pa`l carajo tú....Y atendiendo lo mismo al juego que a lo que pasa a su alrededor. A todo esto mastica un poco de romerillo para la garganta y grita, entrometido como él solo: ¡Oyeee, no corran más con la chivichana por ahí, que van a romper las losetas del pasillo!
Concha piensa pintar la casa mañana, pero primero está averiguando si El Chino no tiene que ir al agro o al consultorio; es que ponerse a pintar con él cerca, es un dolor de cabeza, pues siempre se las ingenia para dirigir el proyecto, que si aquí la brocha no pasó bien, que allá te queda un manchón, que miren bien lo que están haciendo que él tiene medida la pintura y con eso no va a dar.
Hasta el mensajero le toca el silbato desde bien lejos, pa no oír la amenaza diaria y acostumbrada de que lo va a botar y se va a buscar a otro que le resuelva mejor el pan, que ni pa tostarlo, que el perro es el único que se lo traga...¡resabioso como la madre, coño!
Yo creo que todos esos resabios son el fruto regalado de su divorcio. Aún con el paso de los años, el nombre de Berta sigue martilleando su cerebro. Ha sido la única mujer de su vida, la madre de su hijo y eso ya lo es todo para él. Y es que dentro de ese cuerpo crecido hay un niño medio abandonado por una mujer, y aunque se ha resignado a estar solo - pues no hay hembra que se le acerque - siempre tiene el sueño de que su ex mujer se le aparezca con la tremenda noticia de la reconciliación.¡Pobre iluso! Berta hace años que comparte su vida con otro y es feliz; a ella no le dolió nada esta separación, hacía algunos años que se había cansado de sus argumentos tediosos. Pero yo no se qué perfil le miraba, que cuando lo veía cada mañana, recién levantado, ir por el pasillo con su caminaíto de medio lado, me daba mucha lástima, siempre que le preguntas por su pierna, te dice: “Ahí, arrebatao”.
Y es que sus dolores se presentaban a veces sin avisar, lo dejaban en cama por dos o tres días, y era inevitable pincharle vitamina B doce en ampollas, porque de lo contrario no levantaba cabeza, y los “ay diooss” se oían allá en el mismo Pinar del Río. Pero el día que ya se encontraba bien, era como el sol que sale después de dos o tres días de lluvia, un rayito así rico, una persona con mil defectos pero con mil y una virtudes. En su lenguaje de calle, sin equivocarme puedo decir que es “mi socio”, puedo asegurar que somos grandes amigos: El Chino forma parte de mis sueños de gloria, y es que es imposible amar tanto a un país sin amar a su gente.
IKEBANA
BESOS DE PAPEL
Casandra tiene nombre de actriz de telenovela, su tía Isabel se gozó enteritos treinta capítulos de la misma en una viaje que hizo a Colombia, y de allá le trajo el nombre.
Mi amiga jinetera se levanta todas la mañanas pensando que será éste su gran día, sueña despierta que hoy conocerá al hombre rico que la sacará del solar y de su podrida miseria.
El tun tun de sus caderas deja miradas al paso: ese shorcito que ella se pone le marca hasta el intestino, y la blusa transparente como sus mismas intenciones, se le pega al cuerpo y la hace sudar. Lleva unas sandalias cruzadas hasta las rodillas, las manos llenas de anillos, cada uno de una persona diferente, de una promesa distinta.
De momento se conforma pues hubo buena noche, pero está loca por sentenciar a una presa que le asegure los zapatos blancos de tacón que acaba de ver en la calle 12. A veces aún sin un kilo arriba entra a las tiendas a oler lo que un día comprará, como cualquier española o francesa o italiana. La muy inconsciente piensa que afuera el maní cae del cielo y los dólares son moneda fácil. Sueña con los perfumes de Gucci, Armani, con ponerse ropas de alta costura y se pasea como una actriz desubicada, pero orgullosa de su última película.
Va dispuesta calle abajo, buscando la Rampa y el Malecón; merodea por los hoteles huyendo de los hombres de azul. A Casandra no le gusta buscar extranjeros en las discotecas; esas relaciones suelen ser temporales, durando lo que duran sólo las vacaciones, ya que el extranjero suele salir en retirada después sin dejar huella. Pero las relaciones sustanciosas son la que acontecen y se “manufacturan” en la parada de la guagua, en una cabina de teléfonos, en un parque, o visitando las casas de alquiler, presentándose como amiga de la familia - previo consentimiento de la misma, claro está -, y previo regalito. Este último tipo de acercamientos son los perfectos, pues la presa no advierte interés y todo queda como el más casual de los encuentros y la más auténtica de las amistades.
Llegando a 23 y O, Casandra ve lo que quiere; para allá va con mente fría y corazón caliente. Está para lo que está y se llama Dólar.
Alguna vez le han dicho que no tienes escrúpulos; ella dice:
-No tengo escrúpulos, verdad, no los tengo pero quiero irme y es la única salida que encuentro. Me gusta el baro, porque eso engaña mi añorada felicidad. ¿Engaño a alguien?, sí, lo hago, y lo siento, pero lo hago. El extranjero es mi tabla de salvación, mi esperanza más fiel. Los hombres con los que tengo sexo son dueños de mis posibilidades y yo callada pongo mi destino en sus manos, y así las horas se vuelven frescas con la llegada del amanecer.
A pesar de todo, ella no soporta los besos; las manos le saben a piel de otra, se envuelve en halagos que no siente y no para de mentir como una descosida... Sí mi amor, eres el único, el mejor hombre que he conocido, como tú nadie, - mientras un dolor en el vientre le da arcadas, pero piensa en los zapatos que se va a comprar y en los antibióticos para la mamá, cierra los ojos y actúa interpretando un guión majestuoso pero seguro fácilmente arrinconable.
Martín es el viajero. Visita Cuba porque ya todos sus amigos lo han hecho y está ansioso por conocer de primera mano si es cierto o no la fama de las jineteras cubanas. Él es ingeniero de caminos, pero al ser soltero y vivir aún con su madre, si le miras la forma de vestir, te parece medio paleto, aunque está muy lejos de serlo. Caminaba con su maletín de Guamá y unos corazones rojos, cruzado de lado a lado diciendo sin decir, a gritos, “Soy extranjero, vengan a mí”.
Vive en Zamora capital, y de España, en este viaje, sólo ha extrañado la comida. El clima le gusta porque le da seguridad en sí mismo. Allá en Zamora, cuando hacía frío, su carácter se resquebrajaba de hoy para mañana; es un tipo débil en ese sentido.
Martín no se enamora fácil; ha tenido varias oportunidades y en sus cincuenta años sólo amó a una mujer. En Cuba es cómodo. Se hace fácil engañarse a sí mismo pensando que la cubana lo adora como a un Dios. Sabe cierto que para ella sólo es un número más en la lista y este amor improvisado es como un contrato, un “tu me das yo te doy y ninguno preguntamos”...
De esta forma, el susodicho pasa veintiún días en La Habana, montado arriba de la ola, y paseando de la mano como un quinceañero, una preciosa mujer a su lado, sumiso en la más profunda de las mentiras pero feliz de vivir esa quimera.
El día del adiós, a dos metros del control de la Aduana, él cree oír de ella un “te quiero” susurrante, que le hincha el pecho; se enriquece de un imaginario metal precioso, y en el vuelo, vuela de verdad, pero dentro de sí mismo.
En España los días se hacen eternos, la rutina lo mata, su madre lo obstina, la soledad y la ausencia de una bonita mentira le golpean el cerebro. La echa de menos, la extraña como una fuerza subliminal; como huracán de categoría cinco se plantó en su vida y Casandra no se va. Intenta borrarla del pensamiento, de su cama vacía, poniendo color a lo que antes no tenía, pero sin ella, sigue siendo al final una vida en blanco y negro.
A los tres meses Martín viaja a La Habana; va a buscarla y no está. Se pasa cuatro horas esperándola fuera del solar donde la recogió tantas veces... Se convence que ya es otro carro el que aparca, un chofer diferente, un hombre diferente, una Casandra diferente... está viviendo el siguiente numero de su lista, y no es él.
Ni siquiera se acerca. Es muy duro ver a tu “linda mentira” besarse con otro, dejarse tocar por otro... es muy duro mirar.
Casandra se casó con un alemán al año de suceder esto. Vive actualmente en Alemania, se divorció y es bailarina en una discoteca. Martín no supo más de ella; sigue solo, aunque la recuerda siempre.
IKEBANA
BARCELÓ.
- Déjeme el maletín y la jabita, Barceló, yo se lo subo a la casa - oí que Lazarito el de Tina le decía a alguien en el principio de la escalera.
- ¿Cuándo llegó?
- Ahora mismito llegué mijo, vengo de la terminal de trenes, ¿y tu mamá como está?
- Ahí, ella siempre chiváa con los dolores. ¿Su gente por allá, bien?
- Si, gracias a Dios, dile a tu mamá que después yo bajo a verla.
- Está bien, yo le digo que le vaya colando un poquito de café, se va a poner de lo más contenta.
Conocí a Barceló un día de esos en que no sabes qué hacer ni cómo matar las horas. Llegaba siempre con la misma guayabera azul y aquellos zapatos de puntera antiguos, un maletincito rojo de tela de nylon colgado de su mano y los espejuelos más grandes que su cara cayéndole al final de la aguileña nariz, herencia de su padre.
Llegar a su casa de La Habana le costaba casi dos días de viaje. Salía de casa de su hija Rosa a pie, en el pueblo trepaba como podía en la guarandinga de la mañana y luego empataba con otra guagua hasta la terminal de trenes de Sancti Spíritus. Cada dos meses venía a Luyanó a darle vuelta a su casa y recoger su pequeña fortuna en mandados, que Tina, celosamente, se encargaba de guardarle. Tenía el cuerpo abatido, no así el espíritu, que lo conservaba intacto como a los veinte, pero la realidad es que Barceló tenía 77 años, de idas y venidas a ninguna parte, con cuatro cajas siempre a cuestas con arroz, azúcar, frijoles, que se paseaban en un ferrocarril aniquilado. Las horas más traicioneras de toda su trayectoria, los minutos de vaivenes, se le metían en las costillas; el olor a rancio de la pobreza se juntaba con un humo cortante; su espalda ya no tenía donde reposar; los asientos se clavaban en el cuerpo, amenazantes.
En el campo se levantaba a las cinco de la mañana y con un sorbito de café ya desayunaba para todo el día. Antes que nadie se levantara, arreaba para su conuco, un pedacito de tierra que la hija y el yerno le habían dejado para que se entretuviera en algo, pero sin imaginar jamás que el viejo le dedicaría tantos desvelos. Cultivaba unas calabazas enormes que muchos le velaban nada más madurar. Antes de que el sol apretara al mediodía todavía encontraba tiempo para abrevar y alimentar los animales y llegar a tiempo para los buques de comida que le preparaba la hija, pues siempre gustó de comer en cantidades industriales.
Dice él que allá en el campo es más feliz, pues desde que se había muerto la vieja no era lo mismo y La Habana ya no se le antojaba mucho. Más bien le agobiaba tener que visitarla, y si no fuera por los mandados hacía tiempo que la hubiera despedido para siempre. Pero cada dos meses venía y los luchaba, aunque en ello se dejara los últimos suspiros de aire.
Yo lo veía trastear con tornillos y minúsculas arandelas; era un claro puzzle de inmediata escasez. De la gaveta de una mesa sacó un artilugio, una mesa repintada de carmelita oscuro, y medio roída. Sobre ella, un cuadradito metálico con dos cables, uno rojo y otro negro. Si yo hubiera estudiado la rama de ciencias ahora mismo les podría decir el nombre, pero no quiero buscarlo en ningún lugar, prefiero quedarme con la palabra artilugio pues así él lo había configurado, con “arte”. Era un resquicio de su profesión de electricista, un medidor de electricidad o algo así, supongo. Llevaba en desuso más de cuatro años por no haber conseguido la pilita de seis voltios que necesitaba, no una simple y llana pila, sino una de aquellas cuadradas que estaban perdidas desde el mismo día que le obsequiaron el artilugio.
¡Coño, y eso sí le resolvía a él allá en su patio de vencedores y aguacates! Lo buscaban a menudo preguntando si ahí vivía el electricista, y él respondía:
- Sí, aquí vive, pero no es nadie sin una pila de seis voltios. Mijo, si usted
la trae pase; si no, aún continua con su problema. No hay nada que masticar.
Tenía cantidad de trabajos parados, a falta de la fastidiosa pilita que no aparecía. Aquel cuarto era como un taller de televisores y radios pero en grado decadente. Almacenaba los que no tenían remedio, los desahuciados o dados por irreparables. Aquel montón de chatarra era el porvenir más cierto de mi nuevo amigo Barceló, el gusto propio por vencer las edades, demostrando que con paciencia y voluntad no todo lo incomprensible es desecho, no todo lo viejo es inservible.
El muchacho que le subió las jabas, Lazarito, vivió su niñez pegado a los pantalones de Barceló; él le decía Cocosito y algunos todavía se lo oyen nombrar a solas. Por aquella época Lazarito se las pasaba mataperreando todo el día por el barrio, escabulléndose a los gritos de la madre, a la que no le faltaban preocupaciones, pues tenía otro hijo y llevaba sola la casa con su mísero sueldo de limpiapisos. Barceló intercedía por el chico diciéndole que los machos se hacían en la calle y ella lo dejaba hacer, viendo en los ojos del viejo el cariño hacia el nieto que nunca pudo tener. Siempre fue un gran apoyo para la pobre mujer. Cada vez que le daban un respiro sus trastos eléctricos, cargaba con Lazarito para que pedaleara un poco de bicicleta en el parque cercano y viendo el ansia del niño por preguntarlo todo, se le aparecía algún que otro día con libros, primero de cuentos, y poco a poco, con otros algo más serios que motivaran su interés en las ciencias. Con el pretexto de que necesitaba ayuda para reparar los efectos eléctricos, lo sentaba en la silla a su lado y se ponía a hacerle cuentos, mientras lo enseñaba a pelar los cables casi a la perfección, un trabajito simbólico para un muchacho que algún día llegaría a ser ingeniero. Cada vez que recibía un buen pago, llamaba a Lazarito y le decía:
-Toma, esta es tu parte, te la ganaste, y le daba cinco pesos.
Yo los oía hablar y recordar el pasado, mientras imaginaba la Cuba de muchos, muchos años atrás, cuando ser electricista en La Habana debió ser otra cosa. La mente se me volvía color sepia, con fotos y postales.
De su pared de la sala, azul como el cielo, colgaba un diploma de un curso de electricista del año 1945, y una foto de su boda con Ofelia. Ella se veía una mujer no muy agraciada, con unos ojos dispares, que uno mira al norte y otro al sur, pero seguro que para el viejo Barceló, los más lindos de toda La Habana. Aún al oírlo hablar de ella, se le veía profundamente enamorado de su mujer fallecida. Lo demás era una casa vacía cerrada a cal y canto y que olía a sucio; el comején habitaba a sus anchas. En el bañito aquel de miniatura, una madera encima de la taza soportaba el peso de una gran piedra. Según me dijo, una vez se coló una rata enorme por la tubería; la acorralaron como a una delincuente pero se sumergió cual experta nadadora por la misma taza que la vio salir. A mí me daba un miedo de mil pares de... pero él lo veía normal, lo veía hasta gracioso. Yo sentía deseos de vomitar, y se me metió un dolor agudo en el bajo vientre. Aquel día no pude oír mas su historia, me acobardé.
- Gallega no te pierdas de aquí, ven estos días, que no se sabe cuándo te vuelva a ver. En cuatro días viro para Zaza.
- Está bien, con mucho gusto. Voy a tomar nota de esa pilita que a usted le hace falta a ver si en mi próximo viaje yo se lo resuelvo.
- Así sea, yo te la pagaba a precio de oro.
En efecto, para él la pila valía oro, oro, oxígeno para su rutina, en manos de una gallega, extranjera al fin y la cabo...
- ¡No hombre no! olvídese de eso, si la consigo, cuente con que es un regalo...
El mejor obsequio o pago que podría tener es ver trabajar a aquel hombre con su artilugio contento de haber resuelto su problema después de ocho años.
Llevé la pilita al año siguiente. Para ese entonces los viajes para él se habían acabado, se estaba quedando ciego y hasta con espejuelos veía poco. Alquilé al pinareño, que me llevó a Sancti Spíritus. Al verme no me conoció, era lógico, veía poco, pero yo saqué la pila y se la puse en la palma de su mano. Una sonrisa cómplice se dibujó en su boca:
- Tú ves, ahora si vale la pena que me operen los ojos.
Yo solté una gran carcajada.
IKEBANA
ARROZ CON MANGO.
Ella ni se acordaba del día en que se casó. La boda fue una mezcla rica de “arroz con mango”, su piel blanca de leche, sus ojos color miel, contrastaban con la piel de Rey, un negrón de Guanabo, más curtido que pepinillos en vinagre. Pero como la hacía feliz a su manera, y le llenaba el “Frigidaire”, lo demás venía solo y a golpe de costumbre.
- Sí, mi hermana, yo entiendo lo que tu me dices, pero yo lo quiero.¡Qué me importa que tenga otra mujer! yo miro para otro lado y que Dios, cuando se muera, le pase su mano, o lo mande pal infierno...
Yulisa tiene cuarenta y dos años. No parece cubana, exteriormente tiene aspecto así como de escandinava; lo único que la delata son esas “licras” que se pone y el hablar cantadito, de la misma forma que ustedes se están imaginando. Esta pareja se conoció en el Copelia; haciendo la cola se contaron las andanzas, hablaron y hablaron hasta terminar sentados en la misma mesa. Rey la invitó a un jimagua, y ella lo miraba con ojitos caídos. Los días posteriores estuvieron llenos de problemática. Las familias habían puesto el grito en el cielo, “una blanca con un negro, ¿cómo va a ser eso?”, decía la made de ella. El padre de Rey, hoy fallecido, le advirtió a su hijo: “en mi casa no entras más con ella, ya tu sabes...por encima de mi cadáver”, y como malinterpretó eso el destino, que caprichoso, a los cinco meses se lo llevó, de un dolorcito en el pecho, y poco más.
No tuvieron una boda para recordar, sólo acudieron el notario y dos testigos. Se casaron entre ellos pero contra todo el mundo. Alquilaron un apartamentico de un cuarto en La Lisa. Era de una guajira de Santa Clara, que andaba con un maceta, que no le hacía falta más casa, pues tenía mucha familia en La Habana. Con el tiempo le permutaron la casa a la guajira por un cuartico que tenía la madre de Yulisa en Yaguajay, pero ya ustedes saben, esas permutas extrañas de las que mejor ni se habla. Rey, de todas formas, machito a fin de cuentas dice que aunque no figure a su nombre, de allí no lo sacan ya ni con agua caliente; sólo pasaría a manos de su hijos, si los hubiera. Pero Yulisa no tiene hijos, jamás quedó embarazada, ni una visita al médico pa verse ese problemita, todo lo dejaba en manos de Dios, y así pasaron los años, esperando que Dios y no su marido le diera descendencia. Pero como si los tuviera porque se ocupa casi siempre de los dos mulaticos de al lado, los hijos de su vecina y amiga. Y hasta en ciertas épocas en verano, los ha llevado algún día a casa de su suegra Tina en Guanabo, una negra entradita en carnes y buenas maneras; es de esa gente que da gusto visitar, porque siempre sabes del humor con que te va a recibir.
- Tina, ¿qué te cuentas?
- Nada, lo mismo, este jodido calor que no me deja vivir, ni cocinar ni dormir ni vivir, como te decía...Pero claro, a eso estamos sentenciados los del trópico, si viviéramos en Groenlandia pa´llá la queja sería otra ¿no crees?. Lo que está claro que “El Indio” hoy está apretando, ¡esto es candela!.
- Yulisa, me hace falta que allá por tu reparto, me consigas una telita pa hacerle una capa a San Lázaro. Hace como un mes, cuando el ciclón, le prometí hacerle un manto si me salvaba el techito del patio y más vale que le cumpla la promesa, porque oigo que por ahí viene otro y quién sabe lo que puede pasar.
- Sí, estoy por ir a La Época en estos días. La vecina, la hija de Caridad, cumple los quince y los celebra en el Centro Asturiano. Me invitó y aunque mi Rey diga que se queda, - porque la obsesión de él siempre es quedarse en la casa -, pa`llá me voy con ellos en el carro.
- Quiero comprar un trozo de tela para que la misma Caridad me haga un vestidito, de esos fresquitos, nada del otro mundo, y además que yo no tengo fulas, la cosa está chivá, y Rey no me da ni pa comprarme un helado de pomito, de esos de un dólar.
Si ella supiera que son muchas veces las que ellos se han fajao y él ha vuelto con un pomito de helado, no de los malos, sino de los de Copelia, pero por causa de inseguridad, y ninguna valentía para pedir perdón, termina por regalárselo a los muchachitos de al lado.
Los primeros años de matrimonio fueron inolvidables, juntos en todo momento, papi rico esto, lo otro y lo de más allá, compartiendo siempre la misma frazada, y apretaditos así mismo fuera el quince de agosto con apagón y sin ventilador que soplase... ¡no exagero!;la vida da muchas vueltas. Ahora cada uno duerme en su lado de la cama, no se esperan, no se dicen mami ni papi, saben que la chispa que prendió su amor se ha ido. Fue un “cambio de bola” lento, una relación envidiable que se moría todos los días un poquito más.
Rey se casó profundamente enamorado de su blanqusa mujer, pero el carácter seco y áspero de ella había ido apagando ese amor, y es que, mis amigos, ¡al hombre cubano por lo general le gusta un mismo tipo de mujer!, salvo excepciones claro, no seré yo quien generalice sobre ese tema, porque sería darle un “fúakata” a la idiosincrasia propia del país y no me quiero yo meter, con la “técnica de Stevenson”, jajaja.
- Y cuéntame eso, ¿de Centro Asturiano y todo va la cosa?... vaya!
- No, lo que ocurre es que el papá le mandó un dinerito para el traje y la fiesta; el cake se lo regala la vieja Mela, la mamá corre con las fotos y el video, ¡ya tu sabes como es eso chica!
Mientras las dos mujeres hablan llega Maritza, la hermana de Rey, quien va para La Habana a pasar un curso en el Vedado. Tiene un carro por su trabajo, y gracias a eso, saluda a las guaguas de lejos. Es de carácter alegre y muchas veces había sacado la cara por Yulisa cuando su padre se empeñó en morirse antes que dejarla entrar en su casa.
-Bueno Yuli, si tu quieres yo te llevo para la casa, hace tiempo que no veo a Rey, y aunque sea mi hermano es un falso, jajjaj ni me llama por teléfono, tremendo barco está hecho.
-Oká, mi cuña, me has llegado como caída del cielo, no quiero tardar otras tantas horas en llegar a la casa. Cada vez que vengo a ver a tu mamá, me lo tengo que pensar dos veces, porque no, no es fácil.
-Pero tu me vas a hacer como Blas, - le dice la suegra -, que llega come y se va... pa la próxima no te vayas echando mijita, sólo te falta el globo para irte como Matías Pérez.
La suegra y la nuera siguen en el chisme hasta el mismo momento de la despedida en la escalera. Hay que ver cómo han cambiado las cosas: primero no la querían para su hijo, y ahora resulta que es lo mejor que ha parido La Habana.
( En esto Rey se las pasa bien chévere en su casa)
- Dale, dale que esto es rápido, que Yulisa está para casa de mi mamá y si la guagua está buena en tres horas está de regreso, y yo quiero, mami, hacerte pasar un ratico rico, así como nunca otro te lo ha hecho. Ven acá, mi vecinita provocadora, con esos “chorsitos “ pegados, matándome too el día como si uno fuera de hierro o estuviera muerto.
Él, acostumbrado machista, la hace sentir culpable de ser deseada y le pregunta:
-¿Qué tu te crees, Mirta, que yo no soy un hombre o qué?
La amante, acostumbrada también a ese juego se ríe y accede a sus peticiones, tirando por el suelo el poco orgullo que podía quedarle como mujer decente, ¿porque las mujeres decentes no le toman prestado el marido a la vecina, no? ¡Tremenda ficha!
Subiendo las escaleras ya de regreso a la casa, las dos cuñadas hablan de lo malo que está todo, especialmente en el agro todo se ha puesto tan caro, un mismo manojito de habichuelas ya no hay nadie que las pueda comprar, eso enseguida se consume y.... En la misma primera vuelta al “yale”, el espectáculo....Su marido con los pantalones arrastrando, tapándose, y al mimo tiempo con su cuerpo tapando las carnes fofas de su vecina.(La que corneaba era la íntima amiga de su esposa, la perdición de los dos, ¡tremenda fondilluda!, aunque ya sin tregua con la gravedad natural del planeta) Era un poco farandulera, pero no como para llamarla chusma ni nada de eso, respetable, aunque madre soltera por dos ocasiones. Decidió ser la amante y se acomodó en ese status sin rechistar.
De sobra en el reparto se comentaba que si ella, que si no, que si lo otro, pero ni le iba ni le venía, porque sus muchachos estaban atendidos en la beca, en los cumpleaños, y un palito de vez en cuando no le desagradaba.
Yulisa, viendo el panorama grita ésta frase en alto - así se daba por enterada y ya no tenía que fingir delante de todos en el barrio, ya era oficial su cornamenta:
-¡Mira a estos dos cabrones! Este hermano tuyo, Maritza, no sólo me está pegando los tarros sino que en mi propia casa y sin cuadrar bien la hora. Encabronada sale de la casa, haciéndose la fuerte pero resquebrajada como un cristal roto. No es lo mismo que te lo cuenten que lo llegues a ver con tus propios ojos.
A los tres meses Rey preparó condiciones y dejó a Yulisa para instalarse en la casa de al lado.
IKEBANA
COMO LIBÉLULA.
“- Nieves, te juro que han sido diez años de vida perdidos.
Ella, con los ojos idos detrás del vecino de la moto, hace como que me escucha, pero la siento ausente. Mi amiga es sólo una víctima pausada de vicisitudes y calmas, que ignora por pura rutina y que ama con inmensa paciencia. Agarrada a un maletín lleno de absurdos cachivaches. Después de ésta conversación yo dejo atrás todo y sin una idea fija, camino.
-¡Qué frustración, pasar por este mundo y no dejar huella!, - reflexiono sobre mis logros, presumiendo siempre de ser abstractos, aunque yo termine resumiéndoselos a Nieves, como “ infelices diez años perdidos”.
Decidir sobre el nacimiento de un hijo en apenas dos semanas es injusto; ¿cómo encontrar la opción acertada?, si no hay una balanza mágica para medir los inconvenientes y las emociones.
La casa está vacía, no se han guardado aquellos juguetes que de niña me entretenían tanto. Mi “conciencia terrenal”, me ataca y el mensaje en el contestador se repite:
-... recuerda , la clínica espera, no te pases de la fecha...
Atenta me hablo a mí misma, como se habla con una madre, confiando incertidumbres a una imagen en el espejo; el temor afilado de equivocarme. Van pasando las horas con la sensación de un reloj que siempre atrasa.
Tengo frío. Esta bata blanca es minúscula, el acero inoxidable de la camilla me traspasa; la vista hincada en un techo gris, ignorando a un doctor intruso, que con guantes de látex me toca. Con la fuerza de una leona, me incorporo vistiéndome en trazos invisibles de pudor. El pasillo se hace eterno y las piernas no responden a mis órdenes. Como último obstáculo, la escalera, el portón ancho y la calle Infanta.”
Dos días más tarde, aceptando la oferta de su tío paterno Ernesto Padilla, como una libélula herida, da pasos hacia un camino incierto. Viaja a La Habana, con su mochila de medio lado, y un neceser sin escrúpulos. Allí, había decidido, valiente e inconclusa, ser la reina de su futuro. Cuba que es madre de una fertilidad cultural, sería testigo de su suerte.
Inexperta, en un trabajo poco agradecido, da a diario con sus licenciadas rodillas en una miseria tintada, soñando ver nacer de su espalda unas alas de halcón en los libros de derecho y en la memoria.
Sale calle arriba buscando la Calzada 10 de Octubre, a la altura del parque de bomberos. Las sandalias moldeadas que llevaba dan su último suspiro, haciéndole la vida un yogur en un segundo. Total, que el día entero, sumando penas. Así que muy a pesar suyo por la tarde tuvo que ir a “morir” inevitablemente con los artesanos. ¡Y qué feítas las condenadas!, pero estaba segura de que le durarían más tiempo que cualquier zapatico chino de Carlos III...
“- Uff! qué calor más húmedo! ... la camiseta de tirantes se me ajusta a la piel como si fuera cola de carpintero. Lo sé; sudar aquí, sinónimo de estar viva. Y por ello, mis noches son tan propias de una película en blanco y negro.
En un pequeño cuarto, me veo a mi misma, como la actriz que quise ser, ensayando interpretar a una Diosa humana, en las latitudes culturales del tiempo.”
1ª carta.
Camaguey, 20 de Abril de 1985
Querida, he sabido por amigos de tu tío Ernesto, dónde has ido a parar. Me sorprendió mucho tu partida. Ahora podrás hacer una nueva vida y entiendo que hayas decidido marcharte fuera del reparto. Aquí la gente habla y por tu profesión .... eres tan conocida! Todos preguntan qué ha sido de Lucía Almedo. En verdad, ni siquiera te despediste de mí.
Cuídate, tu amiga:
Nieves.
Ernesto se había ido con la alegría de un gorrioncito simplón, con todos sus añitos gastados y mucho humo de popular en los pulmones.
En la funeraria del Cerro, Lucía, con algunos vecinos más y un par de coronas de flores, velan al muerto.
- Martica, ¿y ahora qué?
- Estoy en La Habana, sin casa y sin dirección. En unos días ya tu sabes que la libreta de tío Ernesto desaparecerá. Y es que una no se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena.
- Lucía , yo te ofrecería mi casa, pero ya tu sabes que con mi hermana y los suyos tengo demasiado para mis huesos. Yo creo que sin más remedio debes tumbar pa´Camaguey; con la licencia y algo que ayuden por allá resuelves hasta que nazca el chama.
- ¿Y después qué?
- Mija! trabajar!... a menos que quieras meterte a jinetera.
- ¡Ay Martica! no digas eso, que me parece que mi tío Ernesto se removió en la caja.
- ¿Y el padre?, tú perdona que yo me meta, pero te pregunto en confianza.
- Él ni sabe que va a ser padre. Cuando lo conocí le había tocado el bombo hacía una semana, y se iba para el Norte.
2º carta
Camaguey, 12 de Septiembre de 1989
Amiga Lucía, tanto tiempo sin tener respuesta. No sé a qué se debe tu silencio. Supimos del fallecimiento de tu tío, y de ti nadie dice nada. Ciertas o no, las noticias me llegan por extraños. Cada día se hace más insoportable no recibir ni una carta tuya, ni un telegrama; si tú me escribieras... a mí se me despejaría del corazón este sentimiento de culpa. Te di un consejo del cual me he arrepentido con el trascurso de las semanas. Te echo de menos...
Un abrazo.
Nieves
Diez días más tarde...
Otra vez los mismos caminos, la misma guagua cansada, y el mismo Central. “Camaguey no cambia: es siempre un oasis particular, en el transcurso de mis pensamientos”, reflexiones que se hace y lágrimas que bebe. Mientras piensa, siente llover por dentro y un viejo del parque, arrastrando un carretón, se le acerca extrañado y con cara de tremenda lástima, le pregunta:
- Niña, ¿que te pasa? ¿te robaron el reloj?
IKEBANA
Algunos relatos antiguos.
BODA, SIDRA Y ACEITUNAS.
Hoy es uno de esos días que te levantas sin deseos más que de volver a acostarte. Se me han juntado demasiadas situaciones de golpe , y no soy capaz de digerirlas todas al mismo tiempo. Durante la mañana, no se como, me puse a recordar mi boda en Cuba, y ha venido a mi memoria Omar, él era mi amigo del alma. Aun lo sigue siendo , a pesar de la distancia.
Omar fue quien nos prestó cuarenta dólares para casarnos. Aquel día yo no iba de traje blanco, no había para eso, llevaba un traje sencillo de color beige, carmelita más bien. Fue lo primero que encontré cuando nos llamaron de la notari ,la boda era en dos horas. Imagínense como es eso; buscar dos testigos, que los testigos encontraran que ponerse para asistir, buscar a alguien que nos llevase hasta el Vedado.
Gracias apareció Mayito con el lado, media hora antes.
Mi novio de ese entonces, hoy mi marido había ido a la shoping a comprar algo con lo que “ festejar” a la vuelta, la comprita fue esta: una botella de sidra, dos pomos de aceitunas, cuatro paquetes de pelli y tres botellas de tucola.
Nuestra amiga y vecina sumó una bandeja con doce croqueticas de atún.
Aquello fue todo.
La mesa quedó puesta y nosotros salimos con una gran sonrisa en la cara, grande como el Sol. El estómago echaba chispas, eso sí, como si se tratara de un hierro caliente que se sumerge en agua. La doctora del edificio fue testigo de nuestra boda, gracias a que ella y yo somos de la misma talla, y pudimos resolver rebuscando en mi maleta. El hermano de mi esposo, que era el otro testigo gracias a un pantalón y un pulóver de su tío emigrado, iba elegante. A mi marido los zapatos que le llevé, no le sirvieron, iba con tres pares de calcetines, con todo y eso, de vez en cuando en un mal paso se le salía el pie como un cohete.
Cinco de los invitados se habían ido desde hacía dos horas ya, en la guagua o en camello, nunca lo supe, pero llegaron a tiempo. Los demás en el lada de Mayito. Nuestro amigo Omar no estuvo, él es de Santa Clara y como es lógico, no llegó a tiempo. Pero días antes, nos había hecho llegar los cuarenta dólares que cité al principio y con eso nos casamos. Fue nuestra salvación, porque entre trámites y viajes estábamos “ pelaos “.
Como ven, mi boda fue simple, y de tan simple fue pobre, pero también fue alegre, reímos y brindamos con unas gotitas de sidra. Éramos muchos para una triste botella, y había que repartirla bien, para que todo el mundo probara la sidra “ El Gaitero “.
Vi a Gustavo ponerse el pulóver rojo de los domingos, y a Esthercita estrenar una saya que consiguió en Carlos III. Manolín llegó con música, mi suegra estaba nerviosa y se emocionaba con todo, recuerdo sus manos temblorosas sacando un jueguito de seis copas que tenía desde hacía años.
La pena de nuestra propia miseria se iba mitigando con la verdadera esencia de cualquier sincera unión, había amor y esperanza en envejecer juntos.
Nuestro deseo se hacía realidad, habíamos esperando años para poder conseguirlo. Sabíamos perfectamente que firmar un papel delante de un notario, no iba a hacer ese día más digno, pero sucumbimos ante Goliat.
Fueron tan duros los obstáculos, los impedimentos para hacer notorio un derecho,
situación que hace mucho era de hecho.
Amigos no me da pena contar lo que pasamos, y me quedo corta, para nosotros se confirma la teoría, a veces el sufrimiento nos hace ser más fuertes, y es cuando hacemos una exacta valoración de lo realmente importante en la vida. Sufrimos la desgracia , como todo cubano, de no tener a veces ni que comer, pero en verano nos hinchábamos de melón, y en invierno de jugo de naranja. Matábamos nuestra ira con ironía barata del agromercado.
Recuerdo al dedillo las sensaciones de aquel día, la inexistente luna de miel, el corre corre, las carencias y al final del camino la felicidad, ese ideal que todos buscamos y que solo algunos encuentran veces contadas.
No se me olvida el abrazo de los que nos deseaban sinceramente lo mejor, está intacto en mi mente aquel diez de febrero.
Allí codo con codo, en el Palacio de los matrimonios, estábamos dos valientes, dos pequeños pececitos en un inmenso océano, nadando a contracorriente.
IKEBANA
SI SUPIERAS
..... Si supieras como te leo,
con las manos secas de letras,
José Luis, amparada en la manta
loca de un loco.
Si supieras la mentira,
cerrar los ojos y no leerte,
si las olas fueran borradores
lo sabrías....
Dejarse llevar entre mareas,
entre tus latidos y el personaje,
matados en tus renglones,
los últimos mohicanos.
Pero no sabes nada,
no quieres oírlos,
tu regocijo es no querer,
y presumir en silencio.
..... Si supieras, las trampas
que dejas en nosotros,
los vacíos que llenas de nada,
las mariposas transformadas.
Y sólo leyéndote....
Si supieras....
IKEBANA
Para José Luis en agradecimiento.
De Cuba traigo a Ikebana:
Los relatos de Ikebana son como ella misma: frescos y sinceros. Nacen de su experiencia más cercana entre nosotros los cubanos, nada se inventa. Trasmuta vivencias en laberintos de palabras.
Sus escritos tienen garra desde la primera oración y cuando los lees sientes sobre tu mano la suya, suave, talentosa, llevándote por parajes que no por mucho transitarlos resultan aburridos. Su palabra escrita desvela matices que nos conmueven, sin presunciones baratas,¡qué ya dice mucho de su quehacer literario!
Disfruto muchísimo sus aportes, ésos que antes de leer cualquiera llegan a mi correo, ¡y me levantan el ánimo!
Porque sé que cada palabra está escrita con el corazón, colocada milimétricamente con timidez, pero con acierto.
Es un placer y un honor poderla presentar,. Disfrútenla cómo ella se merece: ¡con amor!
José Luis Amieiro Rodríguez








